
«La obra de POTOK – Daniela Gómez Merladett desprende una alegría, que lejos de ser ingenuidad, se transforma en una vital forma de coraje»
Hay artistas que llegan al arte como quien entra a una casa ya construida y establecida: con sus medidas, sus dependencias, sus pasillos, sus cromatismos… Y hay otras que levantan su propio refugio, a golpe de pincel, color y lienzo, con lo que la vida les deja al alcance de la mano.

Donde empieza una voz
En la obra de Daniela Gómez Merladett, conocida como POTOK, lo que aparece no es solamente una imagen: aparece una forma de vivir. Son obras que no parecen venir de un plan académico ni de una estrategia de estilo. Su trabajo —mural, pintura, collage o pieza reciclada— nace del cruce entre intuición, experiencia compartida y una necesidad muy concreta de decir con las manos lo que a veces no se puede con palabras.
Colonia del Sacramento, con su doble memoria hispano-lusa de piedra y su luz lenta espejada en la plata del gran Río, es su lugar natal y afectivo. Pero Potok no pinta lo antiguo como postal: pinta lo vivo. Y su mundo, aunque esté hecho de flores, rostros y vegetación imaginaria, tiene algo profundamente real: la presencia de alguien que aprende, trabaja, insiste… que hace lenguaje de su biografía.
Potok fue construyendo su camino en esos lugares donde el arte suele crecer con más libertad, sin la distancia fría de lo impecable: talleres informales, casas, paredes prestadas, escenarios, bares, exposiciones colectivas y encuentros con artistas de muchas disciplinas.

Improvisar como método: el presente como motor
No se trata de una carrera diseñada desde el centro sino una práctica que avanza por los márgenes fértiles: los lugares donde el error no es un problema, sino un método; donde improvisar es aprender; donde el presente manda. Su obra no responde a planes. Responde a impulsos. Como si cada obra llevara consigo una frase íntima: “esto lo hice yo, con lo que tenía, con lo que soy”.
Hay una energía particular en las obras de Potok que recuerda al ritmo de la música. No es casual. Parte de su formación se afianza en una experiencia esencial: pintar en vivo, acompañada por músicos, respirando el mismo momento que el público, trabajando sin red.
En ese contexto aparece algo que en Potok es central: la improvisación como método. como quien escucha, corregir como quien baila, decidir en movimiento. Pintar en vivo no permite retroceder demasiado. No se puede “corregir” el presente pero sí atrapar las oportunidades que a veces nos regala, el Kairós. En ese contexto, el error no es derrota: es una puerta. Lo inesperado no arruina: revela.
Potok parece comprender algo decisivo: la perfección no emociona tanto como la autenticidad. Y su obra está llena de decisiones espontáneas que luego encuentran equilibrio. Como un tema musical que nace libre, avanza por acordes, por ritmo, por respiración y termina siendo forma.

Collage y reciclaje: rescatar, coser, superponer
En su universo creativo el collage no es adorno: es una filosofía.
Papeles, cartón, retazos, materiales reciclados… Potok recoge fragmentos que parecían destinados a desaparecer y los vuelve parte de una nueva imagen. Hay allí una ternura obstinada: rescatar lo que el mundo deja atrás. Y también hay una inteligencia poética: entender que la belleza no es un material caro, sino una forma de mirar.
POTOK trabaja el collage como quien arma una geografía personal. En una de las piezas, su foto de perfil de WhatsApp, un gran pájaro anida sobre la cabeza de la artista. En otra aparece un paisaje compuesto por recortes: cielo roto en fragmentos, montañas, una ciudad que parece puesta sobre otra, y en el medio una figura humana que camina como si atravesara épocas distintas. Mas allá esa moza baila alegre, quizás las llamadas de Candombe en Colonia revestida de periódicos. A su vera, ¡shhh!, nos parece oír una bicicleta surcar las aguas.
Recorta, superpone, mezcla. Une lo que parecía inconciliable. Esa estética dialoga directamente con su manera de estar en el mundo: un arte que no busca quedar “terminado” como un objeto cerrado, sino seguir vivo. Y así aparece una idea persistente en su obra: la realidad no es una sola. La realidad se construye con capas. Con memoria. Con pedazos rescatados de la propia vida.

