
“No bebo alcohol, no me gusta. Me hace sentir bien”. (Oscar Levant).
Un día te despiertas y te das cuenta de que ya has cumplido 55 años. Dicho así, no parece relevante, pero cuando te asalta este pensamiento, en la neblina mental del despertar, cuando tu consciente acaba de activarse tras otra noche de sueños extraños y alterados, es una noticia de primera plana; una especie de alerta que te obliga, por muy procrastinador que seas, a hacer una reflexión. No es necesario hacer una reflexión profunda, pero un pensamiento así, sin duda, te sitúa ante una realidad impactante, como si te hubieras despertado al borde del Gran Cañón de Colorado o ante un cartel publicitario que te anuncia que la cosa se acaba.
Sí, se acaba. Ahora mismo, piénsenlo, estoy, estamos muchos, en esa edad en que la muerte puede llamar a tu puerta con total normalidad, en cualquier momento. Por hacer un símil futbolístico, si a mí me gustase el fútbol, yo diría que estamos en el minuto ochenta del partido, siendo generoso. Ahora, la verdad, solo queda desear que el partido sea del Barcelona y vaya perdiendo, a ver si el árbitro nos regala quince minutos de añadido.
Seamos honestos. A los 55 años, hace ya mucho tiempo que doblé la servilleta. Ya no me queda ese consuelo que podía tener a los cuarenta sobre que me podía quedar, fácil, media vida. No espero vivir 110 años, la verdad. Si lo pienso bien, tampoco me apetece. No puedo pensar en pasarme cuarenta años siendo anciano, aunque ahora los cincuenta sean los nuevos cuarenta, no creo que sea un incentivo que los noventa sean los nuevos ochenta. He visto demasiadas cosas en personas de esa edad que no desearía que me ocurriesen a mí.
Esto, por supuesto, no quiere decir que me quiera morir pronto, aunque aquí da lo mismo lo que uno quiera. Solo que me gustaría no declinar físicamente, vivir en una buena condición física el resto de mis días. En ese camino, en ese objetivo ambicioso, voy tomando medidas de todo tipo, siguiendo la metodología, tan española por otro lado, del ensayo-error. He probado el ayuno intermitente, caminar siete kilómetros al día, desayunar un café solo sin azúcar, la ayuda química en muchas de sus variantes y, como estoy haciendo ahora, ir al gimnasio a diario. Esto último, si bien es verdad que no me va a ayudar a vivir más, por lo menos si me ayuda a vivir más tranquilo; en un país que no permite la venta de armas, estoy echando unos brazos que disuaden bastante de meterse conmigo. Es un consuelo.
Pero de todas estas medidas, tan sacrificadas como inútiles, la peor de las decisiones fue dejar el alcohol. Sí, es cierto, el alcohol engorda, pero también engordan los chuletones, las hamburguesas, el azúcar, la harina, las grasas saturadas y hasta la fructosa. Pero todas estas no te hacen sentir mejor. El alcohol, sin embargo, te sitúa en otro plano. Te hace salir, te abre la puerta cuando más necesitas huir, no de los otros, sino de ti mismo, cuando ya no te aguantas.
Miren ustedes, todos necesitamos este tipo de evasión, en ciertas ocasiones. Y no es menos cierto que existen otras alternativas, más místicas, mas espirituales, pero no olvidemos que las bebidas alcohólicas se denominan bebidas espirituosas, no por el efecto físico, sino por el espiritual. Aunque es cierto que, como en todo, el exceso es claramente nocivo, pero también es verdad que el defecto tampoco favorece tanto como cabría pensar. Si no, reflexionen. Piensen en aquellas personas que conocen que no beben alcohol. Ahora, piensen si las vidas de estas personas son mejores que la suya. Yo, particularmente, encuentro muchas carencias en las personas que conozco y no deben. Más aún en las que consideran que no beber les hace virtuosos, como si mientras los demás bebemos, ellos levitasen como Santa Teresa.
De cualquier modo, no es mi intención hacer aquí apología de la borrachera. Yo he estado borracho en innumerables ocasiones y hay cosas que he hecho bajo los efectos del alcohol de las que no puedo estar orgulloso, pero la culpa no ha sido nunca del alcohol, ha sido mía, por hacer un uso indebido de una herramienta útil. También un martillo puede ser usado para golpear la cabeza de alguien, pero eso no quiere decir que haya que dejar de fabricar martillos. No soy uno de esos tipos que se escudan en escusas para justificar sus errores. Yo mis errores los cometo con todas las consecuencias y suelo ser capaz de asumirlas, pero hay que distinguir cuando una cosa es objetivamente nociva y cuando somos nosotros los que la convertimos en nociva.
Por unificar temáticas y hacer que toda esta reflexión absurda de viernes por la mañana llegue a alguna conclusión, si lo que quieren es alargar su tiempo, dejen las grasas, el azúcar, la harina, pero sobre todo dejen el alcohol. Igual van a vivir los mismos años, pero se les van a hacer mucho más largos.
“El alcohol no consuela, no llena ningún vacío psicológico. No conforta al hombre. Por el contrario, acrecienta su locura y lo transporta a las regiones supremas donde es dueño de su destino”. (Marguerite Duras).

