
«Recordamos hoy los españoles olvidados en los ataques a las costas inglesas. Desde Tovar a la Paz de Londres de 1604. Cada cosa en su sitio»
Si pensamos en la toma de Inglaterra nuestra mente se moverá a recordar la Gran Armada de Felipe II y en ningún caso pensaríamos en el siglo XIV y menos en el XVIII.
La más incomprensible de las tergiversaciones empleadas por la historiografía británica relacionada con el desastre de la Armada Española de 1588, es que este episodio es referido por historiadores anglosajones como un ejemplo brillante de perseverancia y tenacidad de su gran tradición defensiva que ha impedido, desde la invasión normanda del siglo XI, el desembarco en ese país insular de cualquier fuerza hostil por poderosa que fuera. Nada más lejano a la realidad.
En realidad se oculta que tropas españolas atacaron localidades inglesas en numerosas ocasiones, tanto antes como después del episodio de la bautizada como Felicísima Armada y mal llamada “Armada Invencible”, si bien estos hechos son total e intencionadamente omitidos en la historiografía por un falso orgullo nacionalista inglés que no acepta la realidad.
Recordemos que durante la Guerra de los Cien Años, el almirante castellano Fernando Sánchez de Tovar asoló las costas inglesas durante seis años, de 1374 a 1380, saqueando múltiples localidades como Southampton, Plymouth, Portsmouth, Dartmouth, o Poole, entre otras, y llegando a incendiar, tras remontar el Támesis, la localidad de Gravesend, a la vista de Londres, todo ellos con idea de proteger los barcos comerciales españoles que eran continuamente atacados.

Pero Niño, hermano de leche de Enrique III, cuya vida de guerra y amores buen podría rienda suelta a algún guionista español, ataca en 1405 la península de Cornwall, asolando la Isla de Portland y saqueando Poole, señorío del corsario Harry Pay.
Niño tuvo especial empeño en devolverle los golpes en su propio terreno y hacerle purgar el saqueo de Gijón y el robo del Cristo de Santa María de Finisterre así como sus ataques a los barcos castellanos que comerciaban con Flandes.

La Armada Invencible
En agosto de 1588 los planes españoles de invasión de Inglaterra se hicieron efectivos pero las condiciones climatológicas adversas y los enfrentamientos con la flota inglesa provocaron la pérdida o la captura de la mitad de las naves españolas.
Desgraciadamente antes de la partida había muerto de unas fiebres tifoideas el invicto Pedro Menéndez de Avilés, Adelantado de la Florida, quien había sido inicialmente designado jefe de la fuerza.
1589 en cambio es el año de la invencible inglesa o Contraarmada. Las fuerzas inglesas bajo el mando de Francis Drake y John Norreys atacaron La Coruña, siendo rechazadas y donde María Pita se distinguió en la defensa. Siguieron hacia Lisboa, donde fracasaron en su intento de provocar un levantamiento. En la defensa de Lisboa Martín de Padilla se hizo a la mar con sus naves, consiguiendo tras duro combate echar a pique a cuatro naves enemigas.
El fracaso de la Contraarmada inglesa causó grandes pérdidas financieras en el tesoro isabelino, lo cual permitió a Felipe II reconstruir la flota española del Atlántico, que volvió rápidamente a ganar la supremacía.
Las hostilidades se continuaron en una lucha por la supremacía marítima en el Atlántico. Drake y Hawkins embistieron contra la América Española (1595-1596) siendo atacados diversos asentamientos españoles en el Caribe, siendo previamente derrotados en Las Palmas de Gran Canaria y posteriormente en sucesivos enfrentamientos frente a fuerzas españolas muy inferiores en número en diferentes puntos del Caribe donde las defensas españolas se adelantaron a los atacantes, sufriendo los ingleses grandes pérdidas, incluyendo la muerte de ambos piratas.
Dentro de los últimos episodios de la guerra cabe recordar la acción de Carlos de Amésquita, enviado por el magistral maestre de campo Juan del Águila, quien desembarcó en Cornwall, al oeste de Inglaterra, huyendo sin mayor problema de una flota enviada para destruirlos.
