
“Somos una especie en viaje. No tenemos pertenencias, sino equipaje”. (“Movimiento”. Jorge Drexler).
Cuando uno va avanzando, en este camino pantanoso que es la vida, a poco inteligente que cada uno se considere, hay cosas que te van enseñando que todo, en esta vida, es relativo. La relatividad es, quizá, la verdad más absoluta de la absurda existencia humana, este camino sin meta, en el que, aunque lo aprendamos tarde, lo importante no es el final, sino el trayecto.
Es este un viaje que emprendemos sin mapa, sin destino, como el transeúnte que carga sus cosas en un petate; una travesía al pairo, que en la mayoría de ocasiones nos lleva a horizontes hacia los que no habíamos pensado dirigirnos, como la brújula de Jack Sparrow indica un camino aparentemente aleatorio, pero que tiene un sentido, un propósito, aunque lo desconozcamos.
“No es que tenga ganas de irme, no es que tenga nada que hacer. No me espera nadie y no espero que algo tenga que suceder. Pero no puedo quedarme y me asusta esta situación, porque estoy acostumbrado a correr sin dirección”. (“Sin dirección”. Los Secretos).
Y, aunque pueda resultar extraño, espeluznante incluso, es ahora cuando me he dado cuenta de que, muchas veces, son los contramaestres que nos acompañan, la aparente obligatoriedad del destino, ya sea final o intermedio, los que nos hacen poner rumbo a playas equivocadas, a lugares en los que no tenemos nada que hacer y nada pueden aportarnos. Lugares a los que no estamos destinados, o a los que, en realidad, nunca hemos querido llegar.
De aquí deriva la frustración, la incomodidad, el desánimo que, muchas veces, vemos en aquellos que, aparentemente, se encuentran en posiciones de privilegio; aquellos que podría pensarse que han alcanzado una meta envidiable, mientras que otros que se encuentran en situaciones aparentemente más precarias, son más felices y andan por la vida con la sonrisa idiota de quien es, o al menos se siente, feliz.
“Era tan pobre, que no tenía más que dinero”. (“Pobre Cristina”. Joaquín Sabina).
Ya sé que esto es una entelequia, filosofía barata mientras uno tiene que sacar adelante a sus hijos, si los tiene, pagar la hipoteca y llenar la nevera. No digo que podamos caminar por el alambre toda la vida y sería una hipocresía y una falsedad aseverar que esta filosofía es válida para cualquiera o para cualquier momento, pero también es muy cierto que, llegados a un punto, como en el que hoy me encuentro yo, quizá es el momento de recoger los frutos, no de comprar más tierras, sino de vivir de las que ya tienes y que has conseguido con mucho esfuerzo y muchos desvelos. Quizá no se trata tanto de no hacer el camino, sino de entender cuando debes parar.
“Y aunque intenté guardar la ropa, al mismo tiempo que nadar, me he resignado a ir en pelotas, mientras dure el mar”. (“Quédate en Madrid”. Mecano).
Porque, como ya he dicho, lo de elegir tu destino es una falsedad, una ilusión, y del mismo modo que la vida te lleva como hoja al viento, es ella, el hacedor o la arbitrariedad más absoluta la que decide que hasta aquí hemos llegado. Y, mientras no se demuestre lo contrario, el mundo se acaba el día de nuestra muerte. Se acaba el sufrimiento, la incertidumbre, la lucha, pero también se acaba el amor, la felicidad, la belleza, el conocimiento, se acaba todo. Y no hay que posponer objetivos, no hay que dejar nada para mañana, si está en tu mano y es tu deseo, por el mero hecho de que puede que no haya un mañana y que dentro de un minuto todo haya terminado.
“Antes que les den el pésame, a sus deudos entre lágrimas, por su irreparable pérdida y lo archiven bajo una lápida ¿no le gustaría no ir mañana a trabajar y no pedirle a nadie excusas, para jugar al juego que mejor juega y que más le gusta?”. (“ A usted”. Juan Manuel Serrat).
Llámenme cortoplacista, pero yo a esto no lo considero carecer que ambición, sino ambicionar algo mucho más importante que un status o una posición. No renuncio a lo que la lucha nos ha dado, pero la lucha es un medio, nunca debe ser un fin.
¿Vivir para trabajar?, ¿Trabajar para vivir?. La vida es eso que sucede mientras estamos distraídos, mientras luchamos por sobrevivir. No dejen pasar más trenes, este puede ser el último.
“Vámonos muy lejos, a vivir lo que nos queda de besos. Deja atrás la soledad, nadie espera nuestro regreso”. (“Los besos que nos quedan”. Nacho Campillo).
