Las Vestales, modelos de virtud y disciplina. Por Susana del Pino

En el Templo de Vesta, Constantino Hölscher (1861-1921).

«Fueron más que sacerdotisas, las vestales fueron el alma de Roma. Dejaron una huella imborrable que ha inspirado a pintores a lo largo de la historia»

Los orígenes del culto a la diosa Vesta en la antigua Roma tiene profundas raíces, que, al igual que otras muchas tradiciones, fue asimilada de la floreciente civilización etrusca, que precedió a Roma en la península itálica y que adoraba a deidades asociadas al fuego y al hogar. Numa Pompilio, segundo rey de Roma, instauró este culto en el siglo VIII a. C. y fundó la Casa de las Vestales.

Vesta, hija de Saturno y Ops y hermana de Júpiter, Neptuno y Juno, se mantuvo virgen rechazando el matrimonio para dedicarse a la protección del hogar, centrándose en el culto al fuego, que además de ser fuente de luz y calor era el centro de la vida doméstica y religiosa en la antigüedad.

Su culto estaba profundamente arraigado en la vida romana ya que simbolizaba la continuidad, la estabilidad y la unidad. Su presencia constante, serena y cercana proporcionaba prosperidad, armonía y entendimiento, representando el bienestar del Estado.

Las vírgenes vestales, guardianas del fuego sagrado.

Las vestales, encargadas de mantener el fuego sagrado siempre encendido, eran mujeres con gran devoción religiosa, que asumieron un gran sacrificio personal y a la vez tenían el papel de representar un papel esencial en la sociedad romana.

Para seleccionar a estas mujeres, consideradas privilegiadas en la sociedad romana, se seguía un proceso riguroso y cargado de solemnidad. Las candidatas eran niñas de entre seis y diez años, pertenecientes a familias patricias en un principio, aunque más tarde también podían provenir de familias plebeyas, siempre honradas, con excelentes condiciones físicas y mentales y que sus padres estuvieran vivos y vivieran en la península itálica. La elección era supervisada por el Pontifix Maximus  en una ceremonia solemne llamada Captio donde se procedía a la consagración a la diosa en la que con la frase “Te sum, amata(Te tomo, amada) las ya vestales eran conducidas a su nueva morada.

Ceremonia llamada Captio, para convertirse en vestal.

El Atrium Vestae (Casa de las Vestales) situado junto al Templo de Vesta en el Foro Romano era un lugar sagrado donde las vestales vivían y desempeñaban sus deberes en un entorno sencillo pero hermoso, con bellos jardines donde la paz y la tranquilidad propiciaba un ambiente que conectaba con la divinidad. 

En un principio se inauguró con cuatro sacerdotisas, número que posteriormente se incrementó a seis. Era un espacio con grandes estancias, entre ellas un espacio reservado para albergar objetos sagrados, entre ellos el Palladium, una estatua en madera de Palas Atenea. La Casa de las Vestales no era tan solo su hogar, simbolizaba la pureza y el sacrificio y dedicación de estas mujeres que contribuían al bienestar ya la eternidad de la Gran Urbe.  

Casa de las Vestales, Roma

Su servicio duraría treinta años, de ellos los diez primeros los dedicaban al estudio y a aprender como cumplir las tareas que debían desempeñar en el templo, lo siguientes diez años los dedicaban a cuidar del fuego sagrado, la tarea más importante ya que su extinción se consideraba un mal presagio, a organizar acontecimientos importantes en los que participaban como la Vestalia, o cuidar documentos estatales y cartas de suma importancia, ya que uno de los votos que tomaban era el de confianza, el cual nunca romperían, finalmente, los últimos diez años se ocuparían de instruir a las jóvenes. Tras este periodo, las vestales podían elegir reintegrarse en la sociedad o continuar con los votos; la condición de vestal les otorgaba muchos privilegios por lo que muchas de ellas continuarían con el sacerdocio, continuando con un estatus muy favorable.