Pintura, vegetación y color: el jardín como territorio interior
Potok pinta vegetación, pero no como botánica. Sus flores no son flores de manual: son flores del alma. Son signos que hablan un idioma propio.
Hojas enormes, tallos como líneas de escritura, frutos que parecen inventados por una infancia feliz. La vegetación en su obra no es un fondo: es protagonista. A veces envuelve rostros, a veces nace del pelo, a veces se traga cuerpos y hace emerger piernas del follaje, a menudo ocupa el cuadro entero, como si la naturaleza no fuera afuera, sino adentro.
El color cumple un papel central. Potok trabaja con tonos vivos, alegres, intensos, una paleta emocional. Cada verde parece tener un matiz de esperanza; cada azul, un descanso; cada rosa, una celebración. A veces aparecen rojos y naranjas intensos, que cortan la calma como una flor inesperada o una herida alegre.
Su obra no niega la dureza del mundo: la transforma en otra cosa.

Los rostros: ojos cerrados para escuchar lo invisible
En varios cuadros aparecen rostros femeninos, casi siempre con los ojos cerrados. No están dormidos: están escuchando.
Hay en esos perfiles una calma profunda, una especie de concentración suave. Los contornos son limpios, la piel aparece como un blanco luminoso rodeado de ríos de color: cabellos que se vuelven agua, bosque, espiral, viento.
Esos rostros parecen representar un modo de resistencia íntima. En un tiempo donde todo exige ruido, cambio y rapidez, Potok se detiene en una belleza quieta, meditativa. No como evasión, sino como fuerza serena: el cuerpo baja la guardia, pero el mundo alrededor no se apaga; al contrario, florece.

Murales: cuando el arte se vuelve lugar
Potok no se queda en el formato del cuadro. Su obra crece y busca espacios. Los murales de Potok no son “decoración”: son una manera de recibir.
Eso se entiende especialmente con el mural del despacho de abogados ALS que dirige el Dr. Loinaz, que ocupa una pared entera y funciona casi como un paisaje mental: aguas azules, horizontes que respiran, formas vegetales que enmarcan una columna orgánica y una simetría envolvente que transforma el lugar en un espacio que respira acogida y certeza.
En Buquebus —territorio de tránsito, de llegadas y despedidas a Buenos Aires— su pintura aparece como una bienvenida visual. El viajero atraviesa el espacio con prisa, con valijas, con expectativas. Y allí, de pronto, un muro o una intervención le recuerda otra cosa: que hay un lenguaje que no se apura. Un lenguaje que se contempla.
En la calle, lo mismo: Potok lleva su mundo a lo público. Sus ondas de color y sus flores amplias hacen que el cemento no sea solo cemento. Un mural suyo no es “decoración urbana”: es paisaje emocional. Un gesto alegre de hospitalidad para cualquiera que pase.

Una obra cercana, comunitaria, sin pedestal
El recorrido de Potok no se limita al circuito tradicional. Su obra se despliega también en proyectos comunitarios, colectivos, editoriales, ilustración, intervenciones en espacios culturales autogestionados. Libros, discos, paredes, encuentros.
Ese modo de trabajar habla de una artista que no entiende el arte como pedestal, sino como práctica comprometida: una acción sensible, social, compartida. Un arte que ocurre en relación con los demás, en diálogo con la música, con la calle, con el barrio, con la vida real. Pero aunque el formato cambie —pared, lienzo, papel, madera o metal— hay algo que no se modifica: la cercanía. Potok no pinta desde arriba. Pinta desde adentro.

EPÍLOGO: Un territorio vivo
El mundo de Potok crece como crecen las plantas: con paciencia, con luz y sombras, con ciclos y estaciones. Y ahí está quizá su fuerza verdadera: en construir un jardín donde otros solo verían fragmentos, en hacer de lo reciclado una forma de luminosidad, en convertir lo cotidiano en símbolo.
No se trata de llegar a un estilo definitivo; se trata de seguir abriendo camino. Por eso tiene algo profundamente contemporáneo: entiende que el arte no es un objeto fijo, sino un territorio vivo que transmite una sensación rara y preciosa: la sensación de que todavía es posible hacer algo vivo y compartido.
Un territorio donde caben la música, la calle, el mural, el collage, su hija y mejor compañera de 11 años Emilie, la ciudad, el Río de la Plata…
Y donde la alegría —lejos de ser ingenuidad— se vuelve una forma de coraje.

