
«Este documento debería llegar al mayor número de lectores al contemplar el problema de los incendios desde una perspectiva que nunca había visto»
En esta ocasión me voy a limitar a compartir un escrito que me llegó sin firma, a través de un WhatsApp, y mi labor se ha limitado a corregir algunos errores ortográficos, resaltar frases guía y tratar de encontrar significado a términos que el autor utiliza seguramente desde el argot local, para mí desconocidos y que no encontré como tales en el Diccionario de la Real Academia, por lo que me he ido a lo más cercano que me ha parecido que podía referirse. Dicho lo cual, debo decir que el documento me ha parecido del suficiente interés como para que llegue al mayor número de lectores al contemplar el problema de los incendios desde una perspectiva que nunca había visto, aunque en el fondo nos lleva a las mismas causas.
Decía así el escrito en cuestión:
«Hoy me visitó un medio de comunicación para cubrir la noticia de los devastadores incendios que están asolando nuestras tierras.
Una de las preguntas que me hacían era que quién tenía la culpa de lo sucedido. Yo le contesté que, desde mi punto de vista, el culpable era el BOE (Boletín Oficial del Estado).
Quedaron un poco sorprendidos por la respuesta, y me dijeron que ya habían escuchado que la culpa la tenía el gobierno central (PSOE), el gobierno autonómico (PP), la Comunidad Europea (PP+PSOE), los pirómanos, la falta de medios, –el cambio climático, añado yo–, etc. Pero nunca habían escuchado que la culpa de lo que estaba pasando la tuviese el BOE.
Mientras charlábamos pasaron dos hidroaviones a tirar agua a unas xestas –entiendo que quiere decir matorrales– que ardían en mitad del monte, mientras un helicóptero de coordinación sobrevolaba por encima de ellos y una unidad de la UME, otra de brigadistas y dos coches de protección civil, vigilaban desde la distancia. Este panorama me sirvió de base para explicar mi respuesta.
Hace veinticinco años, en ese monte había seis o siete vacas y un pequeño rebaño de cabras, que eran las que se ocupaban de que las matas no creciesen. (Pero) Hace 18, una normativa publicada en el BOE establecía las prohibiciones para tener vacas en pastoreo extensivo. Hace 15 años establecieron las limitaciones del número de cabras y ovejas que podrían tener los vecinos, haciendo imposible tener este tipo de ganado en los pueblos. Hace doce años, salió publicada en el BOE una nueva normativa de bienestar animal que terminó definitivamente con la tradición de tener un par de cerdos en casa, a los que se le hacían mullidas camas de paja y xestas para que descansaran mientras hacían abono. Este abono se usaba para fertilizar las viñas que rodeaban los pueblos y que también prohibieron seguir plantando por otra normativa publicada de impacto medioambiental. Hace 6 años prohibieron cortar xestas, recoger piñas o traer leña caída del monte a riesgo de fuertes sanciones económicas y multas. El año pasado impusieron una normativa absurda para controlar el número de gallinas y gallineros que teníamos, haciendo que, de golpe, más del 60% de las gallinas y gallineros de los pueblos desapareciesen. Ya de paso, aprovechó el BOE para hacer ver al mundo lo importante que era proteger al lobo, a los patos petirrojos, las alimañas y las garduñas y de paso prohibir las batidas de jabalíes y estigmatizar a los cazadores.
Entre medias, nuevas publicaciones en el BOE, de 2014/2025, fueron prohibiendo usos comunes como el de recolección de madera, apicultura, setas, utilización de pesticidas y fitosanitarios, poda y recolección de castaños, venta de castañas, etc., etc., haciendo, de actividades tradicionales y culturales, una maraña administrativa y burocrática imposible de cumplir, que desembocó en el abandono de todas las actividades ganaderas y agrícolas.
Se crearon cientos de chiringuitos para controlar que se cumplía la normativa, que llenaron con miles de funcionarios, que justifican su existencia diciendo que todo esto es por nuestro bien, ya que, como somos tontos, no sabemos vivir y nos tienen que guiar como al burro del Manolo (al que, por cierto, tuvo que sacrificar por una nueva normativa que no permitía tener burros pastando cerca de casa).
