Roma, lo profano y lo divino: Santa María en Aracoeli. Por Susana del Pino

Santa María en Aracoeli.

“Erigida sobre las ruinas de un templo romano, la iglesia de Santa María en Aracoeli en Roma se alza como la guardiana de la memoria romana, representando un puente entre el paganismo del Imperio romano y el cristianismo del medievo”.

Situada en el Capitolio, sagrado centro político y religioso de la antigua Roma y junto a la escalinata que lleva a la famosa Plaza del Campidoglio, proyectada por el magnífico Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564), se alza la imponente escalera de ciento veinticinco escalones que da acceso a la Iglesia de Santa María en Aracoeli, uno de los templos más hermosos de Roma, con una belleza comparable a San Pedro o San Juan de Letrán, aunque con una diferencia, Aracoeli no fue construida para celebrar el poder papal como las anteriormente citadas, sino que es la única iglesia del pueblo romano y de sus instituciones cívicas. Permanece siendo la iglesia del Consejo de la ciudad de Roma, la cual utiliza el antiguo lema Senatus Populusque Romanus (SPQR), “El Senado y el Pueblo Romano”.

 

Su origen está ligado al emperador Augusto (63 a. C.-14 d. C), protagonista de la leyenda recogida en el Mirabilia Urbis Romae (siglo XII), posteriormente estudiada en el siglo XV por el humanista Flavio Biondo (1392-1463). Los hechos se sitúan en el año 17 a. C. cuando Octavio, el futuro emperador Augusto, consultó a la sibila Tiburtina si debía ser venerado como dios; la profetisa le narró, en trance y en una visión apocalíptica, la imagen de una bella mujer con un niño en su regazo, envuelta en luz y sobre un altar proclamándole las siguientes palabras: “Haec est ara Filii Dei” (Este es el Altar del Hijo de Dios); quizás este relato fue utilizado por la Iglesia para acoger a la Sibila como precursora de María.

Interior Santa María en Aracoeli.

Augusto rechazó el templo en su honor y ordenó construir un pequeño altar abierto al cielo, de ahí la procedencia de su nombre en latín Ara Coeli (Altar del Cielo), en el lugar donde en 344 a. C. se construiría el templo romano dedicado a Juno Moneta, tras la invasión gala. En realidad, estaba dedicado a la diosa romana Juno. El nombre de “Moneta”, procedente del latín monere (advertir), se atribuyó debido a que en ese lugar los denominados gansos sagrados alertaron del peligro galo en el año 390 a. C. Fue aquí donde se acuñaban las monedas romanas, que tomaron el nombre del templo que allí se hallaba.

 

Sobre sus ruinas se erigiría la basílica, según la tradición en el siglo VI bajo el pontificado de Gregorio Magno (c. 540-604) con gran interés en cristianizar el Capitolio y que consagraría el templo en el año 590 durante una procesión de penitencia para pedir por la epidemia de la Peste Negra que afectaría gravemente a Europa, diezmando la población de la ciudad.

 

Más adelante, entre los siglos VII-VIII se fundó el Monasterio de  Santa Madre de Dios, de estilo bizantino que pasaría a ser de la orden benedictina en el siglo XI con el nombre de Santa María en Capitolio, que pasaría a ser asignada a los franciscanos y rehabilitada, debido a su mal estado de conservación; fue reconstruida entre 1285-1287, siguiendo el proyecto de Arnolfo di Cambio (c. 1240-1310) y consagrada en 1291 con el nombre de Santa María en Aracoeli, afirmando así el relato protagonizado por Octavio Augusto.

Escultura en bronce de Cola de Rienzo junto a Santa María en Aracoeli. Detrás, el Monumento a Vittorio Emanuele II.

Los trabajos prosiguieron durante años con dificultades económicas y políticas, situación agravada por el traslado de la corte papal a Aviñón en 1306. La iglesia en este periodo se convierte en el corazón político y social de la ciudad, parte integrante de la vida política de Roma, donde se reunían los consejeros para discutir asuntos de la “Res Publica” en las asambleas populares.

