Botiflers. El insulto del nacionalismo para silenciar al disidente. Por Fernando M. Gracia 

Botiflers

«Rechazo esa lógica excluyente. Me niego a aceptar que la identidad catalana pertenezca solo a quienes ondean una estelada»

En el vocabulario político catalán existe un término que el nacionalismo ha resucitado con saña, botifler. Lejos de ser una mera reliquia del pasado, esta palabra se ha convertido en un arma retórica para estigmatizar a todo aquel catalán que no comulgue con los dogmas del secesionismo. El mensaje es claro: o estás con nosotros, o eres un traidor. 

El origen del término remite a la Guerra de Sucesión Española (1701–1714). Entonces, botiflers eran los catalanes que apoyaban al candidato Felipe de Borbón frente al archiduque Carlos de Austria. Es decir, eran partidarios de una opción dinástica concreta dentro del conflicto sucesorio por la Corona de España. No eran extranjeros, ni colonos, ni vendepatrias. Eran catalanes, tan legítimos como los austracistas, que optaron por un modelo político más centralista, inspirado en la Francia de Luis XIV, frente al sistema pactista de los Austrias. 

Con el paso del tiempo, y especialmente desde el auge del nacionalismo romántico del siglo XIX, botifler dejó de ser un término histórico para convertirse en un insulto. Fue entonces cuando se transformó en sinónimo de “mal catalán”, de “traidor a la nación”. Y así ha llegado hasta nuestros días, como un recurso del independentismo radical para deslegitimar la voz del otro, del discrepante, del que no acepta el relato fundacional de una Cataluña oprimida y en lucha por su libertad secular. 

Pero la realidad, como siempre, es mucho más compleja que la caricatura. Cataluña nunca fue una nación-Estado soberana ni participó en 1714 en una guerra de independencia. Lo que ocurrió fue una guerra civil española internacionalizada, en la que diversos territorios, incluyendo los de la antigua Corona de Aragón, tomaron partido por uno u otro pretendiente al trono. Los botiflers, por tanto, no eran traidores, sino simplemente catalanes que eligieron una opción política distinta. 

Lo verdaderamente preocupante es cómo ese término se sigue usando hoy con plena impunidad en medios, redes y manifestaciones. Se aplica a los constitucionalistas, a los catalanes de doble identidad, a los hispanohablantes, a quienes reivindican la legalidad democrática por encima del fervor ideológico. Se les expulsa simbólicamente del “pueblo catalán”, como si hubiera una sola forma legítima de ser catalán: la del independentismo. 

Yo rechazo esa lógica excluyente. Me niego a aceptar que la identidad catalana pertenezca solo a quienes ondean una estelada. La Cataluña real es plural, mestiza, bilingüe, abierta y está llena de personas que, sin renunciar a su tierra ni a su cultura, creen en la unidad de España, en la Constitución, en la convivencia. ¿Son botiflers por eso? ¿Son menos catalanes? 

Si defender la legalidad, el diálogo y la integración es motivo de escarnio, entonces sí, acepto el calificativo. Pero lo hago no como señal de vergüenza, sino como emblema de resistencia. Porque frente a la mentira, la manipulación y el señalamiento, debemos reivindicar el derecho a disentir sin ser excluidos. 

La historia no nos ofrece lecciones morales fáciles. Pero sí nos advierte de los peligros de los relatos únicos y de los discursos que dividen al pueblo entre los buenos y los malos. Y por eso, cada vez que alguien recurra al viejo insulto de botifler, responderé con serenidad, soy catalán, soy español y no tengo nada de qué avergonzarme. 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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