A Susana Abaitua,
si acepta la dedicatoria.

«Tras la desgarradora interpretación de la hija del Txato en “Patria”, Susana Abaitua hace el difícil papel de una agente de los Servicios Especiales de la Guardia Civil infiltrada en ETA»
Desde el cole de Susana, una niña de nueve años, se oye el ruido en el silencio de la clase. El atentado sucedió en la Ciudad Jardín de Vitoria. No se quiere uno creer que lo que parece una explosión lo sea en efecto, y acabe con la vida de dos hombres. La bomba estalló muy cerca. ¿Sería su colegio el de las francesas de Nazareth? (Caramels, bonbons et chocolats… Mais c´est fini, mais c´est fini le temps des rêves.)
Tras la desgarradora interpretación de la hija del Txato en “Patria” (adaptación al cine de la novela de Aramburu), Susana Abaitua hace el difícil papel de una agente de los Servicios Especiales de la Guardia Civil infiltrada en ETA (“Un fantasma en la batalla”). Logra su director, Agustín Díaz Yanes, mantener la tensión, que irá in crescendo, de una historia verosímil, sin las concesiones exageradas que “La infiltrada” (basada en un suceso real, eso sí) hace al cine de género: largas persecuciones, amores románticos con jóvenes etarras. Ambas películas plasman muy bien la soledad y la renuncia, y son complementarias, como tantas otras sobre el mismo tema, piezas de un rompecabezas épico y dolorosísimo. El heroísmo de las protagonistas asfixia sus propias vidas, llevado en el caso de Amaya hasta el límite.

En “Un fantasma en la batalla”, el factor humano que sustenta ese atisbo de amistad y comprensión entre Begoña y Amaia es la trampa emocional de una mujer que ha asumido su propia muerte, y es en cierto modo uno de tantos “fantasmas” para llegar al nido de la serpiente de Anboto y estar ya absolutamente aterrorizada, con el miedo a ser descubierta. ¿Hizo bien en apartar su mano de las llaves de contacto y no decidirse a arrancar el coche, sentenciando a muerte al capitán, y quizás a ella misma? Desde otra perspectiva se pregunta Begoña: ¿Hicimos bien en matar a Miguel Ángel Blanco?
Tu vestido de novia, Amaya, que ajusta la modista de Sevilla (C’ était trop beau, trop beau). Y una boda que ya nunca tendrá lugar, casarse y tener hijos… Quiero conocer otra gente, gente que no sea como nosotros. Caramelle non en boglio più. Parole, soltanto parole. Paroles, paroles, paroles…
Pasar a Francia. Un caserío aislado donde esconderse en mitad del campo. “Suba la escalera, segunda puerta a la izquierda”. Aquí estarás a salvo, Amaia, ¿no es nuestro santuario? Lo primero que hace Amaya es abrir la ventana de la habitación, abrir la ventana de esa cárcel. Che cosa sei, che cosa sei, che cosa sei.
Cae Rentería, cae Begoña, tenemos a la Guardia Civil encima. Y la canción de Mina llega ya tarde, perdida por la ventana que permanece abierta como una metáfora de la libertad. Ascoltami, ti prego. Pero ahora, ya no es sólo la libertad; por la radio local canta Dalida:
Encore des mots, toujours des mots.
Les mêmes mots.
Je ne sais comment te dire…

La ventana sigue abierta, abierta, abierta al campo, Amaya. Tu est comme le vent qui fait chanter les violons et emporte au loin le parfum des roses. ¡Salta por ella!… está abierta por ti. Caramels, bonbons et chocolats…
¡Corre, Amaya, atraviesa el prado, salta la cerca!
Paroles, paroles, paroles… ¡corre, Amaya!
Paroles, paroles, paroles… ¡entra en el bosque!
Paroles, paroles, paroles… ¡corre, Amaya, corre, alcanza la carretera!
Paroles, paroles, paroles, paroles… paroles encore de paroles que tu sèmes au vent.

