
«Esta es la breve historia de los manuscritos en los que vive dormida la memoria de Al-Andalus, en un sueño de pergaminos, vitelas, papeles y tintas»
En la ruta por el desierto que en el año 1030, Abdullah Ibn Yassin y algunos bereberes iniciaron, a causa del desplazamiento forzoso provocado por los elementos arabizados, una emigración hacia el sur en lo que llamaban y era denominada «Bilad as-Sudán» o país de los negros, y fundaron un convento en una isla del río Senegal.
Hacia 1042 ya contaban con algunos millares de seguidores, bereberes del sur y negros islamizados, con los que lanzaron una guerra santa «Jihad» que, en 20 años, los haría dueños de todo el territorio entre el Senegal y el Mediterráneo. Crearon un nuevo imperio, la nueva capital fue Marrakesh, y fue conocida por su designación primitiva: Almorávide, derivada de al-Murabatim es decir “los del convento”, los devotos, y se mantuvo durante un siglo.

Esas rutas hacia el sur serían las que recorrerían los manuscritos Kati, ‘del godo’.
Si hablamos de una biblioteca andalusí en la curva del Níger estamos hablando de una institución llamada Fondo Kati, y su devenir son las aventuras y desventuras de una biblioteca andalusí en Tombuctu.
Quien me enseñó a recordar todo este legado no fue otro que Ismael Diadié Haidara, un malinés descendiente de una larga estirpe de visigodos toledanos a los que el destino empujó a cruzar el Sáhara hasta los confines del río Níger en busca de unas riberas que soñaban como las del añorado Guadalquivir y donde establecer una nueva Andalucía.
En ese fondo documental se encuentran recogidos manuscritos religiosos, técnicos, filosóficos y también científicos de un amplio abanico de ciencias, de Derecho, Métrica, Filología, Lógica, Matemáticas, Astronomía, Medicina, Teología… de autores de lugares tan españoles como Toledo, Málaga, Granada, Sevilla, Valencia, Almería, Ronda, Zaragoza y un largo etcétera…En el Fondo Kati vuelve a la vida Al-Andalus en una memoria de pergaminos, vitelas, papeles y tintas que los Banu al-Quti de Tombuctú conservan y han conservado con todo amor y respeto a pesar de todos los vaivenes y contingencias.
Hay que remontarse en el tiempo a un 22 de julio del año 1467 en la ciudad de Toledo. Una férrea oposición enfrentaba a Enrique IV con el príncipe Alfonso mientras nobles y clérigos tomaban parte por Alfonso en esta lucha por la corona de Castilla. En un día conocido como ‘de la farsa de Ávila’, canónigos y nobles destronaron a Enrique IV, el rey huraño.
El 5 de junio de 1465, en un lugar en los alrededores de Ávila, un grupo de la alta nobleza de Castilla depuso en efigie al rey Enrique IV de Castilla y proclamó rey en su lugar a su medio hermano el infante Alfonso. Esta ceremonia fue llamada por sus detractores así: ‘la farsa de Ávila’ y con ese nombre ha pasado a la historia.

El reinado de Enrique IV se caracterizó por el encarnizamiento de los enfrentamientos entre bandos nobiliarios y contra el rey para acaparar con ello parcelas de poder. El poderoso marqués de Villena estaba descontento con el trato de favor de Enrique a sus rivales los Mendoza y el valido Beltrán de la Cueva. El marqués formó una alianza contra el rey junto con los arzobispos de Toledo, Sevilla y Santiago, la familia Enríquez, los condes de Plasencia y de Alba y otros nobles y eclesiásticos menores.
El 11 de diciembre de 1464 la liga ‘antienriqueña’ dio un ultimátum: si el rey no rectificaba y se deshacía de su gobierno, lo destituirían. Enrique trató de negociar pero no hubo acuerdo y el rey fue depuesto, primero en Plasencia el 27 de abril de 1465 y a continuación en Ávila el 5 de junio. Sobre un gran estrado de tablas visible desde gran distancia, los conjurados colocaron una efigie de madera que representaba al rey vestido de luto con sus atributos, y ataviado con la corona, el bastón y la espada reales.
