
«Siempre he oído decir a los mayores, que las precipitaciones torrenciales llegan a las zonas usurpadas por el hombre, con su escritura de propiedad bajo el brazo»
Esta frase es una llamada de alerta al sentido común. Una vez tras otra descubrimos que la madre naturaleza está por encima de las determinaciones que adopta una humanidad prepotente, que hace caso omiso de las recomendaciones nacidas de la experiencia.
Todo comienza por el afán de sobreexplotar el uso del terreno, invadiendo las zonas que la naturaleza utiliza -cuando lo necesita- para completar el ciclo natural de las aguas. Por medio de arroyos, vaguadas, torrenteras, etc., los excedentes acuíferos van buscando su salida al mar, una vez empapado el terreno y llenado los depósitos de aguas subterráneos. Cuando, como sucede actualmente, las precipitaciones se disparan, surgen problemas de todo tipo.
Nos encontramos con viviendas edificadas en las zonas inundables de los márgenes de los ríos o en las costas marítimas. Carreteras y caminos que cruzan vaguadas. Túneles en medio de depósitos subterráneos de agua. La especulación y la ignorancia les hacen parecer a los infractores, que dominan por completo los elementos. Lo que los hechos les demuestran que es un craso error.
Lo mismo sucede con las zonas amenazadas de movimientos sísmicos, en las que se construyen grandes edificios sin tener en cuenta la posibilidad de su destrucción posterior. O urbanizaciones en la zona de influencia de los volcanes, etc.
Nos viene bien que, de vez en cuando, los sucesos nos hagan recapacitar sobre nuestras capacidades de alterar la naturaleza de una forma exagerada. El ser humano se ha metido en una explotación del territorio como si se tratara de una especie de olimpiada. Más alto, más lejos, más rápido, más profundo, más grande… Trenes a 300 Km. hora. Vehículos sin conductor. Edificios-ratonera. Contaminación, destrucción del ecosistema, etc., etc. Todo ello a la búsqueda de un beneficio propio, no para mejorar el hábitat del conjunto de la humanidad.
Menos mal que aprendemos a fuerza de palos. Los graves errores cometidos en la gestión de la Dana de Valencia, nos han servido para afrontar dignamente el famoso “río atmosférico”, que, bajo el nombre de Leonardo, nos ha amargado estos días, provocando un temor colectivo. Teniendo en cuenta que es mejor prevenir que curar, nuestro Juanma Moreno y su equipo, se han puesto las pilas y lo han afrontado muy bien.
Sigo pensando que la prepotencia humana y la dichosa Inteligencia Artificial tienen un límite. Así que tomemos ejemplo de lo que nos recomienda la madre naturaleza y obremos en consecuencia. La historia nos lo confirma. El agua siempre viene con la escritura de propiedad bajo el brazo.

