
«Los de tierra adentro llevamos en estos días interminables noches de mosquitos homicidas e incendios criminales»
Como la de hoy mismo, noche que nos contempla y sirve de continente, que a través de un disco de vinilo, girando, girando, girando, dando vueltas, mientras araña su aguja los surcos de las canciones que amplifican una adolescencia que yo entiendo como faro que va y viene con su luz columbrando lo pasado y lo por pasar, puede evocar a través de la cortina de niebla del tiempo.
Era un viaje en autobús, y los escasos muchachos que hacíamos el bachillerato o el COU en el Ibáñez Martín, anacrónicos custodios de la asignatura de francés, íbamos a cruzar los Pirineos hasta la Alsacia. A alguien, hace unos días, le pareció bien que yo lo contara en el Diario de Teruel . Y probablemente nadie de aquellos años lo habrá leído, tampoco Isabel, mi profesora de aquel curso, que vivía en unos pisos muy altos, adornados al estilo mudéjar, en una plaza con rotonda.
Si la niña Ayuso confesaba en Radio Calamocha su entusiasmo por ese primer disco de los Héroes del Silencio, y he rememorado por ella a mis amigos Juan Manuel Hernández, María Torrente… que (parafraseando a Gil de Biedma) “no me estarán leyendo”; y si de ese viaje (también yo niño) que no serviría para aprender francés, pero sí para sembrar recuerdos de imperecedera melancolía, quedaron los temas de El mar no cesa, vuelve a sonar “El estanque” o “Agosto”, donde la letra algo críptica hacía sus guiños a una no sé si ahora extemporánea interculturalidad (“la sangre gitana que llevo dentro”), lejos del problema actual de la multiculturalidad (“ser moro o cristiano, qué más nos da, si hay para los dos”). Desde luego que la sociedad española de finales de los ochenta (más en una ciudad diminuta) no se reconocería en la multiespaña actual.
Ignoro lo que sucede mar adentro, pero los de tierra adentro llevamos en estos días interminables noches de mosquitos homicidas e incendios criminales, que no dejan disfrutar de ese agosto que mereció la glosa poética de Enrique Búnbury en aquel no tan lejano 1988: “Una vez en la vida/ debo encontrar dentro de mí/una noche de agosto/mi alma perdida/que arrojé al mar”. Cuando Teruel era la capital del mundo, como pudo serlo para Hemingway Pamplona, y no era doña Isabel Natividad más que una mocosa grabando canciones de la radio en una cinta TDK.