 

La gran escalinata fue construida en 1348 por Lorenzo di Simone Andreozzi e inaugurada por el tribuno popular Cola di Rienzo (1313-1354). Fue comisionada por el pueblo de Roma en agradecimiento a la Virgen por haber salvado a la ciudad de la terrible epidemia como recuerda la lápida situada en la fachada; los fieles subían de rodillas en penitencia, tradición que ha seguido durante siglos.

Santa María en Aracoeli y el Altar de la Patria.

Cola di Rienzo, ante la situación en Roma por la ausencia de los papas que llevaría a vivir una situación abusiva por parte de los nobles, incluso con derramamiento de sangre, tomó partido en el asunto; tras el asesinado de su hermano en un enfrentamiento entre las familias Colonna y Orsini, dio el paso definitivo para abanderar la defensa de los oprimidos, con la idea de restaurar la justicia y volver al esplendor del pasado.

 

La fachada es sencilla y austera, propio de la orden franciscana con tan solo una ventana central y el emblema de Urbano VIII (1568-1664) en el que aparece la figura mitológica de Fama, que recuerda las hazañas y proezas de los hombres, sosteniendo una inscripción que hace alusión a las reformas urbanas impulsadas por el pontífice.

Interior de Santa María en Aracoeli, Roma.

En el interior, la iglesia de planta basilical, tiene tres naves separadas por veintidós columnas reutilizadas de otros edificios, todas de diferente diámetro y altura, solucionando esta desigualdad con basamentos adecuados a cada una; los capiteles asimétricos narran escenas paganas y cristianas.

 

El icono de la Virgen María, llamado Panagia Aghiosoritissa sin el Niño, se encuentra en el Altar Mayor, en un retablo barroco; sobre un fondo dorado con cruces griegas, la imagen apoya la mano izquierda sobre su pecho simboliza la intercesión ante los fieles.

 

Durante el Renacimiento ilustres familias romanas como los Savelli, Bufalini o Mattei entre otras, competían por construir mausoleos en las capillas laterales que rodean la planta de la basílica narrando la propia historia de su linaje.

Techo de Santa María en Aracoeli, en conmemoración a la Batalla de Lepanto.

El impresionante techo de madera se construyó en el siglo XVI, por orden del Senado romano para conmemorar la victoria de Lepanto contra los turcos en 1571, profusamente decorado, con emblemas papales y escenas navales fue diseñado por Flaminio Bolongieri, constituye todo un prodigio que anticipaba el barroco.

 

El suelo, está intacto desde su realización en el siglo XIII y constituye una auténtica joya. Es un opus cosmatesco, llamado así por la familia Cosmati, artesanos especialistas en realizar esta técnica con trozos pequeños de mármol procedentes de ruinas romanas; con materiales como el pórfido, el jaspe o el alabastro configuran tan solo formas geométricas, sin figuras humanas ni animales.

Pavimento interior Santa María en ARACOELI, estilo cosmatesco. (detalle).

En el siglo XVIII, la Revolución Francesa causó graves destrozos en el templo, la iglesia fue utilizada por las tropas como establo por lo que tuvo que ser rehabilitado en el siglo XIX; durante la construcción del Monumento a Vittorio Emanuele II o Altar de la Patria, se salvó de ser destruido, ya que las obras para la construcción de esta mole victoriana “devoró” parte del Capitolio. 

 

Para evitar su destrucción, un grupo de intelectuales llevó a cabo una campaña que logró salvaguardar el valor histórico de la iglesia, destacando su importancia como testimonio de la Roma medieval. Precisamente su trayectoria a lo largo de los siglos ilustra la esencia de Aracoeli, un núcleo laico-cristiano en el corazón de la Gran Urbe, donde se funden el poder terrenal y el divino. Sirva como ejemplo la ceremonia que, hace algunas semanas, protagonizaron los Carabinieri al ofrecer a su patrona, la Virgo Fidelis, (Virgen Fiel) un acto que pone de manifiesto la profunda vinculación del templo con la protección de la ciudad.