En la ceremonia estaban presentes Alfonso Carrillo arzobispo de Toledo, el marqués de Villena, el conde de Plasencia, el conde de Benavente y otros caballeros de menor estatus, además con la presencia del pueblo llano invitado a tal farsa. También se encontraba allí el infante Alfonso, que por entonces todavía no llegaba a los trece años de edad.
Tras celebrar una misa los rebeldes subieron al tablado y leyeron una declaración con todos los agravios de los que acusaban a Enrique IV. Según ellos, el rey mostraba simpatía por los musulmanes, era homosexual, tenía un carácter pacífico y, se le acusaba de no ser el verdadero padre de la princesa Juana, a la que por tanto negaban el derecho a heredar el trono.

Tras el discurso, el arzobispo de Toledo le arrebató la corona a la efigie real, símbolo de su autoridad y dignidad real. Luego el conde de Plasencia le quitó la espada, símbolo de la administración de justicia, y el conde de Benavente le despojó del bastón, símbolo del gobierno. Por último, Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia, derribó la estatua gritando: «¡A tierra, puto!».
A continuación subieron al infante Alfonso al tablado, lo proclamaron rey al grito de “¡Castilla, por el rey don Alfonso!” y procedieron seguidamente a la ceremonia del besamanos.
El nuevo rey Alfonso, su medio hermano, fue considerado un títere en manos del marqués de Villena y no fue aceptado por una gran parte del país, que se mantuvo leal a Enrique IV, sin embargo, a situación degeneró en disturbios que duraron hasta la muerte de Alfonso poco después en 1468 y el sometimiento de su hermana Isabel a la autoridad de Enrique. Enrique IV recuperó el trono, pero la disputa por la sucesión continuó, enfrentando a Isabel y a Juana, supuesta hija de Enrique IV. Más adelante, el marqués de Villena y sus parientes y aliados rompieron con Isabel y, al morir Enrique en 1474, apoyaron a la princesa Juana como heredera al trono, estallando de esta manera la Guerra de Sucesión Castellana, cuyas actividad y secuelas se prolongarían hasta 1479, hasta que finalmente la sucesión recaería finalmente en la hermana de ambos, Isabel la Católica.

Las revueltas trajeron como consecuencia la persecución para limpiar las tierras de Castilla de todos aquellos que llevaban sangre judía, que fuesen practicantes de la fe de Moisés o conversos venidos al Cristianismo desde el judaísmo o el Islam, los cuales sintiéndose amenazados, se sublevaron en Toledo en aquel día de los ‘fuegos de la Magdalena’, término que se refiere a los disturbios y el incendio que tuvieron lugar en 1467 durante las revueltas en el barrio de la Magdalena, también llamado «de las Cuatro Calles», evento que no debe confundirse con las actuales fiestas de la Magdalena. Los disturbios, que se identificaron con el incendio, causaron la muerte de muchas personas y la expulsión de numerosos conversos de origen judío de la ciudad.
Tras duras discusiones, conversos y cristianos viejos se enfrentaron. Fuertemente armados, los conversos pusieron cerco a la catedral y mantuvieron a los cristianos asediados después de matar a dos canónicos y algunos cristianos más. Un millar de cristianos y un refuerzo de ciento cincuenta hombres llegados de Ajofrín hasta Toledo vinieron a socorrer a los asediados. Los conversos tomaron puertas y puentes de la ciudad y montaron cuatro barricadas. Los combates se iniciaron entonces en los alrededores de la catedral y prosiguieron en el barrio de la Magdalena, donde fue hecho prisionero el licenciado Alonso Franco. Los asediados pudieron salir, unos dicen que por la puerta que da sobre la calle de Ollas; otros, que por la del Reloj. La respuesta de los conversos fue prender fuego al barrio de la Magdalena. Todas las casas vecinas al Corral de Don Diego ardieron al instante. Fray Mesa, cronista de Castilla, dice que el fuego se extendió con la fuerza del viento a la Trinidad, pasó cerca de San Juan de la Leche, redujo a cenizas la calle Nueva y la de la Sal, llegando hasta el mercado de las especias y Santa Justa. El incendio prosiguió, según el cronista, por la calle de los Tintes y quemó la casa de Diego García de Toledo, finalmente 1600 casas quedaron destruidas. Los cristianos viejos, después de largos días de lucha, pudieron finalmente controlar el fuego y reducir a los conversos. Su cabecilla, Fernando de la Torre, fue ajusticiado; muchos otros conversos correrían la misma suerte en días posteriores.
