La Princesa de Éboli: Intriga, poder y pasión. Por Susana del Pino

La Princesa de Éboli

«La Princesa de Éboli, símbolo de poder, riqueza y ambición, una mujer tanto admirada como temida cuya historia ha cautivado a muchos amantes de la historia»

La ambición, la belleza y la inteligencia unidas a su carácter indomable, convirtieron a Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli (1540-1592), en un personaje esencial en la corte de Felipe II (1527-1598).

Nacida en Pastrana, Guadalajara, en el seno de una de las familias más nobles de Castilla, heredaría, como hija única, varios títulos nobiliarios y una buena posición social. Se casó siendo menor de edad con Ruy Gómez de Silva, I Príncipe de Éboli (1516-1573), íntimo amigo del rey Felipe; su matrimonio fue estable y de él nacieron diez hijos, quedando viuda a los treinta y tres años ocupándose personalmente del rico patrimonio que heredó. A la muerte de su marido se retiró al convento carmelita de Pastrana, poseyendo una de las mayores fortunas españolas.

Felipe II

Durante su matrimonio fundó junto a su marido dos conventos en Pastrana y lograron atraer a Teresa de Ávila (1515-1582) para dirigirlos. Su decisión de ingresar como monja en uno de ellos al quedar viuda hizo que su contacto con la Santa pusiera de manifiesto la fuerza de carácter de ambas mujeres y la relación conflictiva que mantuvieron.

Por una parte, Ana era autoritaria, caprichosa y testaruda, lo que chocaba con la fuerte personalidad de Teresa, austera y muy disciplinada. La santa no estaba dispuesta a aceptar las condiciones en las que la princesa quiso ingresar en el convento, con un gran séquito de servidores, sin renunciar a los lujos y obligando a todas sus acompañantes a tomar los hábitos, Teresa no estaba en absoluto de acuerdo por lo que tomó la decisión de dejarla sola en el convento, ante lo cual Ana decidió abandonarlo. Fue entonces cuando continuó su vida cercana a los círculos de la Corte, estableciendo influyentes relaciones y manteniendo la relevancia que poseía por su familia y matrimonio.

Palacio ducal de Pastrana.

El rasgo que la caracteriza es un parche en el ojo derecho que la identifica. Cuando era niña practicando esgrima, la punta del florete de su contrincante se clavó en su ojo por lo que lo perdió. Sin embargo, hay otra versión que apunta a una enfermedad genética que tan solo dañaba la visión, pero no al órgano físicamente. Apreciaciones hechas en los retratos conservados, muestran que efectivamente el arco que se dibuja sobre las cejas (arco superciliar) apoyarían la hipótesis de la primera versión. De cualquier modo, el parche le otorgaba personalidad y la princesa era consciente de ello, supo transformar este defecto en un atributo en vez de verlo como una limitación.

Su riqueza y su cercanía a la Corte le abrirían muchas puertas y su fuerte personalidad, rebeldía y habilidad innata para saber indagar en los asuntos cortesanos le permitieron sobresalir en una sociedad en la que el hombre tenía el protagonismo.

La Princesa de Éboli

Ana de Mendoza, tal y como dejó escrito en sus cartas, no estaba de acuerdo con el papel que había apartado del poder a la aristocracia, otorgando cada vez más poder a los asesores, juristas y secretarios del rey; las grandes y poderosas familias perdían su papel; se puede decir que seguía ideas liberales y no estaba de acuerdo con estos cambios. Estas ideas ya las había adquirido de su familia, los Mendoza.

Durante su matrimonio Ana ya estaba al pendiente de los asuntos de gobierno, ya que su marido era fiel consejero del rey, partidario del partido conocido como ebolista que buscaba soluciones diplomáticas y era más cercano a la monarquía que la otra facción (hoy llamado partido), el partido albista, al que pertenecían otras grandes familias de España, la princesa, al ser su esposa tenía acceso a estos círculos por lo que el hecho de quedarse viuda hizo que continuara con estos asuntos políticos. 

Antonio Pérez

Esta situación privilegiada y los conocimientos del secretario en asuntos de estado, sin embargo, le traería problemas. Pronto establecería una estrecha relación con Antonio Pérez (1540-1611) el que fuera el más destacado secretario del rey Felipe, al que ya conocía al haber sido asesor de su marido. Su ambición y la relación con Pérez le llevaría a involucrarse en intrigas políticas en asuntos como el apoyo a la Duquesa de Braganza al trono de Portugal, algo que iba en contra de los intereses del rey Felipe con derechos también al trono. La Princesa intentó casar a alguno de sus hijas con el heredero al trono, misión que organizó junto al secretario Pérez.

Don Juan de Austria

Por otro lado, don Juan de Austria (1545-1578), el hijo ilegítimo del emperador Carlos V (1500-1558), hermano de Felipe II, tuvo el privilegio de recibir honores y rentas propias de un infante de España por parte del rey, aunque no quiso darle el tratamiento de alteza, sí fue considerado como miembro de la familia por expreso deseo de su padre el Emperador, que lo dejó estipulado en su testamento.

