
«Al igual que los “bilbainos” nacen donde quieren y Bilbao es el epicentro del mundo, el Casino de la Amistad es por derecho propio un lugar de Madrid»
Nada, que a un par de horas de Madrid se encuentra la localidad de Molina de Aragón, capital de la comarca del Señorío de Molina y del Alto Tajo. Claro que se entra en la provincia de Guadalajara, y en la provincia de Guadalajara hay un parador de turismo en Sigüenza, y ya sabemos lo que pasa últimamente en los paradores: que se llenan de ministros y eclipsan la merecida fama y las bondades de las ciudades en los que se hallan, de modo que ya el Doncel parece no existir o como sucede en la ciudad de los Amantes ya no se visita su mausoleo, porque ya todo es ir al parador, por morbo, curiosidad o desenfreno.
Pues resulta que por si no fuera bastante lo anterior, también en Molina se construyó un parador, inaugurado tardíamente debido a una inmensa gotera en su vestíbulo. Feo edificio, híbrido de nave industrial oxidada y nave espacial por oxidar, el único adorno es la bonita vista del castillo, con su torre y sus murallas. Hay históricos palacios en Molina que amenazan ruina (perdón por el pareado), pero quisieron edificar ex novo un lugar de ida y vuelta, como el marido de Jardiel Poncela. Quizá su torpe cafetería goce de una potente calefacción para los severos fríos de esta zona y no descarto comprobarlo con ocasión de los próximos hielos. Mala tarjeta de visita sería la exhibición de esta columna, aunque uno siempre puede falsificar credenciales, ser un delincuente de la pluma, un intrusista del periodismo, que espera impaciente la llegada del personaje célebre para la entrevista (y dale que te pego con la rima).
Confieso que no he visitado el Casino de la Amistad. Quiero decir los salones y estancias de que están provistos normalmente estas sociedades recreativas y culturales que guardan la memoria de tiempos pasados, pues lo que hoy se estila, lo que se lleva desde hace décadas es el centro comercial, el burger y el kebab, el Vips y la cafetería de El Corte Inglés. Y el estruendoso pub para tomar copas pagadas a precio de tonto y de no poder bailar ni poder hablar, siquiera a gritos.
Tiene este casino un patio donde en las fiestas señaladas había baile al aire libre, y como si de una antigua reminiscencia se tratara todavía tocan allí las orquestas y los cantantes. Y aunque la música seguramente será a ratos una concesión a los nuevos tiempos (pinchadiscos incluidos) en otros será un desafío, pasodoble de por medio, a la modernidad. Que vence, subida en patinete, a los viejos lectores de novelas decimonónicas. Sin embargo sí he frecuentado el restorán del Casino de la Amistad, que es de acceso libre. La última vez fue en el día de Todos los Santos. Entramos por la puerta a eso de las dos menos cuarto sin dar y ya estaba el salón casi lleno o con las mesas reservadas. Pudimos hablar con el jefe de todo aquello y colocarnos discretamente a lado de la barra, bulliciosa y animada de gentes que esperaban su turno o tomaban el aperitivo (“madrileños, de seguro”, pensé). Era el encargado un hombre alto y brioso que lo mismo daba órdenes, compadreaba con los clientes o recogía las mesas para ser ocupadas a escape. Con semejante capitán me hubiera embarcado bien tranquilo en un barco sin miedo a las tormentas. La tripulación, de primera. Amable, eficaz, rápida, discreta.
Esta sala del casino de la Amistad tiene otro acceso que da al bar, donde se ven partidos de fúrgol y no sé si los toros que emiten durante el verano en la televisión regional: en eso temo que hayamos retrocedido y apostaría por que el deporte vence al arte y la gente se emociona más con Vinícius que con Pablo Aguado. Es el restorán de la Amistad un espacio quizá frío por lo grande y algo desangelado, como si no terminara de estar hecho del todo, a pesar de lo cual uno se encuentra a gusto en él. Mezcla el encanto de lo popular con cierta decadencia que es más un desdén por lo estético que otra cosa. Digo esto porque la cocina funciona divinamente. El sábado pasado pudimos disfrutar de un cabrito tierno y exquisito, que es plato de estas tierras. En las gentes que llenaron el comedor adivinaba yo a las gentes de España, a una clientela como usted o como yo que lo mismo podía venir de La Elipa o del barrio de Argüelles que de la cercana Olmeda de Cobeta. En otras ocasiones, en otros días más tranquilos pueden verse trabajadores de todo tipo y algún cazador y hombres del campo. Lo que no consigo explicarme es qué se hizo de los numerosos comensales que nos acompañaron a esa hora del almuerzo y de la sobremesa. Las tardes festivas son tristes. El paseo de los Adarves estaba vacío; irían a descansar a sus casas, como si el invierno ya hubiera llegado a la paramera.

Nos va a parecer excesivo el considerar como “lugar de Madrid” este de Molina de Aragón, pero, al igual que los “bilbainos” nacen donde quieren y Bilbao es el epicentro del mundo, el Casino de la Amistad es por derecho propio un lugar de Madrid, lleno de madrileños en los días de fiesta. A uno se le ha metido esto en la cabeza y no digo que no haya gente que viva en Zaragoza (que la hay), o incluso en Teruel, pero a un servidor le hace ilusión el hecho madrileño a fin de dar un nuevo capítulo a esta serie tan concreta de columnas. Y vaya: que el Casino de la Amistad está a un tiro de piedra de la Castellana, y en Molina (de momento) no hay Zona de Bajas Emisiones; motivo por el cual nunca verán por aquí a don José Luis Martínez-Almeida. Aunque, eso sí, pende sobre esta histórica ciudad, que una vez fue aragonesa, la espada de Damocles de Paradores de Turismo de España, S.A. (Hoteles&Restaurantes 1928).

