
«Los sabios griegos, como tu Platón, ya lo escribieron… ¡No se hundió, hija! ¡Sigue ahí! Se esconde en verano y en abril despierta»
I
Yo soy el Viento, la voz que no se calla, la que peina los pinos de Colinas. Yo soy más viejo que el nombre de los mapas.
Recuerdo el brillo del oro de Tartessos, recuerdo el púrpura de las naves fenicias remontando el Golfo, y luego, el mar de adentro: el Lacus Ligustinus, el secreto. Yo vi a Gadir, el primero, en su trono, antes que el mito lo llamara Atlántida, antes que el fango le diera sepultura.
Yo vi al Baetis, el río, dios paciente, bajar cargado de tierra de sus sierras, de las lejanas… Vi cómo el río asesinaba al lago. Lo vi ahogar el Lacus Ligustinus… O no matarlo. Dejarlo adormecido. El hombre huyó de la fiebre y del vacío.
Se hizo el silencio. La tierra más despoblada del sur de Hispania, un mundo inmóvil, un luto de marismas. Y en esa nada, en noches sin estrellas, vi otras luces. Luces que no arden, rápidas, secretas, danzando sobre el fango, o sobre el agua.
Y hoy miro a Elara, que vuelve de la urbe con sus libros, a caminar donde el bosque se detiene.

II
Camina Elara por la loma seca, entrando sola en el gran despoblado. Y allí lo ve. No es un arroyo. Es un río de arena.
Una serpiente de cuarzo blanquísimo, un cauce puro, fluvial, sin una gota. Un meandro de luz sobre la tierra oscura. «La arena de la playa», piensa, y sube hacia el origen, la herida en la colina: una cárcava roja, un arañazo de arcilla viva que sangra con la lluvia. «El agua lava», piensa, «el agua limpia. Separa el lodo del hueso de la costa».

III
Busca a Mateo, el del río, el de las barcas, allá en Coria, donde el Baetis fluye ancho. Él mira el cielo antes de mirar sus fotos.
—Los arenales —dice—. El hueso seco de la orilla de aquel tiempo. Pero, hija, ¿has visto el fondo? ¿Has visto el llano después de abril? ¿La Dehesa?
Allí el milagro. El mar fantasma que en abril revive, una laguna que es un espejo donde el cielo bebe. Y ves mis reses, con el agua hasta el pecho, pastando entre las garzas y la enea.
Los sabios griegos, como tu Platón, ya lo escribieron… ¡No se hundió, hija! ¡Sigue ahí! Se esconde en verano y en abril despierta. Por eso vienen las luces. Vienen a ese espejo. Vienen a la puerta.

IV
Esa noche, Elara abre los mapas. Primero Ortelius: «El lago ya muerto, solo un río en el fango». Busca más hondo. ¡Y encuentra a Ptolomeo!
Berlinghieri lo dibuja en mil cuatrocientos ¡Un mar interior! ¡El Lacus definido! Con «Cadis» en su isla, y el golfo abierto. ¡El mapa de Ortelius era el entierro! ¡Este, era el cuerpo aún con aliento!
La ciencia y el mito se dan al fin la mano. El mar fue el camino. El fango, el muro. El despoblado no fue un abandono; fue el silencio de un mar que respira.

V
Regresa Elara al filo, al mirador. Contempla el mundo. A sus pies, el borde: el río de arena, la cicatriz de la playa de Tartessos.
Frente a ella, el fondo: la Dehesa, la laguna inmensa, el agua quieta, el horizonte que huye hacia su padre, el Océano.
Ya no ve un campo. Ve el mar de abril, el gran espejo, el Lacus vivo que se niega a morir. Y entiende que la Atlántida no está perdida. Solo espera, latente, a que regresen las lluvias.
Post Scriptum: El Eco de la Ciencia

La intuición de que esta tierra oculta un secreto no es solo cosa de leyendas. En el año 2011, un grupo internacional de investigadores, con el respaldo de la National Geographic Society de Estados Unidos, anunció haber encontrado indicios de la Atlántida justo bajo las marismas del Parque Nacional de Doñana.

El equipo de geólogos y arqueólogos, dirigido por el profesor americano Richard Freund, invirtió dos años de trabajos con la ayuda de fotografías de satélite, radares capaces de penetrar la tierra, cartografía digital y tecnología submarina. Los profesores de la Universidad de Huelva, Juan Antonio Morales y Claudio Lozano, formaron parte de aquel equipo multidisciplinar.

