España, reloj de arena. Por Diego Pardos 

España, reloj de arena. ilustración de «El libro del reloj de arena» (Ernst Jünger) Argos Vergara, Barcelona, 1985.

«España cae también a esas profundidades del subsuelo como la arena del reloj, sin que nadie acierte a darle la vuelta»

Siguen las malas noticias en el suma y no acaba de España. Ahora unos muchachos, casi unos niños, que pierden la vida al quebrarse un puente de madera en Santander. Si causa estupor e indignación el descarrilamiento de dos trenes con el resultado de la muerte de casi cincuenta personas y ya el miedo y la desconfianza en nuestro sistema ferroviario pone una distancia de años luz entre la recaudación impuesta por el Estado y el gasto debido a los ciudadanos y a su bienestar, ahora es aún más difícil de soportar que un trozo de puente (unos metros), un puente chiquitito puesto para salvar una brecha, una sima que estaba sin estar, porque los puentes están para eso, para que uno no caiga al vacío de una sima. Es posible que haya que dejar los acantilados en paz, con su aviso de peligro y de belleza y es posible también que España sea ya un gigantesco puente carcomido o roto por donde sus desgraciados moradores transiten casi como fantasmas. 

Puente de madera en Santander…

No recuerdo ya si de esto más o menos se hablaba el jueves en el programa de Informa Radio “En la boca del lobo” que presentaba esta vez Cristina Sol. Sí atendí lo que pude al desahogo del historiador Fernando Paz y a los epítetos poco amistosos que dedicó al alcalde de Madrid, el señor Martínez-Almeida. Fue a propósito del asunto no por ya antiguo menos sangrante de la zona de bajas emisiones. Del veto, de la cancelación, del castigo que se inflige al pobre (despleguemos todas las acepciones del término) trabajador, extinguida ya la oprobiosa clase media, que pretendía hacer uso de su vehículo viejo para, iluso, circular por la capital. Ay de esa recurrente y loada igualdad: usted, don José Luis, ecológico y transitivo; y usted, don Fernando, ciudadano tan contaminante… 

 

Entonces no podemos ya coger el tren (esos patrióticos Goicoechea-Oriol) porque no hay quien se fíe del ministerio; es imposible usar nuestro utilitario de gasóleo, al que le siguen exigiendo el impuesto de la circulación, el impuesto de la iteuve, el impuesto del seguro, el impuesto de la zona azul, o naranja o roja, el seguro de la autopista; no podemos tomar un taxi porque no “todo el año es carnaval” (como cantaba Gardel). Y dinero no nos queda para la Iberia o el Aviaco y la gente de secano ni se puede embarcar en un velero llamado Libertad, como quería José Luis Perales. 

 

Mientras tanto en Teruel… mientras tanto en Teruel ya ha tomado posesión de su cargo la nueva jefa de gabinete de la vicepresidenta primera de la Diputación Provincial. Me pregunto si estará en la misma tesitura la vicepresidencia segunda y si es así le deseo que encuentre pronto un buen secretario. ¡Y que arreglen las carreteras comarcales, caramba! Tenemos noticia también de que la hija de la grulla Josefina ha pasado el invierno por estas tierras del Jiloca y Gallocanta (¿qué vicepresidencia se ocupará de estos asuntos? Uno se halla intrigado). 

 

Corren las sociedades modernas a la velocidad de los tiempos, trepidantes, sin esperar el paso de las generaciones. Las decisiones políticas y financieras no dan un respiro y el hombre actual ya es una computadora sin alma ni reflejos caída en una obsolescencia programada y paralizante. España -como en el poema de Gil de Biedma– se arrastra sorbida “hacia un trasfondo de sima”, cae también a esas profundidades del subsuelo como la arena del reloj, sin que nadie acierte a darle la vuelta. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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