
«Parece ser que los mayores somos un campo abonado para los timadores que se asoman a nuestras líneas telefónicas o acceden a nuestros correos electrónicos»
No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí. Estoy permanentemente bombardeado por llamadas misteriosas en las que se me ofrece constantemente el “oro y el moro” (con perdón) si decido cambiar de compañía eléctrica, o de gas, si me quiero comprar un “sonotone”, ir de viaje a la Cochinchina o invertir en la bolsa de Tegucigalpa.
Mucho peor es cuando te dicen que ha tenido un accidente un familiar y necesitan dinero urgentemente, o suplantan a tu banco y te sacan tus datos subrepticiamente. A esos los tenemos más calados. Me piden datos de cuentas en bancos que jamás he visitado. Ayer mismo me largaron una factura falsa del Corte Inglés, me pidieron unos datos y me han tenido toda la noche sin dormir. Anulación tarjetas de crédito y dolor de cabeza.
Los más recalcitrantes son los de las compañías eléctricas. Me tienen cogido el horario. A la hora de comer o en medio de mis clases vespertinas. Siempre sale una señorita, con acento caribeño marcado, que se me presenta muy educadamente y que me cuenta siempre una teoría peregrina sobre un contador.
A veces me toca un “tele vendedor” más agresivo. Ante mi negativa a continuar la conversación, me amenaza con una serie de problemas y un corte inmediato del suministro. Lo peor es que ya me llaman también desde un gran almacén, con la pretensión de suministrarme la energía eléctrica “con unas condiciones especiales”.
Parece ser que mi teléfono y mi dirección de correo electrónico esta como el NODO: “al alcance de todos los españoles”. Al teléfono fijo ya no lo cogemos en casa directamente. Pero a través del móvil, lo mismo te dan o te anulan una cita médica, o te avisan de algún problema familiar desde un número desconocido.
Sé que hay una normativa al respecto. Que puedes bloquear líneas. Ellos saben más que tú. Cambian el número de la llamada y te importunan desde cualquier provincia de España. Resumiendo. Te crean la duda y acabas por escucharlos pacientemente antes de mandarlos a esparragar.
Es una tortura psicológica. Otra servidumbre de los tiempos modernos. A veces añoro aquellos años en los que teníamos que pedir una conferencia para hablar con el pueblo de al lado. Tenía su encanto. Y además no te bombardeaban los muy…
