Abejas de cristal. Por Diego Pardos 

Abejas de cristal.

«El problema de la paulatina sustitución -y dominio- del hombre por la máquina es un asunto fundamental en la obra de Ernst Jünger»

 No leo; escribo tarde, poco y mal. Si una mujer, de más juventud que la mía y más belleza carece de (es decir, disfruta al no tener) redes sociales, no veo por qué uno ha de seguir siendo un muñeco dentro del juego de la cibernética. Por qué tiene que resignarse primero y participar además en este siniestro juego deshumanizador donde la pulsión robótica va venciendo al logos. Sería mejor, entonces, prescindir de la cuenta de X (o mantenerla al mínimo de actividad); hacer un uso razonable de internet. Aunque me temo que lo virtual sólo deja se manifestarse renunciando al soporte material que la ingeniería nos ha proporcionado. 

 

Cuando en casa compramos el primer ordenador (portátil, para que no ocupara sitio, y de color morado, a juego con los nuevos tiempos), de “annus horribilis” califiqué el acontecimiento, sospechando que a partir de la fatídica fecha la adquisición del aparato acarrearía un cambio en el hábito doméstico. Desde entonces la pérdida de tiempo delante de su pantalla ha sido millonaria. Al ordenador se sumó mucho después la compra del esmarfón, arrinconando mi pequeño y ligero Nokia 3310, que es el teléfono del espía James Bond en Sin tiempo para morir y también el de Florentino Pérez. Lo utilizo ahora para escuchar la radio, evitando así la odiosa publicidad y con la ventaja de circular fácilmente por el dial de una a otra emisora. 

Sin tiempo para morir. James Bond

Por culpa de los dichosos aparatos se pasa uno el día enganchado o enchufado a las imágenes que ilustran con rapidez las noticias que nos seleccionan y los mensajes que, subrepticiamente nos van conformando, y cuya emisión decide quien manda en este negocio (político, económico, social) de la comunicación. Atrapado en la red de X, como un drogadicto cibernético, ya no leo, como digo, y escribo tarde, poco y mal. ¿Tendré que hacer como Emilia Landaluce y permanecer inaccesible y casi emboscado? ¿Como José Luis Garci, que no dispone de teléfono portátil? ¿Empiezo ya a detestar la tecnología, como hiciera Fernando Sánchez Dragó en vida? ¿No es acaso ésta la moderna novela de caballerías de nuestra época, mucho más alienante? 

 

He llegado a plantearme, incluso, en abandonar el artículo semanal que generosamente publica y divulga el editor y periodista Manuel Artero: muerto el papel, quizá habría que dar muerte también al columnista. Todas estas renuncias nos llevarían (añadidas al obligatorio abandono de la televisión, ese “invento del Maligno”, como diría José Javier Esparza) a un estado natural, al tiempo pasado que fue mejor. Mejor como la televisión de antaño; mejor, aunque discutible, el tiempo sin televisión. Un tiempo para dedicar a la lectura serena. Y al descanso. 

 

El problema de la paulatina sustitución -y dominio- del hombre por la máquina es un asunto fundamental en la obra de Ernst Jünger. La pequeña novela “Abejas de cristal” introduce una inquietante reflexión que, más allá del escenario o incluso de la metáfora no podría hoy soslayarse a la luz de la llamada “inteligencia artificial”. Combatiente en la Gran Guerra Europea, el sabio alemán fue testigo de la transición entre la guerra del hombre y del caballo y la barbarie de las máquinas, de los carros de combate y las armas químicas. Donde antiguamente la muerte era (incluso en la guerra) una consecuencia terrible de un pequeño orden, su mundo moderno con el estallido científico del siglo XX, convirtió en matadero el feliz solar del mundo occidental. ¿Tecnología? ¿Progreso? Sí, pero… ¿a qué precio? 

 

Cuando antes era posible acercarse a un quiosco y comprar el diario o la revista, ahora tiene uno la sensación de perder el dinero ojeando columnas pomposas y crónicas insulsas, a menudo mal redactadas. Menos mal que siempre nos quedará el ¡Hola! para ver a la princesa de Gales y a Melania de Trump esplendorosas y ajenas a las nuevas tendencias de la acuciante tecnología cibernética. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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