De poco le sirvió a los sublevados las acciones que llevaron a cabo durante los fuegos de la Magdalena, viéndose muchos obligados a huir de Castilla con sus bienes. Los que optaron por quedarse fueron privados de su derecho a llevar armas, o a ocupar puestos en la Administración, finalmente tuvieron que convertirse y dar fe de su buena voluntad de ser cristianos ante el Tribunal de la Inquisición.

El último visigodo de Castilla
Ante tan sombrías expectativas, Ali b. Ziyad al-Quti al-Tulaytuli al-Andalusí un godo islamizado de Toledo, dejó en la ciudad del Tajo mujer, hijos y bienes y emprendió un largo e inimaginable viaje hacia el sur, con poco oro y muchos libros manuscritos. Se dirigió hacia Sevilla para después tomar el camino de Granada, donde reinaban todavía los monarcas de la dinastía nazarí. Fue por poco tiempo. Granada vivía entre el constante asedio de los castellanos y la lucha intestina que los nazaríes libraban entre sí. El toledano siguió, pues, su camino en busca de una tierra de paz y tranquilidad que en la península no le sonreía.
Después de la conquista musulmana muchos de los visigodos descendientes del rey Witiza se quedaron entre Toledo, Córdoba y Sevilla, y años más tarde, algunos dejaron de vivir en su comunidad mozárabe para convertirse al Islam, adoptando su lengua y sus costumbres. Muhammed Ibn al-Qutiya, descendiente de Sara la Goda, vivió en el siglo X en Medinat al-Zahra, cerca de Córdoba; fue un gran historiador, poeta y eminente filólogo. También vivió en Córdoba Hafs b. Albar al-Quti, el gran traductor de los Salmos de David; y más tarde en Toledo vivió Suleymán b. Harit al-Quti, médico de profesión, autor de un tratado de oftalmología publicado en su versión latina por el alemán Julius Leopold Pagel (1851-1912), historiador de la medicina, en Alemania en el año 1896, y en su versión catalana, por mestre Joan Jacme, en Barcelona, en el año 1933. Estos fueron los más conocidos de los Banu al-Quti.
Ali bin Ziyad al-Quti al-Tulaytuli al-Andalusí sería el último Quti en surgir en la historia de Castilla; el último godo de Castilla.

La dura travesía del desierto
Ali Bin Ziyad, temeroso por el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió abandonar Toledo en 1468 y buscar un nuevo lugar donde establecerse, iniciando de esta manera un exilio que creía temporal con algunos puñados de oro y con su tesoro más preciado, su biblioteca, que en ese momento comprendía 400 manuscritos en árabe, castellano, aljamiado y hebreo, muchos de los cuales han pervivido insólitamente durante estos seis siglos de destierro en Tombuctú.
Ali b. Zíyad al-Quti llevaba con él todo lo que pudo sacar de Castilla: oro, libros y sobre todo la amargura de abandonar su tierra amada. Cruzó el estrecho de Gibraltar hasta Ceuta, ciudad que según dijo perteneció a los territorios gobernados por su familia en los lejanos tiempos de los reyes godos de Toledo. Luego marchó a Fez, desde donde viajó hacia los límites del gran desierto de África. Seis meses permaneció en el Tuwat, donde compró una biografía del Profeta del Islam escrita por Cadi Iyad alAndalusí de Ceuta, titulado Kitab as-Shifa. En un folio de este manuscrito apuntó lo siguiente: «Compré este manuscrito dorado, titulado Es-Shifa Cadi Iyad, a su primer propietario, Muhammad b. Umar, por el valor de 225 gramos de oro puro pagado en total al vendedor. Esto fue dos meses después de nuestra salida de Toledo, tierra de los godos. En este momento estamos en ruta por el Bilad as-Sudan, la tierra de los negros. Pedimos a Allah el todopoderoso que nos conceda allí la tranquilidad. El esclavo de su Señor, Ali b. Ziyad al-Quti. 22 del mes de Muharram del año 873 de la Hégira».

