
«El Lacus Ligustino se convirtió en marisma. Las grandes naves ya no podían pasar. El mar se retiró, dejando atrás un paisaje herido y melancólico»
Estoy oculto. Agazapado entre las ramas secas y las hojas verdes y duras del matorral, mi escondite es el de un vigía del tiempo. El sol de la mañana, aquel que se filtra entre las enredaderas de un árbol anciano, calienta la tierra seca que se extiende ante mí. Es una dehesa, sí. Polvo, pastos secos, silencio. Pero este silencio miente.
Desde aquí, a través de la maraña de ramas que enmarcan mi visión —como el vano de una ventana olvidada—, mis ojos no ven un campo. Ven un lecho marino.
Este polvo bajo mis pies no es tierra; es limo. Es el sedimento paciente de milenios, el polvo de conchas y el descanso final de las ánforas rotas. Donde ahora cruje la hojarasca, una vez se deslizó la quilla. Donde el viento peina los cardos secos, una vez la ola rompió en espuma salada.

Elevo la vista hacia el horizonte. Allí, como fantasmas de un verde oscuro y solemne, se alza la franja de eucaliptos. Hoy son los guardianes de un límite terrestre, pero mi corazón sabe la verdad: esa línea no es el fin de la tierra. Es la cicatriz del mar.
Esa es la «puerta de mar».
Cierro los ojos y el viento, ese eterno narrador, deja de oler a jara y a polvo. Ahora huele a salitre, a brea y a especias lejanas. El susurro de las hojas se convierte en el batir de las velas cuadradas.

Ahí vienen. Los veo.
Primero, los señores de la tierra, los hijos del estaño y la plata. Los tartesios. Sus naves, robustas y orgullosas, emergen del horizonte, del Lacus Ligustino, con las bodegas repletas de los tesoros arrancados a la sierra. Sus reyes, como el mítico Argantonio, miran desde popa cómo la gran lámina de agua les guía hacia el interior, hacia la opulenta Spal, mucho antes de que se soñara con Roma. El agua es su camino, su riqueza y su mundo.
Y tras ellos, más audaces, más lejanos, llegan los hombres de púrpura. Los fenicios. Partieron de Tiro y Sidón, dejando atrás el Levante para abrazar lo desconocido. Sus barcos, con ese ojo pintado en la proa que todo lo ve, no buscan un hogar, sino un mercado. Entran por esa misma «puerta de mar» que ahora marcan los eucaliptos, con el sol poniente a sus espaldas, asombrados por la vastedad de este estuario que se adentra en las entrañas de la tierra más rica que jamás conocieron.
Traen vidrio de oriente, marfiles y perfumes; y se llevan la plata que hará brillar sus templos y la vida que alimentará su imperio comercial.
El estuario bulle. Es un hervidero de lenguas, un cruce de caminos líquidos. El agua que hoy apenas sobrevive en las marismas de Doñana era entonces una autopista de civilizaciones, un espejo donde se miraban reyes de plata y comerciantes de púrpura.
Pero el tiempo, como el propio río, es un obrero incansable.

El río Betis, siglo a siglo, trajo más limo que el mar pudo limpiar. La tierra, en una conquista lenta e inexorable, empezó a ganarle la batalla al agua. El gran lago comenzó a ahogarse en su propia fecundidad. La «puerta de mar» se hizo más estrecha. Las orillas avanzaron, como una marea de barro que nunca retrocedía.
El Lacus Ligustino se convirtió en marisma. Las grandes naves ya no podían pasar. El puerto de Sevilla se alejó del océano. El mar se retiró, dejando atrás un paisaje herido, melancólico, preñado de una memoria húmeda.
Hoy, desde mi escondite en el matorral, soy testigo de esa ausencia. La tierra que piso es el fantasma del agua. Y esa línea de eucaliptos en la lejanía no es solo una arboleda; es el epitafio de un océano. Son los centinelas modernos que montan guardia en la costa de un mar que ya solo existe en el viento, en el polvo y en la nostalgia de quienes, como yo, aún saben mirar a través de las ramas para ver las velas.

