
«El humor napolitano ha hecho imprimir en papel higiénico las caras de famosos gobernantes, entre ellos Pedro Sánchez y la propia Meloni»
Me parece raro escribir una columna sobre los cruceros, porque nunca me he embarcado en ninguno de ellos, ni siquiera en una cutre flotilla fachosa por el estanque del Retiro. Creo que mis más largos trayectos han sido a bordo de un ferri entre Jávea y Denia y de unos patinetes de pedales también en la costa valenciana. Pero hete aquí que mi primo José Luis me envía una foto desde Nápoles donde ha hecho escala y resulta ser de un puesto callejero que se dedica a la venta de papel higiénico. El humor napolitano (un humor un tanto escatológico en este caso) ha hecho imprimir en dicho papel las caras de famosos gobernantes, entre ellos Pedro Sánchez y la propia Meloni. Yo no sería capaz, por un mínimo pudor, de colgar en el portarrollos de mi váter semejante mercancía desechable, pero no me extrañaría que mi primo vuelva a España cargado con el tan necesario producto. Movido (con perdón) por tan curiosa sugestión escribo este artículo marítimo.
El mar era un ideal televisivo en la infancia. Para mí la acumulación de unos pocos litros de agua en las balsas del pueblo (que hacían las delicias de ranas y renacuajos), en el pantano o la laguna eran lo más parecido a los océanos que inspeccionaba (inspección que seguíamos con asombro) el comandante Cousteau. El lavadero del pueblo, donde las mujeres de edad se arrodillaban para dejar blanca la ropa, era una posibilidad para fletar unas embarcaciones confeccionadas con juncos o excepcionalmente algún velero de juguete adquirido uno no sabe en qué tómbola, que terminaba fatal y escorado hasta su final hundimiento. De modo que el furor marinero había de venir de alguna novela de aventuras como La Isla del Tesoro, o las películas de piratas de Televisión Española. Claro que las series también contribuían al sueño oceánico. Vacaciones en el mar sin ir más lejos, nos hacía desear esas andanzas de lujo surcando las aguas, con aquellos caballeros tan elegantes de la tripulación, de blancas camisas y pantalones planchados (no como los diputados españoles, que van hechos una pena); con esas señoras tan rubias y tan guapas paseando por cubierta sin otra faena que beber champán a media tarde y sin el incordio del guasap y el tuíter modernos.
En la parte opuesta de los cruceros descubrimos la costa de Málaga, que ya acusaba los efectos del turismo, pero gozaba del encanto de esa España feliz y un tanto infeliz también que luego dejó de serlo. Me refiero a Verano azul, cuyo barco de Chanquete, varado en la orilla era, como digo, esa parte opuesta a los grandes buques del ocio y la diversión y como una metáfora del hombre libre que nada más necesita lo que tiene y lo que es y en ello empeña su vida. ¿Han visto ustedes la película Un tipo genial? ¿No trata el mismo o parecido tema? ¿No hay una similitud entre uno y otro solitario que sólo se conforma con el rumor del mar y el brillo de las estrellas? Tiene el encantador filme de Bill Forsyth la música de Mark Knopfler como fondo de este Local Hero.
Volviendo al tema este de las otras flotillas quiero decir que no me ha movido un especial deseo de embarcarme en un crucero de esos, pero confieso que no tengo inconveniente en hacer la prueba y estaría incluso dispuesto a fregar los salinos suelos castigados por el sol con tal de vivir esa experiencia (eso sí, sin hacer escala en Nápoles, por respeto a doña Georgia y a uno mismo). Hoy todo es posible. Todo, menos hallar a Deborah Kerr apoyada en la borda de un trasatlántico con la mirada perdida, a punto de conocer a Cary Grant.
También en los tebeos de Don Miki recuerdo haber leído alguna historieta donde salían esos barcos llenos de gente, lo que me hace sospechar que las más pudientes navieras americanas patrocinaban estos dibujos de Disney, antes de que la ideología woke infectara el inventado mundo infantil de míster Walt. Y puestos a fantasear, a ver si consigo a precio de ganga mi anhelada casa en Galapagar con su piscina japonesa y tal, y así poder jugar allí a hundir la flotilla, tan cerca de Cuelgamuros y El Pardo. Porque bien podemos decir en este “Año de Franco” que el padre del Caudillo fue marino, intendente general de la Armada, además de hombre libertino y pájaro de cuenta (y no señalo a nadie), según se aprecia en sus biografías. ¡Ay si don Nicolás hubiera conocido los placeres de los modernos cruceros!