El joven y, según decían de él, muy atractivo joven Juan de Austria tenía una gran vocación militar y sus hazañas militares las demostró tanto en España, con los moriscos en Granada, como como en el Mediterráneo con los turcos o en la batalla de Lepanto. Felipe II, ante su valía militar y para contentarlo ante la negativa de otorgarle el tratamiento de alteza real, lo envió como gobernador en los Países Bajos. Este cargo conllevaba gran dificultad ya que la rebelión de los protestantes había sido un gran problema imposible de resolver antes por personajes tan destacados como el tercer Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582).

El militar pronto comprendía lo imposible de la empresa con los rebeldes a lo que se unió las intrigas llevadas a cabo por Antonio Pérez y su fiel amiga la Princesa de Éboli.

El rey Felipe decidió enviar a Juan Escobedo (1530-1578) como secretario a la zona de conflicto para ser testigo de la situación y recabar información, ya que las intrigas de Pérez y la princesa habían enemistado aún más al hijo del emperador con el rey.

Escobedo pronto descubrió el idilio entre el secretario y la princesa al igual que sus movimientos en cuanto a los rebeldes. Antonio Pérez, hombre audaz, convenció al monarca con mentiras acusando a Escobedo y al propio Juan de Austria sobre el peligro que tanto Escobedo como su propio hermano suponían para la seguridad del Estado y la traición que planeaban con el deseo, incluso, de asesinarlo. El rey lo creyó y tras varios intentos de envenenamiento frustrados, finalmente fue asesinado por unos sicarios que lo mataron en pleno centro de Madrid.

 Pronto surgió entre el pueblo la versión que acusaba a Pérez y a Ana de Mendoza, señalándolos como asesinos ya que mantenían un idilio, Escobedo lo había descubierto y en definitiva, los amantes querían evitar un escándalo.

Antonio Pérez liberado por los aragoneses en 1591. Autor: Manuel Ferrán.
Biblioteca Museo Víctor Balaguer.

Los verdaderos motivos eran otros y el rey era conocedor, aunque fingió, dando por cierta dicha versión de los hechos. Poco más de un año más tarde, Felipe II ordenó capturarlos para recibir su castigo. Estos acontecimientos le causaron al monarca problemas morales y de conciencia que tardaría en superar. 

En 1579 el rey ordenó el arresto de Ana de Mendoza, en un primer momento en la Torre de Pinto, tiempo después en el Castillo de Santorcaz para más adelante encerrarla en su palacio de Pastrana en Guadalajara. Allí vivió en aislamiento el resto de su vida, privada de libertad, sin poder tener contacto con nadie, ni siquiera con sus hijos a excepción de su hija Ana que la acompañó. Tan solo tenía permiso para asomarse a las rejas de los ventanales de sus aposentos durante una hora al día, sin tan siquiera poder acudir a la capilla.

Ventana de los aposentos donde vivió recluida la Princesa de Éboli.

Durante este tremendo castigo, Ana enviaba cartas al rey solicitando su libertad, en ellas se aprecia una caligrafía que, sin ser experto en grafología aporta información sobre la fuerza de su carácter, su ira y su frustración ante la realidad que vivía. El rey fue inclemente y Ana, consumida tanto física como moralmente vio como su salud empeoraba tras perder absolutamente el interés por su persona. Murió a la edad de cincuenta y dos años por problemas cardiacos. 

Por otra parte, Antonio Pérez, debido a que el rey no podía prescindir de él debido a la información que poseía sobre asuntos muy privados que podían comprometerle, gozó de cierta libertad, aunque sí fue vigilado por el monarca. La familia Escobedo por su parte, y otros defensores de hacer justicia no cesarían en conseguir su arresto, consiguiéndolo por el que debía cumplir pena de presión y una multa económica, pero consiguió huir con la ayuda de su mujer a Aragón, donde los fueros lo protegieron y consiguió un gran apoyo por parte de algunos nobles, quien sabe a cambio de qué. Desafortunadamente, algo que aun hoy continúa ocurriendo.

María Tudor

Aunque no es una versión aceptada por todos, algunos historiadores afirman que, tras quedar viuda, al igual que el rey Felipe II de su esposa María Tudor (1516-1558), la princesa y el monarca mantuvieron una relación amorosa. Su historia con Antonio Pérez, unido al malestar personal del rey por lo ocurrido con el asesinato de Escobedo y, en definitiva, el propio orgullo del monarca, su vanidad y obstinación llevaron a no ceder durante años a las súplicas de Ana de Mendoza pidiendo justicia y libertad. 

De cualquier modo, Ana de Mendoza, a pesar de estar acostumbrada a una vida repleta de lujo, riqueza y poder no pudo evitar su trágico final en lo que ella misma llamó “Una cárcel oscura”. Una vida que brilló y se apagó en la soledad y el desprestigio.

La Princesa de Éboli, símbolo de poder, riqueza y ambición, una mujer tanto admirada como temida cuya historia ha cautivado a muchos amantes de la historia.

 

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

Artículos recomendados

Deja un comentario