El Santo Bambino, copia realizada tras el robo del original en 1994. Conocido por los romanos como il bambinello.

Sería prolijo enumerar todos los hermosos tesoros que guarda Aracoeli, un auténtico museo que resume la devoción romana a lo largo de los siglos. Entre ellos destaca, por su simbolismo, el Santo Bambino, una imagen del Niño Jesús que, lamentablemente, fue robada en 1994 y cuyo paradero sigue siendo desconocido, dejando una profunda herida en el corazón de los fieles. El original, tallado en madera de olivo del Huerto de Getsemaní en el siglo XV, estaba ricamente engalanado con joyas ofrecidas por generaciones de devotos, convencidos de su poder milagroso. Hoy, una réplica ocupa su lugar en el altar, y a sus pies se acumulan peticiones escritas que llegan de todos los rincones del mundo, prueba de que la fe y la esperanza siguen vivas en este rincón sagrado de Roma.

 

Son igualmente bellos los frescos, mausoleos y demás obras de arte que enriquecen las capillas laterales. Entre ellas destaca la capilla Bufalini, la primera a la derecha al entrar, decorada con un magnífico ciclo de frescos dedicado a san Bernardino de Siena. Estas pinturas, obra de Pinturicchio (1454-1513), narran con gran viveza escenas de su predicación, su éxtasis místico, su muerte y los milagros que le rodearon.

Frescos de Pinturricchio, capilla Bufalini, Santa María en Aracoeli.

No menos interesante es la capilla Savelli, donde Arnolfo di Cambio creó en el siglo XIII un impresionante mausoleo para el senador y donante Luca Savelli (c. 1190-1266). El arquitecto reutilizó un antiguo sarcófago romano, integrando en su decoración relieves paganos junto a motivos cristianos, una audaz mezcla de temas mitológicos grecorromanos con la simbología de la fe cristiana, que, en su momento, no dejó de suscitar cierto escándalo entre los contemporáneos.

 

Entre los valiosos tesoros de Santa María en Aracoeli destacan también el relicario de Santa Elena, que guarda las reliquias de la madre del emperador Constantino, y una exquisita miniatura renacentista de la Virgen con el Niño, atribuida a Fra Antonio da Monza (c. 1480-1540). Esta delicada página iluminada, robada en los años ochenta del convento franciscano adyacente, fue recuperada hace poco tiempo por los Carabinieri del arte tras aparecer en una subasta en Londres, una noticia que llena de esperanza a los fieles, sobre todo ante la pérdida del Santo Bambino.

 

Entrar en la basílica de Santa María in Aracoeli es una experiencia que cautiva de inmediato. Al cruzar su umbral, el visitante se ve envuelto en un espacio donde el tiempo parece haberse detenido, las numerosas capillas laterales, revestidas de mármoles policromos, frescos renacentistas y dorados barrocos componen un escenario de extraordinaria riqueza. La luz que se filtra por los ventanales antiguos acaricia las columnas cosmatescas y los suelos de mármol incrustado, crean una atmósfera solemne y, al mismo tiempo, profundamente viva.

Santa María en Aracoeli, interior.

Lo que hace única a esta maravillosa iglesia no es solo su belleza, sino la forma en que condensa la memoria de Roma. Aquí conviven estilos que abarcan siglos sin que ninguno eclipse al otro, más bien dialogan, como si la basílica misma encarnara la continuidad ininterrumpida de una ciudad que ha sabido superponer épocas sin borrarlas. 

 

Subir la empinada escalinata que lleva hasta su puerta ya prepara el ánimo para lo que aguarda dentro, un lugar donde la historia no se expone en vitrinas, sino que se respira en cada rincón, recordándonos que pocas ciudades en el mundo han logrado, como esta, mantener viva la esencia de nuestra civilización a lo largo de los siglos.

 

Roma, esa urbe magnética cuya grandeza antigua y belleza inagotable siguen ejerciendo sobre quien la recorre una fascinación casi hipnótica, encuentra en Aracoeli uno de sus reflejos más intensos.

 

Valence (FR), 2025

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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