En julio de 1595, Amésquita cruza el canal mando de 400 arcabuceros de los tercios y algunos piqueros en cuatro galeras desembarcando con sus hombres en la Bahía de Mounts el 2 de agosto para aprovisionarse. Las milicias inglesas que aglutinaban a varios miles de hombres, y piedra angular de la defensa inglesa en caso de invasión de tropas españolas, arrojaron las armas y huyeron presas del pánico. Los españoles tomaron todo lo que necesitaban y quemaron varias localidades en Cornwall como Mousehole, Paul, Newlyn, Penzance y varias poblaciones de los alrededores, batiendo a unos 1.000 enemigos y tomándoles artillería y algunas embarcaciones. Al final del día, celebraron como desagravio una tradicional misa católica en suelo inglés.
A la vista de la fragilidad de la costa inglesa, se organiza en 1597 una nueva expedición de castigo con el objetivo de atacar el puerto galés de Falmouth, pero el mal tiempo les haría imposible alcanzar su objetivo regresando con algunas pérdidas.
El 19 de octubre de 1597, parte la flota desde Ferrol con Martín de Padilla como Capitán General y Diego Brochero como almirante, con 160 buques y 8.634 hombres de desembarco, pero de nuevo al estar en aguas del golfo de Vizcaya, los vientos huracanados levantaron la mar con tal virulencia que se fueron a pique dieciséis naves con todos sus hombres y bagajes, otras empujadas hasta Holanda, mientras que el resto fueron arrastradas hasta las costas españolas del mar Cantábrico, desde las de Galicia hasta las de Vizcaya. Muchas se fueron a pique y a otras les fue más favorable y consiguieron entrar en algún puerto, lo que les evitó perderse y con ellas el total de la nueva Armada.
El lugar elegido para el desembarco era Falmouth, una vez desechado Newhaven. Algunas naves llegaron a la zona objetivo desembarcando en las islas Scilly donde pasaron a fortificarse a la espera de refuerzos que no llegaron, hasta que cansados de esperar, y sin ser atacados tampoco, regresaron a España perdiéndose aproximadamente en total unos cuarenta buques contra los elementos.
Tras la vuelta a Inglaterra de la flota inglesa, que se encontraba merodeando las Azores y que había partido hacía tiempo para tratar de capturar las naves españolas de la flota de Indias, fracasando una vez más, se abrió una investigación por haber dejado indefensa la costa inglesa y poniendo a la capital en serio peligro. Fueron numerosas las acusaciones de traición abriéndose un juicio contra algunos mandos acusados de estar a sueldo del rey de España.
Con el Tratado de Londres se abriría un período de paz que alcanzaría hasta 1624. Tras la muerte de Isabel I en 1603, su sucesor Jacobo I de Inglaterra firmó en 1604 el tratado de Londres con Felipe III, mediante el cual ambos países acordaban el fin de la guerra.
El resultado para España fue mucho más positivo. Fue la principal potencia europea en el siglo XVII, hasta que las derrotas contra Francia en la Guerra de los Treinta Años y el ascenso del poderío naval holandés acabaron reduciéndola a una potencia más.
El proyecto de invadir Inglaterra no terminó con el fracaso de las Armadas de 1588 y 1597, quedó latente en espera de mejor ocasión en las ascuas ocultas bajo las cenizas de la paz de 1604, y al mantenimiento de ese fuego interesado contribuyeron en gran manera los exiliados católicos ingleses y escoceses en España.
El último intento se llevaría a cabo en la primavera verano de 1719 y los elementos darían al traste con él, sólo llegaría a Escocia una pequeña fuerza de distracción mandada por el Coronel Pedro de Castro y Bolaño que finalmente sería derrotada y posteriormente devuelta a España. (ver artículo sobre la Batalla del Glenshiel).
Dicho todo esto sin ánimo de revancha y con la sincera admiración por un país europeo amigo con el que formamos una sólida coalición pero dejando clara la historia, sus hechos y en el ánimo permanente de que el territorio español de Gibraltar regrese a las manos que nunca debió de abandonar, las españolas.

