
«De día es otoño, pero de noche es de noche y yo, me duermo pensando si despertaré mañana o ya estaré muerto, como las hojas que en otoño prenden de las ramas aun sin saberlo»
El huerto está de un verde penetrante pero ya no necesito que llene el socavón de mi vacío. A la vuelta del muro que da la espalda al rudo norte despejado de obstáculos, las sombras húmedas se deslizan intrigantemente hacia nosotros. El riachuelo de la izquierda sigue llorando y al llorar dice tanto de sí. Cuando suena habla y al hablar me trae recuerdos lejanos no vividos más propios de historias increíbles que lo hacen más pequeño e insignificante cual romadizo de agua vidriosa y yo, me quedo pensando en el transitar de las cosas y las personas.
Los cristales de las ventanas del lado contrario al quebradizo frío deslizan tristeza, quizá es lo normal. El ruidoso y necesario campanario sigue donde siempre dando vueltas alrededor del pequeño pueblo el cual gratamente, me pareció de nuevo desde lo lejos una gigantesca cajita de cerillas y yo, me quedo pensando en lo lejos que resulta la vida aquí.
La mañana del segundo día está preclara y me acuerdo por haber leído no hace tanto a alguien, que afirmaba que Dios esta en todas partes pero que ella especialmente lo veía mirando al cielo. Las nubes se la representaban como la gran barba blanca del todopoderoso aunque como ella misma aseguraba, en días como hoy no se encuentra por lo que se deduce que Dios, no está a veces en todas partes y yo, me quedo pensando en esa provocadora desfachatez.
A mi diestra escucho al otro riachuelo, este más ancho, profundo y serio. El frondoso paisaje palustre demuestra lo agreste del clima y aún así, se ofrecen desafiantes las valientes olivardas, las entusiastas conizas y los vetustos jaramagos custodiados por todo tipo de hierbas piojeras envueltas por mantos de azafrán amarillo. Qué maravillosa alternativa al intenso verdusco, al espectacular rojizo y al indescriptible dorado descompuesto, predominante por cierto, debido al efecto que producen las cortezas escoriadas de los imponentes chopos centenarios que nos protegen a ese costado. Gracias a que sus enormes ramas se entrecruzan y a que a sus pies surgen criaturas más delgadas e inquebrantables, la sensación de cerramiento nos aporta cierta seguridad aunque el constante viento los azota. En breve caerá la noche y se ahogarán como cada día hundiéndose en la profunda oscuridad quedando sólo de ellos su ruido.
De esas aguas cristalinas ciertamente beben los corzos, los zorros, los jabalíes, todo tipo de aves y sobre todo de manera furtiva algunas huertas colindantes. A los lados rescoldos humanos, primero por el cruce de caminos resurgiendo orgulloso el paseo de la antigua vía del tren que cuentan que iba y venía de Santander, aunque desde mi posición privilegiada no lo veo porque al otro lado justo delante, se erige descarado el capricho del pueblo donde las únicas bestias actualmente del lugar ebrias de forraje, ya descansan sin haber atendido ni a los niños curiosos, ni a las incansables golondrinas, ni a las bandadas de espabilados gorriones que roban del suelo. Espero no morir nunca cerca del montón de estiércol sobre el que zumban las moscas, ni ya puestos, en el huerto de verde penetrante.
Por fin se respira limpio. Después de devolver la vida a los cristales sucios del polvo del verano resecos por el calor, mirar a través de ellos resulta casi vertiginoso pues todo es agua, todo es bello y fresco. El rudo y ornamental techo de madera se queja pero no como en julio o agosto. Ya sabe —porque lo sabe—, que el frío pretende colarse y se pone recio para que nada lo traspase. Del canalón del ala norte salen ruidos pero no hay miedo, ni ganas, ni obligaciones pues somos nosotros y estamos de paso, en breve nos iremos sin casi haber vuelto. Tranquilos, seguir viviendo.
Se derrumba la tarde casi sin permiso y hace tanta noche que ya no se puede salir: —¿Cuánto frío hará fuera?—, escucho.
—¿Cuánto, será otra vez? Como si hubiera fríos diferentes—. Respondo.
—Claro, el de ayer era de escarcha y el de hoy es de hielo—.
Desde el interior ya caliente y seguro fuera simplemente es de noche, porque de día es otoño, pero de noche es de noche y yo, me duermo pensando si despertaré mañana o ya estaré muerto, como las hojas que en otoño prenden de las ramas aun sin saberlo.

