
No me refiero a la que nos pedían para realizar el servicio militar
Aun recuerdo con nostalgia aquel día que nos pusieron en cola a los “quintos” de mi época para comprobar si “dábamos la talla”. Si no me equivoco, el mínimo estaba en ciento cincuenta centímetros. Por allí pasamos todos los jóvenes hasta el año 2001 en que se suprimió la mili; posteriormente, con frecuencia tuvimos que dar la talla ante las adversidades de la vida, que superamos casi siempre, no sin esfuerzo.
Como ya no existe dicha mili, donde era preceptivo, en estos tiempos se nos exige “dar la talla” para muchas cosas. Desde la más tierna infancia nos movemos en el mundo de la competividad y la superación de metas cada vez más difíciles.
Nos encontramos con una etapa de formación llena de pruebas y exámenes, de barreras y controles. De los tres a los veinticinco años la vida está llena de momentos en los que tenemos que dar la talla si no nos queremos convertir en “ninis”. Posteriormente, en el campo profesional y laboral, nos enfrentamos a una jungla llena de obstáculos que debemos superar, una vez tras otra, dando la talla. Si quieres ser alguien en tu entorno, tienes que demostrar a diario tu capacidad intelectual y laboral, tu honradez y coherencia, tu vida familiar intachable, etc.
Pero, oh milagro, hay un segmento de la población a la que no se le exige “dar la talla”. Se trata de una buena parte de los políticos, que se permiten mentir como bellacos, decir una cosa y la contraria, no haber desarrollado ninguna experiencia laboral, expedientes académicos inventados, títulos académicos de mercadillo, tener una vida disoluta y apropiarse de los bienes ajenos sin ningún recato.
Ellos, que deberían ser ejemplo para todos, se mueven en el campo de la zafiedad y las malas maneras, el insulto, la mentira y la descalificación innecesarios. Sus trifulcas en el Parlamento y ante las cámaras, con las que nos deleitan a diario, son la escuela de convivencia para el futuro con la que nos topamos.
La buena noticia de hoy me la transmiten esos españolitos de a pie que nos estamos dando cuenta del sistema, que sabemos leer entre líneas y que, en “petit comité”, analizamos la situación con buen criterio. Lo penoso es que estas buenas intenciones no las llevamos a la práctica a la hora de votar. Hasta que llegue un momento en que se nos hinchen las narices y decidamos romper la baraja.
Paso vergüenza ajena escuchando las intervenciones en el Congreso; las ruedas de prensa -sin preguntas- posteriores; los análisis interesados de aquellos periodistas de bufanda que pululan por las televisiones; el recochineo en los errores del contrario sin intentar solucionar los propios. Para colmo, la presencia de nuevos “temas”, sacados uno a uno y a conveniencia, nos hace olvidar el anterior, que duerme en la noche de los tiempos.
La buena noticia está en que volveremos a ir a las urnas –cuando los jerifaltes lo decidan- y votar en blanco, o al que menos rechazo nos produzca. A eso nos han conducido los mentores de nuestra sociedad.
En estos días he sentido vergüenza ajena al contemplar la catadura de los pseudo candidatos al Premio Nobel de la Paz. No me ha parecido demasiado mal la elegida, la señora Corina Machado. Creo que da la talla. Aunque no sé si se lo han dado por merecimientos propios o por chinchar a sus oponentes. Me he permitido revisar la historia de los distinguidos a lo largo de los años y me he encontrado con muchas sorpresas. Ha dependido de los “vientos” que corrían en su día. Por cierto, ningún español. No tenemos la suficiente fuerza en la política mundial.
Concluyendo. Por desgracia cada día más nos encontramos con dirigentes que no dan la talla. Perdón, sí dan la talla como ignorantes, zafios y bravucones. El Señor Nobel tampoco dio la talla en su época. Podía haber dedicado su talento a inventar algo mejor que los explosivos.
