
«Se nota que ya no estamos en medio de una economía boyante. Cada día circulan menos cestas navideñas»
Hace años que no recibo una cesta de Navidad. Ni grande, ni pequeña. Son otros tiempos. Años atrás estaba sumido en la vorágine del comercio. Cestas navideñas iban y venían de tu casa. Hasta el día en que me encontré con la decepción provocada por la llegada de un extraordinario jamón a mi domicilio… que fue inmediatamente retirado por el repartidor. Había equivocado los datos del destinatario.
Cestas de todo tipo te eran enviadas por parte de los proveedores y clientes. Turrones, embutidos, naranjas, frutas, bebidas, décimos de lotería. Todo ello llegaba a tu poder por gentileza de aquellos que te valoraban o te debían algún favor.
Al paso de los años llegó un momento en que se acabaron los obsequios. Cuando no estás en “la pomada”, pasas a ser uno más de aquellos que tienen que autoabastecerse de las “delicias navideñas”. Miento, los hijos y unas monjas amigas mías aun me sorprenden con algún regalito.
El pueblo sencillo, pero sabio a la vez, ha descubierto las cestas de Navidad que se pueden conseguir a través de un sorteo. Desde la modesta canastilla de mi parroquia (a cinco euros la papeleta) hasta la monumental cesta que se sortea en un bar de la provincia de Sevilla. En la misma se encuentra, amén de los consabidos productos navideños, hasta la posesión de un apartamento en Sanlucar, un Mercedes, una autocaravana y 300 regalos más. Todo ello por el importe de 10 euros la papeleta Seguimos buscando la suerte por todos los medios. Pero al final descubrimos el viejo adagio que nos dice que “la mejor lotería es el trabajo y la economía”.
Mi experiencia vital me recuerda la “buena noticia de hoy”: El repartidor de felicidad llama a tu puerta cada vez que te animas a montar el Belén, a llenar tu balcón de luces y a recuperar la vieja zambomba que guardas en el trastero. La sonrisa vuelve a tu rostro, los amigos y compañeros de trabajo se reúnen a celebrar las comidas tradicionales, las familias dispersas se encuentran y, por unos días, todos somos más felices.
Esa cesta la recibimos casi todos. Está en nuestras manos que, por lo menos, la disfruten aquellos que nos rodean. Nuestro metro cuadrado de influencia. No perdamos la ocasión.