Reunió, como se ha dicho, en total una cantidad importante de manuscritos de Filosofía, Derecho, Medicina, Filología, Métrica, Astronomía, Teología, Matemáticas, etc. cuyos autores casi todos los que en el momento y épocas pasadas habían vivido en Hispania, documentando costumbres, remedios médicos para todo tipo de dolencias y enfermedades, tanto para sanar la enfermedad como los males del espíritu.
Escritos por filósofos, hombres de ciencia y pensadores de la época del al-Andalus, de los condados de la Marca Hispánica, castellanos, leoneses, astures, celtas, romanos, árabes, judíos y carolingios etc. Manuscritos, documentos y pergaminos únicos, una gran parte de nuestra historia se encuentra entre los papeles que los Banu al-Quti aún conservan.
Ali prosiguió su camino por las viejas rutas del desierto. Pasó seis meses en Sijilmasa y regresó de nuevo a Tuwat. Más tarde hizo un viaje a la Meca y de regreso a Tuwat encontró a unos andalusíes con quienes hizo el camino hacia la tierra de los negros. Pasó cuatro meses en Walata, la antigua Biru, la última ciudad del Sahara hacia el sur, y después emprendió de nuevo viaje hacia Gumbu, una ciudad del antiguo imperio de Gana que Habrahám Cresques no mencionó en su mapa del año 1375.
Al llegar a esta región se encontró con otros andalusíes que ya vivían allí y que como él se habían visto forzados a emigrar a causa de la persecución desatada en la península, éxodo que se vería incrementado a raíz de la caída del reino nazarí de Granada en 1492. Entre los andalusíes y moriscos que abandonaron el territorio peninsular hemos de mencionar al arquitecto Es-Saheli, al que aún hoy en día se conoce como “El granadino”, y al poeta Fazzazi al-Quturbi (Córdoba 1229-Marrakech 1290), mote que traduce “El cordobés”. Es-Saheli construyó en el año 1325 la mezquita de Yinguereber y con ello dio origen a lo que se conoce como arquitectura sudanesa de la curva del río Níger, de gran influencia en toda la arquitectura sahariana y subsahariana, estilo que se caracteriza por ser simple en sus materiales y en su diseño, y a la vez por poseer un marcado carácter espiritual.

El poeta Al-Fazzazi, un gran desconocido en España, es autor de El libro de las virtudes, poemario que aún hoy en día sigue recitándose con profunda emoción en la ceremonia religiosa que se celebra el día de la conmemoración de Mahoma, no sólo en Tombuctú sino en todas las ciudades sahelianas del Níger.
Una vez en Gumbu, Ali bin Ziyad al-Quti se casó con una sobrina del rey del país sunni, Ali rey del Songhay. Su mujer Kadiya bint Abubakr Sylla, era la hermana mayor del futuro emperador Songhay ‘Askia’, título de los gobernantes del Imperio songhai o Dinastía Askia de Gao, Muhamad b. Sylla. De este matrimonio entre un descendiente del rey Witiza de Toledo y una mujer de la familia real de Gumbu, nació Mahmud Kati, de quien descienden los Quti del Valle del Níger, y aquí comienza la fascinante historia del fondo Kati. Empezó a formarse con los manuscritos de Ali b. Ziyad al-Quti.
Muchos, lamentablemente, están hoy perdidos o destruidos pero todavía el fondo conserva su Corán copiado por un turco en el año 1423, treinta años antes de la caída de Constantinopla, y su biografía del Profeta comprada en el Tuwar, entre otros. A éstos y otros se añadieron los manuscritos del emperador Askia Muhammad el Grande (1443-1538), hermano de su esposa. Así nació la primera biblioteca del África negra, a 1a que pusieron el nombre Hazanat de los Banu I-Quti.

