
“El tren de ayer se aleja, el tiempo pasa. La vida alrededor ya no es tan mía. Desde el observatorio de mi casa, la fiesta se resfría”. (“Lágrimas de mármol”. Joaquín Sabina).
Corrían los primeros años de los 80 del pasado siglo XX cuando tres chavales, aburridos en una fiesta de Nochebuena para mayores decidieron, decidimos, irnos a dar una vuelta para pasar el rato. No se asusten, pese al velo de dramatismo que vivimos estos días, no voy a contarles una historia terrorífica. Es verdad que estas atraen más la atención, que son más interesantes, pero la vida en general es más bien una comedia, aunque a veces sea mala como las de Ben Stiler, que una tragedia creíble.
Caminábamos, pues, los tres chavales, mi hermano Javier, mi amigo Félix y yo mismo, por un barrio de Moratalaz en retirada, con la gente ya metida en sus casas para preparar la cena, sin un rumbo ni una idea que, por otro lado, eran innecesarios a los poco más de diez años que teníamos entonces. Para aquellos que no vivieron esos años brillantes en tecnicolor, he de decir que no teníamos teléfonos móviles, por la simple razón de que no existían, lo cual, más que obligarnos, nos ofrecía la oportunidad invalorable y hoy perdida de usar la imaginación. Dicen que cuando el teléfono estaba unido a un cable, los hombres eran libres, y esa es sin duda una afirmación con la que estoy muy de acuerdo.
Caminábamos pues, sin rumbo fijo, buscando, como Jack Sparrow, que nuestra brújula nos condujera hacia el lugar adecuado, cuando nos encontramos con uno de esos objetos, uno de esos artilugios habituales en aquella época y que ahora se encuentran en peligro de extinción. Brillante, como ocultando un secreto detrás de su cortina, un fotomatón nos salió al paso.

Ningún misterio, ninguna aventura, pensarán ustedes. Nosotros lo vimos de otra manera. Como si no hicieran falta palabras, los tres rebuscamos en los bolsillos las pocas monedas que podíamos llevar encima a esa edad. Poco sabíamos entonces que la casualidad de llevar lo suficiente nos estaba abriendo la puerta de una máquina del tiempo. Así pues, como mandaba la situación, nos hicimos una foto de fotomatón los tres juntos. Con tan preciado tesoro, volvimos a la fiesta en busca de unas tijeras, para repartirnos las cuatro fotos que, entonces, revelaba el fotomatón.
Esas fotos fueron a parar a nuestras carteras, no sin antes pasar de mano en mano en esa fiesta de adultos, que recibieron la iniciativa entre la indiferencia de alguno y el alborozo de otros, entre ellos nuestros padres, claro. Y ahí se quedaron, hasta la Nochebuena del año siguiente. Mismo día, misma fiesta, un año más tarde; Esta vez el destino estaba claro y ya cada uno portábamos las monedas necesarias, para tal operación que, por supuesto repetimos.
No es una historia fantástica, al menos por ahora, al menos para usted que está leyendo este relato. Pero llevaba el camino de convertirse en una obra épica, de esas que necesitan años para madurar y descubrir todo lo que llevan detrás. Como en toda buena oda, la historia avanza.

Por no extenderme innecesariamente, los tres chavales nos hicimos adolescentes, la vida nos llevó a distintos barrios. La fiesta dejó de hacerse, pero nosotros seguíamos quedando el veinticuatro de diciembre, indefectiblemente, para hacernos la foto. Algunos nos casamos, todos tuvimos hijos, pero el día de Nochebuena, año tras año, acudíamos al fotomatón. Nuestros hijos se hicieron adultos, los fotomatones se volvieron digitales, mi hermano y yo nos distanciamos de Félix, sin problemas, sin dolor, como causa lógica del tiempo, de la madurez y las obligaciones. Hubo muchos años en los que no hablamos siquiera, pero el día veinticuatro de diciembre, aunque el WhatsApp sustituyera al teléfono, un mensaje mañanero nos recordaba que era el día de la foto. Y ese día, de nuevo, los tres sabíamos lo que teníamos que hacer.
Hubo algún año baldío, por la muerte de nuestros padres, por los de Félix. Cambiaron los fotomatones, se volvieron escasos, pero siempre, alguno de los tres, localizaba alguno donde cumplir con la deuda de honor y de tradición, porque cortar con la foto era romper con la infancia, era matar a los niños que fuimos, a los que aún seguimos siendo. Era renunciar a una de las únicas cosas que nos seguía ligando a la niñez, a nuestra patria del alma.
Ahora, pensarán, viene la parte triste en la que les explico cuando dejamos de hacerlo, por extinción, por desidia, por imbéciles. Pero, como ya les he dicho antes, la vida es una comedia y nosotros, aunque no lo parezca, escribimos el guión. Hace unas semanas, tras otro año sin vernos, Javier, Félix y yo, nos hicimos la foto. Esa foto que ya llevamos más de cuarenta años haciéndonos y que ilustra la cabecera de este relato. Y volvimos a la época en la que unas monedas nos abrieron la cortina del tiempo, para retornar a aquella época en la que nuestros padres eran felices, cuando celebraban fiestas, aunque ahora ya no estén. Y después, fuimos en busca de unas tijeras, para volver a nuestra patria del alma, para salvar a los niños que fuimos y darles, cada año, otra oportunidad.
Porque la vida, puede ser maravillosa.
(Esta es una historia verídica).

