España no es país para niños: Un país para viejos, mascotas y contradicciones. por Carlos Aurelio

España no es país para niños

«En España ya no hay risas de criaturas, sino ladridos y maullidos: seis animales de compañía por cada niño. Y todavía hay quien lo celebra como signo de progreso»

España no es un país para niños. Quizás podría ser un buen título de una película de los hermanos Coen, pero no para las familias. En España ya no hay risas de criaturas, sino ladridos y maullidos: más de 10,8 millones de mascotas censadas frente a apenas 1,8 millones de menores de cinco años. Dicho de otro modo: seis animales de compañía por cada niño. Y todavía hay quien lo celebra como signo de progreso.

La tasa de fertilidad española es de 1,12 hijos por mujer, una de las más bajas del planeta. Las cunas están vacías y las residencias llenas. Pero lo más paradójico —por no decir cínico— es que, mientras las cifras de natalidad se hunden, los abortos superan los 100.000 al año. Se impide nacer a más de cien mil nuevas personas cada año en un país que dice preocuparse por las pensiones y el “invierno demográfico”.

Y lo más escandaloso: el aborto, antaño considerado un drama, hoy se presenta como un signo de progreso, como si la destrucción de una vida humana fuese una conquista social. Algunos incluso pretenden elevarlo a la categoría de “derecho constitucional”, una aberración jurídica y moral sin precedentes en una nación civilizada.

Porque el aborto —en cualquier sociedad verdaderamente humana— no es un logro, sino la evidencia de un fracaso: fracaso social, fracaso político y fracaso personal.

Y, para completar el absurdo, se promueve la adopción en el extranjero, como si los niños españoles fueran una especie extinta, al tiempo que se fomenta la inmigración masiva y descontrolada, culturalmente disonante con los valores que un día sustentaron nuestra civilización.

Un país que mata a sus hijos antes de nacer, importa población sin medida y se felicita por ello, ha perdido el instinto de supervivencia.

El país del bienestar… de las mascotas

Mientras tanto, proliferan los parques caninos, las guarderías para perros y los menús gourmet para gatos.

Y ahora, con la aprobación del gobierno socialcomunista, feminista de género, verde y animalistaya pueden entrar las mascotas en supermercados, restaurantes y establecimientos públicos.

El resultado es grotesco: hoy se ven más perros que cochecitos de bebé. Más correas que carritos. Más dueños que padres.
Todo muy tierno, muy progresista y muy “europeo”, pero profundamente revelador: una sociedad que humaniza a los animales mientras deshumaniza a las personas.

Se ha pasado de proteger a la infancia a legislar para las mascotas; se ha pasado de ayudar a las familias a subvencionar el animalismo; se ha pasado de premiar, fomentar, promover la maternidad a promover la esterilidad.

Y el Estado, lejos de revertirlo, lo celebra: gasta fortunas en propaganda ideológica, pero ni una fracción de ese dinero en apoyar a las familias o incentivar la natalidad.

España, una nación en la que los niños son molestos y los perros, bienvenidos.

Por si faltaba ironía, han aparecido hoteles, restaurantes, apartamentos turísticos y hasta vuelos que “no admiten niños”.
Hoteles “adults only”, donde se vende como lujo el silencio de los pasillos sin risas.

Vuelos “tranquilos”, sin llantos ni pataleos.

Restaurantes donde un perro puede tumbarse bajo la mesa, pero un niño riendo o llorando es considerado una molestia.

España, otrora país de familias, se ha convertido en un territorio hostil a la infancia.

Aquí el problema no es que falten niños, sino que sobran adultos hastiados de ellos.

El suicidio demográfico

El drama no es solo económico: es moral y civilizatorio. Occidente, y España con él, ha perdido la voluntad de vivir.

Un país que no quiere procrear, reproducirse, ha renunciado a su futuro.

Un continente que se niega a tener hijos y se entrega al nihilismo, la comodidad y el consumo, no necesita enemigos: se extingue solo, dulcemente, entre anestesias morales y discursos inclusivos.

Y nuestros gobernantes —de izquierda o de derecha— lo saben, pero callan. Maquillan las cifras con inmigración de reemplazo y discursos de “diversidad”, mientras el relevo generacional se evapora.

Las matemáticas no entienden de ideología: Si no hay niños, no hay futuro.

Ni las pensiones las pagarán los perros ni las urnas las llenarán los gatos.

La España que no quiere ser madre

De la España de las familias numerosas hemos pasado a la España del “perrhijo”.

Una nación que prefiere cuidar de un chihuahua antes que criar a un niño.

Una sociedad que presume de progreso mientras legaliza la eutanasia, trivializa el aborto y banaliza la familia.

Se celebra la soledad como libertad, la esterilidad como éxito, el narcisismo como madurez.

La edad media del primer hijo ya supera los 31 años, y sigue subiendo. Los pueblos se mueren, las escuelas cierran, las calles se silencian.

El futuro se encoge, y nadie parece notarlo

Aún hay tiempo… si hay valor. Y, sin embargo, aún podemos reaccionar. Para lo cual es imprescindible que haya coraje político.

Si alguien se atreviera a decir lo evidente:

Que sin niños no hay patria, ni economía, ni civilización.

Que la familia no es una reliquia conservadora, sino el pilar de cualquier sociedad viva.


Que ningún país sobrevive solo con jubilados, perros y discursos inclusivos.

España, que un día fue el corazón de la civilización occidental, puede renacer. Pero para ello tiene que recordar quién es, de dónde viene y qué valores la hicieron posible. No bastan las campañas cosméticas ni los planes de natalidad de despacho: hace falta una revolución moral, cultural y política que devuelva sentido, orgullo y esperanza a la vida.

Porque si no reaccionamos pronto, el epitafio ya está escrito:

Aquí yace un país que amaba a sus perros, pero olvidó tener hijos. España dejó de ser un país para niños.

Carolus Aurelius Calidus Unionis

Profesor jubilado, jubilosamente jubilado, debido a mi profunda sordera, lo cual me hace ser capaz de diferenciar entre "oír" y "escuchar", cosa poco corriente en la oclocracia (el gobierno de los que más fuerte gritan, más ruido son capaces de hacer) que padecemos.

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1 comentario

  1. Como escuché en un video: estamos cayendo en la sociedad de la barbarie.

    Atentamente,

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