Ali b. Ziyad murió antes del año 1516; sobre su tumba hay una piedra donde se puede leer: «Esta es la tumba de Ali b. Ziyad al-Maghribi al-Andalusí». Antes de morir pasó unos seis años entre el Maghreb y Al-Andalus. De su tierra volvió de nuevo con manuscritos para su biblioteca.
Su hijo Mahmud Kati estaba en Gao cuando llegó de Fez León el Africano y su tío, mandado como embajador del rey de Marruecos a la corte del emperador Askia. Años más tarde, Mahmud Kati, que hizo su peregrinación con Askia en el año 1497, será nombrado gobernador en el Songhay occidental, ministro de Finanzas y finalmente juez supremo en Tindirma, segunda capital del imperio. Mahmud Kati desplazó a esta última ciudad la biblioteca y la enriqueció considerablemente. En los márgenes de sus manuscritos fue anotando página a página todos los acontecimientos del imperio. Murió en Arkodia, en la región de Mopti, el 27 de septiembre del año 1593.
Dos años antes de su muerte llegó a Gao, capital del imperio Songhay, el ejército de Yuder Pachá, natural de Cuevas de Vera, hoy Cuevas de Almanzora, en Almería, enviado por Al-Mansur, rey de Marruecos, para conquistar el imperio Songhay. Tras librar y ganar la batalla en Tondibí, el 13 de marzo del año 1591 este abigarrado ejército se instaló a lo largo de la Curva del Río Níger, apartando del poder a los Askia y sus familiares entre los que se contaban los Banu al-Quti, cuyo patriarca era entonces Ismael Kati, quien vio cómo en 1612 los Kati abandonaron Tindirma para instalarse en Kirshamba y sus alrededores. Ismael Kati moriría solo y desdichado.
Mahmud Kati II, casado con Miriam bint Muhammad Es-Sahili al-Gharnati, una descendiente del arquitecto granadino Al-Saheli, se estableció en un pueblo de Yennée, la Venecia del Mali, y a su muerte, acaecida en 1648, la biblioteca fue repartida entre sus hijos.
Ibrahim, uno de los hijos de Mahmud Kati II y de Miriam la Granadina, compró todas las fracciones de la biblioteca heredadas por sus hermanos y hermanas, y la instaló en Thié, otro pueblo de Yennée, donde se casó con una nativa, nacida fuera de la cerrada aristocracia.
Este matrimonio poco afortunado acabaría perjudicando a la biblioteca en torno a la cual había transcurrido la vida de los Kati. Ibrahím, hombre adinerado, propietario de muchas tierras y ganados, siguió comprando manuscritos. Pero de poco le sirvió su dedicación. A su muerte, la biblioteca volvió a dispersarse.
El fondo Kati continuó estando disperso hasta que un nieto de Ibrahim, Muhammad Abana, dedicó parte de su vida, el último tercio del siglo XVIII y principios del siglo XIX, a viajar por Gumbu, Gundam, Kirshamba y muchos pueblos desparramados por las orillas del Níger con el fin de visitar a sus familiares y comprarles los libros que tenían en su poder. Compró algunos a cambio de una vaca, otros por camellos, y aún hubo otros que adquirió mediante el pago de reales y otras monedas del siglo XIX.
Muhammad Abana fue historiador, médico y jurista y escribió varios tratados sobre Al-Andalus así como la Rihla, primera traducción y publicación de una obra del fondo, editada por Almuzara y la Fundación Mahmud Kati en el año 2006, un diario que escribió durante su viaje en el que cuenta importantes detalles del exilio de Ali Ben Ziyad, de la biblioteca y del proceso de reunificación de los manuscritos y legajos dispersos desde hacía siglos que llevó a cabo durante su vida.
Se casó con Arkia Ali-Gao b. Mahmud Kati III y mandó todos los manuscritos a Gundam, una aldea cercana a Tombuctú. Jurista, historiador y médico, Muhammad Abana escribió varios tratados sobre al-Andalus, pero vio su vida matrimonial truncada por su suegra y sus cuñados, quienes le recordaban siempre que su abuelo Ibrahim se casó con una mujer de clase baja. Muhammad Abana abandonó la biblioteca y dejó en Gundam a su esposa e hijos. El lugar donde se encuentra su tumba constituye un misterio. Con su muerte, la biblioteca sufrió una nueva dispersión.
