Conversaciones en el andamio: Alatriste encorsetado. Por Francisco Gómez Valencia

Alatriste encorsetado.

«Lo de achantarse a la primera de cambio ha demostrado poca destreza, escasa locuacidad y una pésima visión de negocio editorial»

Aquí arriba somos mucho del hijoputismo de don Arturo aunque reconozco que últimamente preferimos leerle gratis por Zenda más que verle en el hormiguero o encaramado a las tablas de sus saraos. Sabíamos que ante todo vive de recordar sus hazañas bélicas y de amortizar su afilada pluma aunque por eso mismo (por lo de contemporizar) le viene la casta, esa más propia de galgos que de capitanes pues ciertos canes con la edad tiran para delante básicamente gracias a su inestimable espíritu de equilibrista y gruñón. Unos dicen que fue a por lana y otros que salió esquilado desde la derecha y trasquilado desde la izquierda.

Aquí arriba hemos hecho un sondeo y al 51% de la cuadrilla lo que les preocupa especialmente es ¿hasta cuando Cajasol? Mientras que al 49% restante (más stablishment of cource), lo que nos quita el sueño es… ¿de donde saca esos pedazos de sofás?

Lo cierto es que en Alatriste todo se pudre ante la mirada atónita del lector (o del espectador caso de vagos y fans de Viggo Mortensen), y pasamos de un don Diego lozano, a un tercio acabado; de un noble agradecido, a un noble servil, ladrón y mamporrero; de un Quevedo amargado pero altivo, a un jodido desarrapado y peor aún, encarcelado; de un joven e iluso aprendiz enamorado, a un soberbio asesino finiquitado como abanderado; de un Conde-Duque emocionado, a un loco trasnochado; de una gran puta —mujer deseable donde las hubiere—, a un cúmulo de pústulas sangrantes y claro y porqué no decirlo; de un reportero impermeable al miedo y las críticas, a un abuelo cebolletas y usurero.

Lo de repetirse más que el ajo tempranero es un síntoma de la decrepitud propia de la vida, lo de autocitarse sin compasión, un acto propio de cierta burguesía intelectual cansina y altanera, lo de equilibrar la balanza entre hijoputas y salvadores de la patria llenando los platillos de buenismo a granel, es indigno y más propio de mangantes liberales.

Literatura y guerra civil.

Lo de achantarse a la primera de cambio ha demostrado poca destreza, escasa locuacidad y una pésima visión de negocio editorial. Y lo de intentar debatir con perdedores al poder o a su sombra, es más bien de tejemanejes y empesebrados a la vera de cualquier vulgar Caja de ahorros.

Para octubre nada menos que lo ha aplazado y digo yo: alguien no se ha planteado que de eso mismo ya se habla por ejemplo, en las charlas del Espacio Ardemans, se publica en la editorial SDM ediciones, se trata y debate en Informa radio, o el la tertulia de los húsares del gato al agua de los viernes en Toro TV, sin riesgo de que ratas chepudas, mujeres con vesícula, macarios premiados nadalmente, y demás resentidos, manchen con sus fluidos aquellos majestuosos sofás. 

Feliz día de Santa Juana y San Gilberto. 

Españazuela a 4 de febrero de 2026.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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