El capullo de verano. Por Julio Moreno López

El capullo de verano. Detalle Sorolla

 Cuando releo mis relatos, a veces tengo la sensación de que me los han dictado, de que no los he escrito yo”. (Julio Cortázar). 

 Nuevamente, como todos los veranos, me encuentro sumergido en este retiro espiritual y mundano de la Dehesa de Campoamor. Como dice Don Joaquín Sabina, si no has estado aquí no has visto el paraíso terrenal. No es, indudablemente, el lugar más bello del planeta, aunque sin duda es muy bello, pero para mí es mi patria del alma, el lugar donde he sido feliz y al que retorno como si se pudiera retornar a la felicidad siguiendo el GPS, cosa que, por desgracia, es imposible. 

No obstante, y tratando de huir de la queja y los lugares comunes, he de reconocer que lo que sigo sintiendo aquí, si no es felicidad, se le parece bastante. Esto de la felicidad es, en cierto modo, como la erección; como el orgasmo, si es usted un ser humano nacido hembra. Con la edad, se hace más complicado alcanzarla. Eso sí, el día que sucede, retornamos a Itaca como si nos hubiera crecido el pelo y se nos hubieran acortado los bajos de los vaqueros. 

 Ya puestas las bases de mi estado de ánimo, condicionado sin duda por estar viendo el mar desde mi ventana mientras escribo estas líneas, he de decir que este estado de felicidad sobrevenida, esta obligatoriedad del disfrute que supone el veraneo, me ha hecho dudar en numerosas ocasiones de verdades universales, de fundamentos sólidos de mi propio convencimiento. Esto se entiende mejor con un ejemplo, como casi todo en la vida. 

 A tal efecto, me viene a la cabeza una conversación que mantuve con mi amigo Josito hace por lo menos 35 años. Cabe preguntarse por qué, entre los millones, que digo millones, entre las miles de conversaciones que uno mantiene en la vida, hay ciertas frases que se te quedan grabadas para siempre, no sé si a ustedes les pasa. Pues en esta ocasión, recuerdo perfectamente que, en el contexto de una conversación con el susodicho Josito, que estaba buscando un lugar donde ir de vacaciones ese año con sus padres, le animé a venir a Campoamor, cosa que finalmente hizo. Y recuerdo nítidamente que yo le dije que cuando venía a Campoamor era otro, me transformaba. 

 Josito, como ya he dicho, vino a Campoamor. De hecho, ha vuelto en unas cuantas ocasiones, a mi casa, aunque he de decir que Josito, como la persona coherente que siempre ha sido, no sufre transformación alguna en Campoamor, al menos que yo pueda detectar. Lo más probable es que yo tampoco me transforme, pero mi ánimo transmutado me haga pensar que sí. 

 Y aquí es donde caen los cimientos sólidos de mi frágil realidad, cuando, como el bueno de Cortázar, me pregunto si no será que, en realidad, yo soy este, no el que retorna a Madrid cada septiembre, y si posiblemente dejo aquí a mi verdadero yo, en el capullo, nunca mejor dicho, para transmutarse nuevamente de larva en mariposa el uno de agosto, más o menos. 

 Miren ustedes, yo no sé si esto les pasa también, pero yo, en cierto modo, en ciertas cosas, me veo influido por la lectura que en ese momento esté llevando a cabo, y en estos días he estado leyendo un libro de Juan José Millás, al que nunca había leído, pero puedo asegurar que a partir de ahora leeré, titulado “Ese imbécil va a escribir una novela”. Hay que decir que es el típico regalo que cuando lo recibes te preguntas si va con segundas, pero superado el recelo inicial he de admitir que Millás es un tipo lúcido, sarcástico, irónico, como mi yo actual, y escribe como Juan José Millás, no como otro, dotando a sus textos de un valor añadido. No hay que fiarse de las personas que no entienden la ironía. Por lo general, son unos egocéntricos de manual. 

En este libro, sin ánimo de desvelar la trama, Millás se pregunta en numerosas ocasiones si no será otro el que escribe por él, el que piensa por él e incluso el que respira por él. Es, en realidad, una elegía al síndrome del impostor que, por lo general, sentimos cuando nos van bien las cosas. En el caso de Millás, está fundamentado, pero en el común de los mortales, al menos a mi me pasa, suele ser la consecuencia del recelo, de la incredulidad, de que de una puñetera vez las cosas nos salgan bien. 

 La vida tiene estas cosas. Cuando te vas haciendo mayor, hay cosas que has aprendido, a poco avispado que seas, y de vez en cuando aciertas. 

 “Porque sabía, que la verdad desnuda guarda oculta detrás de la corteza, el hueso de cereza de una duda. Y se reía, con la melancolía que le da la razón a la tristeza, cuando los labios pierden la cabeza”. (Joaquín Sabina). 

 

Julio Moreno Sociedad Civil

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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