Su vida diaria se regía por normas muy estrictas, comenzando con rituales de adoración a la diosa Vesta, la preparación de la mola salsa, con harina, sal y agua que se consagraba y se utilizaba en muchos actos religiosos en toda la ciudad y para cuidar el fuego sagrado se turnaban para asegurarse de que no se apagara, ardiendo con madera de gran calidad.

Vestales ante La Atrium Vestae.

Además de las tareas domésticas, las vírgenes romanas se ocupaban de organizar diversas celebraciones religiosas como la Vestalia, en verano, a la que acudían mujeres para ofrecer alimentos y sus oraciones o la Parilia y la Fordicidia, relacionadas con la fertilidad y el culto a los dioses de la agricultura.

Las Vestales debían tener un comportamiento impecable, tanto en su comportamiento como en la forma de realizar sus tareas, en las relaciones sociales y en su imagen personal, no cumplir estas normas, incluso en actitud y apariencia, podía ser motivo de castigo. Eran mujeres independientes, con privilegios que les permitían administrar sus bienes, redactar testamentos o hacer cualquier operación económica, tenían a su vez un gran peso en los procesos judiciales. Tenían un lugar privilegiado en los juegos y en cualquier celebración.

Sin embargo, aunque gozaban de privilegios, también debían cumplir normas, con gran sacrificio algunas, cuyo incumplimiento les acarrearía graves castigos. La regla más estricta era la castidad, que debían cumplir los treinta años de servicio como vestal; la castidad de estas mujeres estaba asociada a la propia estabilidad en Roma, por lo que incumplir esta norma significaba una amenaza.

Vestal, Museo de Villa Torlonia, situado en Vía Nomentana, Roma.

El castigo que se imponía tras romper el voto de castidad era tremendo y despiadado, ya que la vestal que se consideraba culpable era enterrada viva en un sótano subterráneo donde se le daba un poco de comida y agua; esto se hacía para eximir de la culpa directa de su muerte al pueblo romano, este proceso se llevaba a cabo una ceremonia en el Campus Sceleratus. El hombre con el que había mantenido relaciones, si podía ser capturado también era condenado a morir por flagelación. Julio César (100 a. C.-44 a. C.) tuvo una estrecha relación con las vestales, llegando a salvar su vida en cierta ocasión gracias a la intervención de ellas.

Otro de los delitos que se consideraban graves era que el fuego sagrado se apagara, lo que se consideraba como un mal augurio para el futuro de la Gran Urbe. Hay textos de Plutarco, entre algún otro autor que recoge algunos castigos a las vestales, aunque en realidad no fueron muchos y algunos de estos implicaban connotaciones políticas.

El culto a la diosa Vesta y las vestales perduraron en Roma más de un milenio, desde los inicios de la fundación de Roma hasta la Caída del Imperio de Occidente. Con la llegada del cristianismo y la proclamación de religión oficial del Imperio en el siglo IV, el culto a Vesta fue desapareciendo y en el año 391 el emperador Teodosio ordenó la disolución del colegio de las Vestales y la extinción del fuego sagrado, poniendo fin a una larga tradición en Roma que había dado identidad a la sociedad de una de las civilizaciones más poderosas de nuestra historia. Coelia Concordia fue la última Vestalis Máxima de la historia en el año 394.

Virgen vestales en el Coliseo, Louis Héctor Leroux (1829- 1900).

Las Vestales, no solo fueron testigos de grandes acontecimientos en Roma, sino que participaron y tuvieron un papel decisivo en determinados momentos de la historia, desde el enfrentamiento de Roma y Cartago en las Guerras Púnicas, la ascensión de emperadores, hasta la llegada de la nueva religión que cambió el rumbo del imponente Imperio.

Pilares fundamentales de la sociedad romana, encarnaron valores como la pureza, la devoción, el sacrificio, la belleza o la disciplina, considerados para los romanos fundamentales para salvaguardar la integridad de Roma y su relevancia en el mundo.

Fueron más que sacerdotisas, las vestales fueron el alma de Roma. Dejaron una huella imborrable que ha inspirado a pintores a lo largo de la historia, que en definitiva nos recuerda la importancia de la tradición y la fe.

                                                                         

Málaga, 2025

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

Artículos recomendados

Deja un comentario