
«Confieso mi ignorancia sobre los orígenes de este evento primaveral, donde todo el mundo celebra la fiesta de la lectura sin leer, como quien festeja la feria de la democracia ocultando una urna»
No sé de dónde viene esa combinación de regalar una rosa con un libro el día de San Jorge, patrón de Aragón. Ignoro, por tanto, si la costumbre de la noble flor (o del clavel español) es importada de Barcelona, donde el Partit dels Socialistes y de les Socialistes de Catalunya, vulgo PSC, celebra también, sólo que en otra fecha, su Día de la Rosa. Tratándose de una organización obrera y proletaria algo me suena que son más de repartir claveles, y porque no se diga entre los numerosos andaluces de la región, pues sospecho que las rosas se reservan para adornar y perfumar los despachos y las casas de las buenas familias catalanas. Digo todo esto sin mucho conocimiento pues ya me niego a buscar el dato en el «guguel» o en la llamada pretenciosamente “Inteligencia Artificial”.
María Durán, que es una periodista con la que no pienso enfadarme nunca a pesar de que voy a verter agrias consideraciones sobre sus próximas columnas (con la esperable espiral acción/reacción), ha escrito hace poco en X: “Si alguno estáis dudando entre regalarme flores o libros, mejor libros. Por favor”. Yo no estoy de acuerdo con la Gil-Casares. Si cada 23 de abril se monta esta feria del mercantilismo editorial aprovechando que es la fecha en que murió o fue enterrado nuestro señor don Miguel de Cervantes, y que a su hijo más célebre, esto es don Quijote, se le secó el seso de tanto leer y cavilar sobre los tratados de caballerías, quien esto escribe prefiere que llegado el caso doña Mary le regale unas hortensias, que yo ya corresponderé con un lote de libros, a poder ser de David Uclés o Irene Lozano. Para que se entere. ¿O es que acaso María Durán prefiere el “Manual de Resistencia” al ramo floral? ¿Agradece más la coz y el empujón que el piropo y la flor?
Sobre estos y otros asuntos estaba reflexionando yo el miércoles en la salita del dentista, algo desanimado a pesar de no ser el paciente y de confiar en el buen oficio de la odontóloga. Por ejemplo en mi observación de que la mala costumbre del “hilo musical” no había pasado de moda, pero que sin embargo se había perdido, como en las peluquerías, el placer de hojear el Hola o el Semana mientras uno espera la inyección de anestesia, que en el caso de los literatos y más en el Día del Libro sería más bien inyección de sinestesia. Y en el profundo olor cargante de algún difusor de específico emulsionado que hace que la consulta del antaño estomatólogo ya no huela a clínica sino a boutique del Zara o del Scalpers.
Pasé el jueves en casa, dedicado a mis asuntos (aspirador incluido) no lamentando en absoluto mi ausencia en esta jornada de feria y barullo. Cualquier día es bueno para comprar un libro y total, ningún autor llamaba mi atención como para estrechar su mano y solicitar su autógrafo. Yo, que había leído de José Antonio Martín Otín “La desesperación del té” y “El hombre al que Kipling dijo sí” tenía ilusión en conocer a este gran escritor, echado a perder por los vicios del fúrgol, ahora que Petón ahonda con su nuevo libro en la vida y muerte de José Antonio. Pero estas estrellas discretas de lo literario huyen de las multitudes y a uno le da la sensación de que incluso los libreros los evitan para no buscar lío. Sabia decisión entonces la de no salir de casa ni para comprar el pan.
Confesaba al principio mi ignorancia sobre los orígenes de este evento primaveral, donde todo el mundo celebra la fiesta de la lectura sin leer, como quien festeja la feria de la democracia ocultando una urna. Espiado a través de estos infernales chismes cibernéticos es probable que por ello llamara mi atención un tuit que compartía Cristina Seguí donde dice lo siguiente: “Se cumplen 100 años desde que el valenciano Vicente Clavel, propietario de la editorial Cervantes, logró instituir el día del libro y la práctica del regalo de una rosa y un libro como conmemoración de tal día”. Algo tendría que ver en ello el primer apellido de este prócer de la cultura. Caigo en la cuenta de que eran tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, donde aunque parezca mentira también se escribía y se publicaba en España, aunque la Campsa se mostrara tacaña negándose a financiar millonarios premios literarios.

