
«El idioma de todos, la incomodidad de algunos: Bien por Isabel frente al esperpento lingüístico oficialista. Lengua común, sentido común»
Para muchos militantes del PSOE con cargo o función en su partido, Isabel Díaz Ayuso y sus palabras —por verdaderas— son como una invasión de pulgas meticonas en sus partes nobles. No la aguantan. Saben que en Madrid, a pesar de todo lo que puedan achacarle —acusaciones falsas, mentiras, otros engaños y estupideces políticas varias—, no lograrán echarla, al menos durante bastantes años. Y el pobre candidato del PSOE tendrá que comer mucha sopa política para igualarla siquiera.
Isabel se ha quitado el pinganillo de la oreja para no oír la traducción al castellano de otros presidentes autonómicos que, en una reunión oficial, se niegan a hablar en el idioma oficial. Para más señas: en español de España. Y esto la pone en valor. Porque cuando se habla para los españoles en general, la lengua oficial que debe usarse es el castellano, conocido también —y reconocido internacionalmente— como idioma español.
El idioma general y global en España es el castellano, como hemos dicho, y todo habitante del país tiene el derecho y el deber de entenderlo. A pesar de las estupideces procedimentales que se hayan plasmado en muchas instituciones sobre este asunto, tales ocurrencias solo sirven para dar protagonismo a personajes que, en muchas ocasiones, no deberían estar en el candelero. Porque si no saben hablar la lengua oficial de su país, no sé qué hacen en el Parlamento de su —valga la redundancia— país.
Recuerden: Parlamento, lugar donde se habla. Todos los españoles, de cualquier rincón de la patria, deben entender el castellano, porque es la lengua oficial de España. Y al que no le guste, que se rasque… o que intente imponer otro idioma en España. Yo soy francés —nacido en Marsella— pero español de origen, y no exijo que nadie me hable en francés en España. Sería una idiotez del treinta y tantos, tirando a infinito.
Pero, desafortunadamente, bobos hay por todas partes: unos por herencia, y otros, más esforzados, por aprendizaje. Y al parecer, algunas izquierdas actuales —no todas, pero sí algunas— llevan la antorcha de los complejos encendida incluso a plena luz del día. Serán como Diógenes el cínico, que iba por la ciudad con una lámpara a pleno sol buscando a un hombre.
¿Notan ustedes la refanfunfia?
Si voy a Cataluña y la gente sabe que no soy catalán, suelen hablarme en español y no en lengua vernácula. Eso habla bien de esas personas del pueblo llano, coherentes y respetuosas con el resto de habitantes de España. Muchas veces, por cortesía, hemos intentado responder en catalán. Algunas palabras sabemos —no somos tontos de capirote— y no es tan difícil. En principio, lo hacen por respeto. Porque si no, difícilmente podría entender muchas cosas. No todas, porque imbécil de parvulario no soy, y entiendo bastante con un poco de atención.
Me inclino a pensar que lo que hacen estos políticos de izquierda es… ¿cómo se dice? Epatar. O mejor: molar. Sí, molar entre las gentes que les votan. Lo que no entienden es que, si hablan en sus lenguas autonómicas fuera de su Comunidad, los entenderá su señora madre —que por supuesto domina su lengua, entre otras— y cuatro despistados más que andan por allí.
Está claro que mucha gente puede entenderse en inglés, francés, español, italiano… y hasta en gallego —que se convirtió en portugués— o incluso en vasco, si me apuran. Pero eso no justifica que se dilapide el dinero que el Estado no tiene en estas florituras para dorar la píldora a ciertas Comunidades Autónomas. Creo que la mayoría de los presidentes autonómicos —que no son precisamente tontos, al menos no todos— entienden el castellano a la perfección.
Y es por todo esto por lo que empezaba este texto diciendo que para muchos militantes del PSOE, Isabel Díaz Ayuso y sus palabras —por verdaderas— son como una invasión de pulgas meticonas. No la soportan. Porque saben que en Madrid, digan lo que digan, no lograrán echarla. Y su candidato aún tiene que hacer mucha digestión política antes de llegarle a la suela del zapato.
Isabel se ha quitado el pinganillo de la oreja para no oír la traducción al castellano de ciertos impresentables que, en reuniones oficiales, desprecian el idioma oficial. Para más señas: el español de España. Y eso la engrandece. Porque cuando se habla para todos los españoles, hay que hablar en la lengua de todos. El castellano. El español.
Bien por Isabel.

