
«La batalla entre la fe que salva y la ideología que vacía al hombre de sentido, una batalla espiritual y cultural que lidera el nuevo orden igualitario»
Estoy observando cómo, desde hace ya muchos años, los dueños del mundo están desatados en su empeño por acabar definitivamente con la Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo. Los cristianos sabemos que el alma es el principio espiritual de la realidad dual del hombre.
Es decir, que cada ser humano se compone, al mismo tiempo, de cuerpo y alma. Ambos principios obedecen leyes propias y mantienen propiedades específicas.
En el momento de nuestra muerte —fruto del pecado original— el alma se separará dolorosamente del cuerpo durante el tiempo que medie entre nuestra defunción y el Juicio Final, cuando ambos volverán a unirse. Cuerpo y alma residirán eternamente en el lugar al que el alma haya sido destinada en su juicio personal.
Qué pretende enseñarnos el globalismo
Imaginemos dos políticos que lanzan sendos discursos en el Parlamento durante una campaña electoral. Uno es republicano; el otro, comunista. Ambos insisten en la necesidad de “democratizar” la sociedad. El pueblo les aplaude como si hubieran alcanzado un gran consenso nacional. Pero el globalismo quiere hacernos creer que democratizar consiste simplemente en multiplicar votaciones y extender la participación formal de todos.
Votar para todo: esa es su “democratización”
El comunista, sin embargo, entiende otra cosa. Para él, democratizar significa incluir a los trabajadores en las instituciones de gobierno.
No tiene nada que ver con votos ni con escuchar la opinión del pueblo. Así han gobernado —y gobiernan— en todos los países sometidos a su secta. Si en algún momento coinciden con la exigencia de votaciones, es únicamente para utilizarlas como instrumento de acceso al poder. Una vez con las riendas en la mano, su modo de actuar es otro.
El pueblo, sin embargo, escucha las mismas palabras sin comprender que hablan de realidades distintas.
Y los medios de comunicación, lamentablemente, proclamarán que se ha alcanzado un gran consenso nacional en torno a la democratización. En este caso, la palabra está vacía. Carece de sentido.
Cuando el Evangelio iluminaba a los Estados
Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. La sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos y todas las relaciones de la vida civil.
La religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en la dignidad que le corresponde, florecía en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados.
El Sacerdocio y el Imperio estaban unidos por una concordia fecunda y por el intercambio amistoso de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria permanece consignada en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u oscurecer.
El proyecto globalista: un mundo sin raíces ni trascendencia
El Globalismo pretende fundir al mundo entero en un todo igualitario y anticristiano. Quiere forzar a los pueblos a mezclarse en una gran licuadora para formar un pueblo universal que no reconozca naciones, ni tradiciones, ni particularidades propias de su psicología, vocación o familia de almas. Sin fibra ni osamenta, el hombre microfracturado y amorfo tampoco tendrá religión.
El Globalismo Universal busca la desaparición de las religiones y el surgimiento de un sentimiento difuso de “lo divino”, sometido a la pseudo‑moral laica y descompuesta de este fin de milenio.
Esa masa idiotizada carece de ideales y de sentido trascendente. Es inmediatista, ansiosa, moralmente liberal, pragmática e indiferente ante el acontecer mundial. Y será, en esencia y en última consecuencia, anticristiana.
La elección personal
Y lo digo yo, una persona imperfecta, pecadora y con pocas virtudes, pero que lucha por seguir a Cristo y a la Virgen María con todas mis fuerzas, entre caídas y levantadas diarias.
Jesús ya dijo que Él era el camino, la verdad y la vida. Ese camino difícil seguiré: el del dolor, sí, pero también el de la alegría inmensa de ser hijo de Dios.
