¿Qué hacemos con los catalanes de fuera de Cataluña? Por Fernando M. Gracia 

¿Qué hacemos con los catalanes de fuera de Cataluña?

«Si algo nos enseña el conflicto catalán es que quien controla el relato, controla el futuro. Y no podemos seguir permitiendo que el nacionalismo escriba en nombre de todos»

Es una pregunta que no suele plantearse en los medios ni en los parlamentos, pero que atraviesa el corazón del conflicto identitario catalán. ¿Qué hacemos con los catalanes que viven fuera de Cataluña? ¿Con esos hombres y mujeres que nacieron en Barcelona, en Lérida, en Gerona, en Reus o en Figueras, pero que hoy residen en Granada, en Zaragoza, en Valencia, en Bruselas o en Buenos Aires? ¿Qué lugar ocupan en el imaginario de la “República Catalana”? ¿Quién les representa, quién les escucha, quién les considera? 

El nacionalismo catalán ha construido un relato cerrado, esencialista y territorial. Para ellos, Cataluña es un “pueblo” unitario, homogéneo, víctima histórica de una opresión exterior. Dentro de ese marco, los catalanes que no viven en Cataluña, o que no comparten la fe secesionista, se convierten en un problema. No cuadran con la épica del 1-O, ni con la iconografía de la estelada, ni con la ingeniería emocional que intenta presentar el independentismo como un movimiento transversal y mayoritario. 

Y sin embargo, esos catalanes existen. Y son miles. Según datos del Instituto de Estadística de Cataluña (IDESCAT), más de 330.000 personas nacidas en Cataluña residen fuera de ella dentro del Estado español, y cerca de 300.000 viven en el extranjero. Son ciudadanos que han emigrado por razones laborales, familiares o, en algunos casos, políticas. Algunos marcharon por el coste de vida; otros, por el hartazgo ante el clima de polarización y exclusión identitaria. 

Muchos conservan sus raíces, su lengua, su cultura. Siguen leyendo a Pla y a Rodoreda, cocinan “escudella”, celebran “Sant Jordi” y hablan en catalán con sus hijos. Pero no comparten el proyecto independentista. Se sienten catalanes, sí, pero también españoles y europeos. Reivindican una identidad abierta, integradora, que no necesita romper con nadie para afirmarse. Y por eso, desde la perspectiva nacionalista, son invisibles. O peor aún, son traidores. 

He escuchado testimonios de profesores catalanes en universidades andaluzas que han sido insultados en redes sociales por defender la Constitución. De familias que se marcharon a Castilla por miedo a la presión escolar o al adoctrinamiento. De jóvenes que, tras años de militancia independentista, rompieron con el movimiento por su deriva sectaria y excluyente. ¿Qué lugar tienen en la Cataluña que se dice democrática y plural? Ninguno. Para los radicales, son “botiflers”, colonos, charnegos con síndrome de Estocolmo. 

Y, sin embargo, son parte esencial del pueblo catalán. Porque el catalanismo no puede reducirse al secesionismo. Ni la catalanidad puede medirse en función de la distancia con Madrid. Cataluña ha sido siempre una tierra de tránsito, de encuentro, de mestizaje. Hay más catalanes fuera de Cataluña que “esteladas” en los balcones. Y muchos de ellos son quienes mejor pueden explicar qué significa vivir la identidad catalana sin convertirla en un instrumento de exclusión. 

¿Qué hacemos, pues, con esos catalanes? La respuesta, desde una visión constitucional y democrática, es clara, los escuchamos, los protegemos, los incluimos en el relato nacional. No como notas a pie de página, sino como protagonistas de una España plural donde ser catalán no implique someterse a un dogma ni renunciar a una parte de uno mismo. 

España debe reivindicar con orgullo a sus catalanes, estén donde estén. No desde el paternalismo, sino desde la convicción de que la lealtad constitucional, el respeto a la ley y la defensa de la convivencia no son opcionales. Porque si algo nos enseña el conflicto catalán es que quien controla el relato, controla el futuro. Y no podemos seguir permitiendo que el nacionalismo escriba en nombre de todos. 

Yo, personalmente, me niego a que se expulse simbólicamente a miles de catalanes del mapa emocional de su tierra. Me niego a aceptar que solo se es catalán si se rompe con España. Me niego a callar mientras otros construyen una Cataluña de trincheras y exclusiones. 

Los catalanes que viven fuera no son disidentes. Son ciudadanos libres. Y son, quizás, la mejor esperanza para una Cataluña reconciliada consigo misma, dentro de un marco más amplio llamado España dentro de una Europa cierta. 

 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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