
«El presidente está cavando una trinchera que debilita la convivencia y degrada profundamente la dignidad de la presidencia que ostenta»
Lo vivido ayer en la sesión de control de nuevo desgraciadamente no ha sido un ejercicio de parlamentarismo, sino una exhibición de “comunicación de confrontación” llevada al extremo. Tras las noticias sobre su salud, el presidente Sánchez ha reaparecido con una agresividad táctica diseñada para anular al adversario mediante la descalificación personal. Desde los principios de la comunicación política, lo presenciado es una aplicación de manual de “la estrategia de framing negativa”, donde el objetivo no es refutar argumentos, sino deslegitimar la capacidad de Alberto Núñez Feijóo como interlocutor válido. “El ocupa de la Moncloa” ha optado por un tono si cabe más artificial que de costumbre e incluso elevado a veces sin necesidad, utilizando el sarcasmo para atacar la capacidad intelectual y la preparación del líder de la oposición. Estos ataques “ad hominem” buscan activar ciertos atajos mentales o heurísticos de competencia: al cuestionar la solvencia técnica de Feijóo, Sánchez proyecta una fatua superioridad tecnocrática que oculta las debilidades de su gestión criminal y corrupta. A estas alturas de la película “el felón” no debate sobre la eficacia de sus pésimas leyes, sino sobre si el oponente es «capaz» de entenderlas, reduciendo el Congreso a un escenario donde la mofa sustituye al dato. ¿Y si la mofa sustituye al dato, como queda su relato? Pues a la altura del barro.

Volviendo al tema, es evidente que este despliegue no buscaba convencer al votante indeciso, sino que responde a una operación de marketing político de «movilización de la base«. Sánchez ha hablado directamente a su grupo parlamentario y a colectivos que el relato gubernamental identifica como sus clientes electorales: trabajadores, funcionarios, pensionistas, inmigrantes, perceptores del SMI o del Ingreso Mínimo Vital. Al elevar el tono, trata de reconstruir su muro simbólico bajo la técnica del «nosotros contra ellos«, presentando a Feijóo no como una alternativa, sino como una amenaza moral para los derechos conquistados. Cada vez que el presidente trata de ridiculizar al líder del PP, envía una señal de complicidad a los suyos, reafirmándose como el único garante de sus intereses frente a una oposición que tilda de incapaz. Esta estrategia de segmentación busca blindar el apoyo de quienes han recibido mejoras salariales, vinculando emocionalmente su bienestar económico con la permanencia de un líder que supuestamente «golpea fuerte« al adversario, evitando así que el descontento por otros temas permee en sus caladeros de votos tradicionales.
Craso error, pues ya estamos comprobando que colectivos supuestamente secuestrados como son los pensionistas, la mayoría de los inmigrantes legalmente establecidos, los médicos, e incluso una buena parte de la función pública, da por finiquitada esta etapa una vez que han visto colmadas sus aspiraciones dentro de un entorno general absolutamente destartalado. Sin duda son conscientes de que ahora toca reconstruir para en un futuro a medio plazo, poder seguir exigiendo sus condiciones negociando con la izquierda, la cual siempre termina por ceder, pues al creer que la calle es suya, no soporta que desde ahí se aireen sus carencias.
Volviendo a lo nuestro, lo más grave es el intento sistemático de deslegitimar el papel de la oposición. La comunicación política advierte que, cuando un gobernante cuestiona el derecho del otro a preguntar en lugar de responder, se entra en una fase de erosión institucional, aunque en el caso español se puede afirmar que ya queda poco desgraciadamente por erosionar. Ayer Sánchez, como cada miércoles que va al Congreso, no ha rendido cuentas, ha intentado convencer a la audiencia de que Feijóo no tiene el «nivel» necesario para ocupar su escaño. Esta infantilización del rival es además de un mensaje acorde con su electorado, un chusco ejercicio para anular la posibilidad de alternancia en el imaginario colectivo: si el adversario es «ridículo», su crítica queda invalidada. La política, reducida a un espectáculo de dominación dialéctica, olvida su función de servicio, pero claro, es que hablamos de Pedro Sánchez.
“Cara Delgá” ha preferido el aplauso fácil de su banda antes que el respeto a la liturgia parlamentaria. Al utilizar su supuesta superioridad como escudo, no solo menosprecia a la oposición, sino que insulta la inteligencia de los ciudadanos que esperan respuestas. En su afán por blindarse ante sus colectivos, el presidente está cavando una trinchera que debilita la convivencia y degrada profundamente la dignidad de la presidencia que ostenta, marcando un antes y un después difícil de superar en mucho tiempo.
Obviamente nunca mereció el cargo que ostenta, y lo que es peor, tras ocho años manteniendo secuestrado al país, no se ha ganado seguir viviendo de la sopa boba cuando algún día deje de ocupar la Moncloa, aunque una cosa está clara —y esto va para Feijóo y el Partido Popular—, Sánchez aún no es pasado, está vivito y coleando, y no está muerto (políticamente hablando), ya que continúa de parranda.
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Feliz día de San Alejandro y San Porfirio.
Españazuela a 26 de febrero de 2026.