Es difícil discernir de este sistema, ya que, por un lado, los medios de comunicación y redes sociales nos alinean en un único pensamiento del que no puedes discrepar, y si lo haces, te estigmatizan o te sancionan. Y por otro, tu hijo, que iba para apicultor, ahora está de subdirector general de “Control de colmenas” para vigilar que no se elabore miel casera, y tu sobrino es brigadista forestal, controlando que su abuelo no corte una salguera –sauce– al lado del rio, en un claro ejemplo del que “si no puedes con ellos, únete a ellos”.
En este momento de la conversación, creía que los periodistas se habían dormido, pero los tenía medio anestesiados escuchando. El más bajito, con cara de recién licenciado, espabiló y me preguntó: Y… ¿qué se puede hacer?
Pues el BOE solo se puede combatir con el BOE, pero eso va a ser imposible, porque llevamos muchos años utilizando el BOE para destruir un modo de vida. Una forma de vivir que no se puede controlar y al día de hoy, Europa quiere controlarlo o destruirlo.
Los que vivimos en los pueblos sabemos que hay doscientas aldeas alrededor, tenemos agua propia, reciclamos por costumbre, sabemos quién vive en cada una de ellas, sabemos a qué se dedican; uno tiene cuatro vacas; otro, cabras; otro, ovejas; otro hace miel; otro, leña; otro, embutidos caseros; otro, huevos… pero ellos no lo saben. No es fácil controlar a diez vecinos en cada una de estas aldeas, por lo tanto, como no son capaces de controlarlos, los hacen desaparecer.
Que no llegan las normativas y prohibiciones para destruir nuestro medio de vida… No pasa nada, les privo de médicos, les privo de escuelas, de tren, de autobús, de comunicaciones… “Que pesados son estos Galos que no se han extinguido”…
Entonces: ¿Qué va a pasar?, me preguntó el compañero de gafas.
Pues ahora viene aplicar el protocolo: La maquinaria de los rojos echándole la culpa a los azules, los azules a los rojos y ambos prometiendo ayudas y subvenciones irreales para solucionar problemas reales.
¿Cuánto vale la palera (nopal: planta de la familia de las cactáceas) del abuelo Pepe en la que nos juntábamos toda la familia y vecinos a merendar? ¿Y la cuadra de la abuela María, donde guardaban las patatas, los tomates y las castañas? Para Pepe y para María valen medía vida, para el catastro 48 y 32 euros, respectivamente. Pero mejor no digas nada, porque te lo van a hacer tirar por no estar dado de alta como uso agropecuario, por la normativa de 2016 de usos urbanísticos rurales (también en el BOE).
Como el que primero te corta las piernas y luego te da unas muletas, esperando que lo aplaudas. Nos han metido en una enfermedad terminal, y ahora nos dan ibuprofeno (miles de pastillas), para combatirlo.
Por más que vengan cientos de aviones, helicópteros, ejercito, UME, bomberos, etc., por más que vengan con su mayor voluntad, por más que lo den todo para defendernos (y de lo cual estamos muy, muy, muy, agradecidos), no van a impedir que se queme el monte, ellos pueden mitigar el dolor, o, en este caso, minimizar los daños, pero la enfermedad continúa avanzando.
Al final de la conversación, las xestas ardieron a pesar de que se incorporaron dos helicópteros y tres camiones de bomberos, pero eso solo es ibuprofeno. Para que las xestas no ardan, los pueblos no se quemen, y la enfermedad no avance… necesitamos cabras, viñas y castaños, no burócratas y funcionarios aplicando absurdas normativas del BOE.»
Y concluye nuestro desconocido y contundente autor de esta reflexión con una frase que resume lo que se está impidiendo por nuestro sistema del bienestar:
«NECESITAMOS QUE NOS DEJEN VIVIR EN LOS PUEBLOS, SOLO ESO.»
Creo que sobran comentarios porque a lo que se explica solo no hay que añadir nada y que, en otro orden y en relación con la actualidad de la semana que termina, los dejo para mañana.

