La enfermedad del poder. Por Rodolfo Arévalo

La enfermedad del poder

«Cuando las ideas dejan de ser libres y se convierten en armas para someter: hay demasiado listo suelto con ínfulas de salvador»

No es que ya no crea en nada. Sigo creyendo en el buen fondo de la gente, en general, si apartamos a delincuentes, aprovechados, mafiosos, asesinos, caraduras, personas con mal carácter, bandas de barrio, resabiados y, en general, a todos los que viven de hacer daño. Muchos de estos personajes —incluyendo a ciertos políticos que creen estar en posesión de verdades absolutas— podrían encuadrarse en grupos que padecen psicopatías diversas. Y sí, hay que librar a la sociedad de enfermos mentales.

Pero ojo: un enfermo mental no es quien discrepa o piensa de otra manera. Lo es quien usa el pensamiento personal, político o social como arma para alcanzar el poder y doblegar el libre albedrío de los demás. En el momento en que cualquiera de estos postulados pueda ser usado como herramienta de coacción mental, debe ser apartado como algo profundamente nocivo.

¿De dónde surge esto? De los entornos familiares durante la niñez, o de ciertos grupos sociales en la adolescencia. Las psicopatías no deberían aceptarse como algo normal en sociedad. Las obsesiones —políticas, sociales o personales—, si son peligrosas para la colectividad, deberían estar a buen recaudo.

Pero, claro, hay que estar un poco loco para vivir en el siglo XXI, tras haber superado muchos fantasmas mentales y rémoras como religiones, ideologías dispares y otros pensamientos que deberían pertenecer a la intimidad de cada cual. Las únicas categorías que deberían tenerse en cuenta son los postulados científicos demostrados, corroborados y contrastados.

Desde luego, cada cual puede intentar vender sus ideas, sus complejos, sus creencias, sus pócimas, ungüentos y remedios por los rincones del mundo. Todo el mundo puede —y debe— publicar sus convicciones, siempre que no extorsionen a sus destinatarios ni vulneren su libertad. Tanto daño hace quien hiere con una daga como quien lo hace con una idea impuesta.

Podemos vender y comprar —así lo postula el libre mercado—, pero hay que apartar de cualquier foro político o religioso los lavados de cerebro. Cada manera de pensar y de ver el mundo debería ser posesión de sus pensadores, y, si acaso, de sus practicantes. Pero ninguno de ellos debería forzar a los demás a seguir sus convicciones. Ni la política ni la religión, fuera de sus mundos intelectuales, deberían tener cabida en lo público como si fuesen productos inocuos, porque no lo son. La historia de la humanidad lo ha demostrado una y mil veces.

Dejad libertad —y en libertad— cualquier pensamiento humano que no menoscabe la libertad de los demás. Pero no aquellos que puedan servir para esclavizar, convenciendo de forma machacona a quienes no tienen tantos recursos intelectuales como para rechazar lo que se les impone. No todos los seres humanos poseen el mismo cociente intelectual, y por ello hay que respetar sus diferencias. No para despreciarlos, sino para que puedan coexistir de forma pacífica.

Para eso, la libertad individual es fundamental. Pero también debe tener límites claros: hasta dónde se puede llegar a manipular a los demás, sobre todo a los más vulnerables. La naturaleza hace este filtro de forma espontánea; los seres humanos, en cambio, retuercen las bases naturales del comportamiento para obtener ventajas sobre otros.

El darwinismo puro y duro es real. Así es. Pero nosotros deberíamos intentar que las ventajas que poseemos sirvan para el bien del grupo. Porque la supervivencia del más apto es la guía, sí, pero para que haya algunos más aptos debe haber también un grupo de menos dotados. Sin ellos, las sociedades serían imposibles.

Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que no es que ya no crea en nada. Sigo creyendo en el buen fondo de la gente, si apartamos a los delincuentes, aprovechados, mafiosos, asesinos, caraduras, bandas de barrio y resabiados. Muchos de estos —incluyendo a políticos que se creen dueños de la verdad— encajan en perfiles psicopáticos. Y hay que liberar a la sociedad de esos enfermos.

Enfermo mental no es quien piensa distinto. Enfermo es quien convierte sus pensamientos en armas para someter al prójimo.

Esa es mi manera de verlo. Probablemente no sea así. Pero debiera serlo. Porque, para bien o para mal, los seres humanos somos, al fin y al cabo, seres obsesivos.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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