
«La exposición gira en torno al hotel Torrontegui, fundado por los antepasados de la artista en 1893, en la Plaza Nueva de Bilbao»
Entrar en Trucada e imperfecta no es solo cruzar la puerta de una sala, sino aceptar una invitación a perderse. A internarse en ese extravío fértil que pertenece a la memoria, a la infancia y a los espacios vividos antes de ser comprendidos. La muestra de Rut Olabarri, que estuvo en la Sala Rekalde de Bilbao hasta el 15 de febrero e irá este mismo año al Museo Topic de Tolosa, es una obra profundamente personal, construida a lo largo de seis años de trabajo minucioso, donde pintura, textil, collage, instalación y relato autobiográfico se funden hasta ser inseparables.
La exposición gira en torno al hotel Torrontegui, fundado por Sabino Canuto Torrontegui casado con Isidora Ibarra, antepasados de la artista, en 1893, en la Plaza Nueva de Bilbao. Un hotel sofisticado, conocido por su cocina y por haber sido frecuentado por personajes como Alfonso XIII, Unamuno o García Lorca. Más tarde se trasladó al Arenal, donde permaneció abierto hasta su cierre en 1973. Un hotel de otro tiempo, regido por la familia de la artista, que no solo trabajaba allí: también vivía en él. Para Rut, pasar su infancia en un hotel junto a sus cuatro hermanos durante los años 60, era habitar “en una casa con miles de puertas”, pasillos interminables, ascensores con ascensorista uniformado, trampillas, puertas falsas y habitaciones ocultas. Un lugar fascinante, una mezcla constante de lo doméstico y lo teatral, de lo cotidiano y lo misterioso.
Por la puerta giratoria de un hotel siempre hay gente distinta que entra y sale, pasan viajeros cosmopolitas y seductores, pero también personajes inquietantes, quizá portadores de secretos oscuros, capaces de impresionar profundamente a un niño. Esa ambigüedad atraviesa toda la muestra. Nada es del todo lo que parece. De ahí el título: Trucada e imperfecta. Trucada como una escenografía alterada para parecer normal; imperfecta como la vida misma, como la memoria, que nunca es nítida ni completa.
Uno de los textos de la artista habla de un sueño recurrente: una puerta desconocida en su cuarto que, al abrirse, da paso a una habitación llena de objetos y fotografías familiares que resultan cercanos, pero irreconocibles. Esa imagen es clave para entender la exposición. El visitante cruza un teatral e impactante umbral —una “boca de escena” según su creadora— escoltado por dos enormes figuras sin rostro que parecen representar al ascensorista y al ama de llaves, la Srta. Frosia y accede a un espacio concebido para recrear una visión interior: un vestíbulo mental, una antesala del imaginario.

El recorrido se convierte en una experiencia envolvente. Grandes pinturas conviven con estructuras textiles, muñecos fragmentados, vestidos suspendidos, piernas colgantes, jaulas, mesas, manteles, cortinas y papeles pintados. Hay algo de casa de muñecas y de teatro de marionetas, pero también de altar doméstico y archivo familiar. Todo parece dispuesto para ser mirado y, al mismo tiempo, para devolver la mirada.
Uno de los hilos más potentes de la exposición es la genealogía femenina. La historia del Torrontegui es, sobre todo, la historia de mujeres que sostuvieron una familia y un negocio. Desde la bisabuela, viuda dos veces, que sacó adelante a cinco hijos y levantó el hotel con un carácter férreo, hasta la madre de Rut, que aún vive y conserva en su desván esas grandes cajas azules llenas de fragmentos de aquella vida. Un papel pintado que se repite como un mantra visual la representa de niña cavando en el jardín: una imagen sencilla y, a la vez, profundamente simbólica.
Se evocan también relatos, casi legendarios, transmitidos oralmente que adquieren una dimensión trágica y mítica. Así el del bisabuelo que cae del carro de caballos y muere al no ser atendido por la absurda disputa entre dos pueblos limítrofes. En la exposición, estos episodios no se ilustran de forma literal: reaparecen como ecos, como tensiones soterradas entre lo bello y lo terrible.

El textil ocupa un lugar central. Manteles, vestidos, colchas, cortinas, bordados, escapularios y pequeños objetos guardados como tesoros funcionan como superficies de memoria cuidadosamente entretejidas. El antiguo mantel blanco, la mesa preparada, la vajilla de Limoges aún reluciente, los cubiertos dorados: todo lo que parece pertenecer al ámbito del cuidado y la celebración también se revela como espacio de trabajo, repetición y desgaste. Bajo la mesa, a veces, aparecen unas piernas de niña con sus zapatitos escolares.
Durante el confinamiento, —otro tiempo de encierro forzoso y observación— la autora recordó imágenes que le habían contado de un encierro anterior: los huéspedes del hotel durante la Guerra Civil, asomados a las ventanas, demasiado aterrados para salir. A partir de esa idea realizó varias fotos desde una ventana que configuraron un dibujo animado, que parece capturar la resonancia de aquel miedo antiguo redivivo y, al mismo tiempo, el impulso de mostrarse aunque no se sepa quién mira.
A pesar de su densidad emocional, la muestra no es sombría. Es colorida, lúdica, incluso humorística. Hay disfraces, objetos absurdos, composiciones casi carnavalescas. Resulta fundamental la colaboración con Eduardo Sourrouille, el fotógrafo que acompaña el proyecto con divertidas tomas en una las cuales Rut aparece cubierta de cachivaches, con una olla en la cabeza cuya asa le evoca la turbadora boca del carbonero que abastecía al hotel. Estas fotografías introducen una saludable capa de juego y autoironía que equilibra la carga memorial.

La referencia constante a Alicia en el País de las Maravillas no es casual: el mundo del revés, la lógica desplazada, la pregunta permanente por el sentido de las cosas atraviesan toda la propuesta. Lo fantástico no es evasión, sino una forma de decir verdades que de otro modo resultarían incomprensibles o insoportables.
Uno de los mayores aciertos de la exposición es su carácter abierto. No hay relato cerrado ni moraleja. El visitante se mueve entre fragmentos, restos de un naufragio cuidadosamente guardados. La memoria no se presenta como archivo ordenado, sino como un territorio para deambular, incluso con una curiosa cama puesta a su disposición para pernoctar y soñarse.
No es una exposición pensada para la venta ni para el consumo rápido. Su vocación se acerca más a la de un museo de la experiencia, o a una muestra itinerante capaz de adaptarse a otros espacios sin perder su esencia. Es una obra singular, que apuesta por la lentitud, la acumulación y la implicación emocional.
De ella se sale transformado como después de penetrar en un sueño ajeno que, sin saber muy bien cómo, se ha vuelto propio. Sueño del que no se recuerdan muchos de los innumerables detalles, pero sí la fuerte sensación de haber cruzado otra puerta secreta a través del tiempo hacia un hotel de otro siglo, donde pasajeros efímeros entrecruzaban sus vidas, trucadas e imperfectas, como todas.