A principios del siglo XIX, luego de ingentes esfuerzos, había logrado reunificar la biblioteca, pero la sombra de la intolerancia y del racismo volvía a cernirse sobre la región y la familia se vio forzada nuevamente a tomar una decisión difícil. En efecto, en los primeros años del siglo XIX surgió en el norte del Níger la dictadura de Sheik Amadou, quien instauró un régimen teocrático y represivo que se fue extendiendo progresivamente por el territorio de Mali.

Los hombres de Amadou perseguían a los que no podían acreditar la limpieza de sangre y decomisaban los libros que encontraban a su paso para quemarlos y borrar la memoria de los pueblos del Níger, eliminando de ella cualquier rastro de los infieles. En 1810 se encontraban a las puertas de Gundam, ciudad donde a la sazón vivían los Kati, por lo que el tío de Muhammad Abana, Alí Gao, y su mujer, la culta Arkiya, viendo que sus preciados libros se encontraban en peligro decidieron reunir al clan familiar y dispersar nuevamente la biblioteca que acababan de reunir entre los distintos miembros de su casa. No obstante, los integristas lograron apoderarse de algunos ejemplares de Tarikh al-Fettash y de otros títulos que no habían alcanzado a ser escondidos. Desde este momento los miembros de la familia Kati tomaron la decisión de adoptar el apellido materno con el fin de camuflarse y pasar desapercibidos, lo que explica que los descendientes tengan distintos apellidos, como es el caso de Ismael Diadié Haidara, el último de los Kati, que ha hecho posible rescatar la biblioteca de las arenas del desierto para que pueda llegar hasta nosotros con toda su carga de leyenda y sabiduría.
A pesar de hallarse desaparecida desde 1810 la fama de la biblioteca Kati no se esfumó y fueron muchos los que anhelaron poseer sus libros. Los franceses, que conquistaron la curva del Níger a finales del siglo XIX, se dieron a la búsqueda del fondo desde el primer momento y sobre todo del manuscrito de Tarikh al-Fettash. Nunca pudieron encontrarlos, ya que jamás imaginaron que estaban ocultos en los desvanes de unas humildes casas de barro en los humildes poblados del delta del Níger, donde los descendientes de Ali Ben Ziyad vivían como modestos agricultores y ganaderos.
La familia se mantuvo oculta bajo los apellidos maternos cerca de doscientos años y la existencia de la biblioteca se fue perdiendo en las brumas de la leyenda, de la que sólo podría ser rescatada, como señala Luis Temboury, por alguien que tuviera la formación requerida.
El momento llegó por fin en el siglo XX, de la mano de un bisnieto de Muhammad Abana, Diadié Haidara, quien decidió llevar a cabo la reunificación del corpus, tarea a la que dedicó parte de su vida y que dejó inconclusa cuando la muerte le sorprendió el 18 de diciembre del año 1995. Felix Dubois, periodista de Le Figaro, dedicó en Tombuctou la mysterieuse, publicado en 1897, un capítulo sobre Mahmud Kati, quien desde entonces fue conocido en París y otras zonas del mundo como el sabio Kati.
Los años han pasado y un bisnieto de Muhammad Abana, llamado Diadié Haidara, dedicó su vida a buscar los manuscritos de la familia para unificar la biblioteca. Pero murió el 18 de diciembre del año 1995 sin ver hecho realidad su sueño. Su hijo Ismael pudo, finalmente, hacer lo que sus antepasados, Ibrahim y Muhammad Abana no lograron: unificar el Fondo Kati que Mahmud Kati pidió en su testamento que quedase unificado.
Y esta es la breve historia de los manuscritos en los que vive dormida la memoria de Al-Andalus, en un sueño de pergaminos, vitelas, papeles y tintas que los Banu al-Quti de Tombuctú conservan y recuerdan como su única patria.

