Eleanor Rigby y el arte de seguir vivos. Por Rodolfo Arévalo

¿De dónde viene toda esa gente solitaria? Eleanor Rigby

«Reflexiones de un paseante veterano sobre el tiempo, los hijos, la memoria y el simple afán de permanecer»

Paso por la calle, veo gente. Es probable que, como en la canción de los Beatles —¡anda que no soy viejo!—, haya alguna Eleanor Rigby que, sin rumbo fijo, solo se esfuerce en seguir el afán diario que persiguen únicamente los racionales seres humanos: permanecer, seguir vivos al menos unos días más.

Nuestro mundo interior se parece bastante al que pinta James Joyce en Ulises. Nuestro mundo es, en realidad, más lo que pensamos de lo que tenemos alrededor que lo que podamos llegar a descubrir sobre lo que llevamos dentro. Es mucho mejor desear vivir muchos años más que pensar en morir, aunque no sepamos cuándo —quizá un día cercano. Como dicen en los cumpleaños: “¡Que cumplas muchos más!”. Se refieren, claro, a los años.

Cuando uno es un bebé o un niño, esto es estupendo; y lo sigue siendo durante la adolescencia, la juventud y la madurez. Luego, aunque tampoco es que sea malo seguir sumando cifras al calendario, empiezan las pegas. Empiezan a surgir goteras. Poco a poco, dejan de tener reparación. Porque, como sabemos, todas las máquinas tienen un tiempo de duración, tras el cual empiezan a fallar sin remedio.

—Na, señora, que a su lavadora se le ha descacharrado el “remiponpón” de la “cachirula”, y le va a salir más caro arreglarla que comprar una nueva…

Por mucho que no la consideremos así, nuestra anatomía no deja de ser una máquina. No una lavadora, vale, pero sí una biológica, que expuesta a los años y a las vicisitudes de la vida se va deteriorando.

Dicen que estamos llegando a una época en la que la vida humana podrá llegar a alargarse, hasta —por el momento— un máximo de ciento cincuenta años. Esto, por extraño que parezca, está al caer. No pasarán más de cincuenta, sesenta o setenta años hasta que algo así sea habitual. A muchos esto ya no nos pillará, o si lo hace será cuando estemos criando malvas… o a punto de criarlas.

No sé si vivir otros sesenta u ochenta años más será garantía de felicidad. Porque puedo asegurar que, si no se remedian los achaques como la artrosis y otras dolencias invalidantes, no lo será para muchos. Si me dan a elegir pasar otros setenta años en este mundo, solo diré que sí… pero con la condición de que los dolores de la artrosis sean mitigados o curados con cierta inmediatez. La perspectiva de vivir dolorido por enfermedades degenerativas no es precisamente un plato de gusto. Podemos soportarlo como el Santo Job, pero estoy convencido de que para sobrellevarlo hay que ser un santo varón. O una santa mujer.

Oigo en la librería cómo un viejo reloj de madera —que lleva muchos años conmigo— va marcando su tic-tac. No voy a ponerme a cantar lo de “el abuelito fue al relojero”, pero no se crean: hay gente a la que estas cosas le sugestionan más que los fantasmas o los extraterrestres.

Esta tarde iré al estreno de unas obras de mi hijo Diego en la Casa de Galicia de Madrid. Los hijos no somos nosotros, pero digamos que proyectan parte de nuestros genes al infinito y más allá, como decían en Toy Story. Mejor eso que nada.

Yo pienso muchas veces en mi padre, que quiso escribir una novela pero solo llegó a redactar tres o cuatro capítulos. Los tengo guardados en una carpeta de cartón azul, mecanografiados por mi madre. Me gustaría poder añadir otros veinte o treinta y terminársela, a modo de homenaje. Pero sin haber vivido su vida, resultaría algo falso. Una especie de mezcla de genes y de memes sin sentido. Así que mejor que la historia siga dormida en el cajón.

Sin embargo, como las historias humanas tienen un nexo común, es probable que cualquier Eleanor Rigby, en cualquier ciudad, esgrima una pluma y escriba una historia parecida. Así que dejo reposar la memoria de mi padre y los recuerdos que no escribió, para que otro ser humano los recoja sin que nadie lo acuse de plagio.

Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que paso por la calle y veo gente. Es probable que, como en la canción de los Beatles —¡anda que no soy viejo!—, haya alguna Eleanor Rigby que, sin rumbo fijo, solo se esfuerce en seguir el afán diario de permanecer. Nuestro mundo interior se parece mucho al de Joyce. Pensamos más sobre lo que hay afuera que sobre lo que llevamos dentro. Y aun así, es mucho mejor desear vivir muchos años más que pensar en el final.

Aunque no sepamos cuándo llegará, que sea tarde. Larga vida a todos

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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