
«San Esteban de Viguera es una pequeña y alejada del mundanal ruido ermita de estilo románico construida en el siglo X y reformada posteriormente en el siglo XII».
Hoy os presento uno de los ejemplos más antiguos y singulares del arte románico de La Rioja en cuyo interior custodia unas pinturas inspiradas en los códices emilianense y albeldense.
Pese a que se han perdido buena parte de las pinturas, son probablemente el conjunto de pinturas románicas más valioso de La Rioja. Fueron realizadas en la restauración del templo del siglo XII, de estilo mozárabe, son del mismo estilo que las de los monjes coetáneos de San Millán de la Cogolla o los de San Martín de Albelda, autores del Códice Albeldense. Al igual que en sus obras, predominan cuatro colores: rojo, ocre, blanco y negro, y se realizan con trazos negros que posteriormente se rellenan.

Aunque no existen documentos de la época que narran el origen de este templo, se cree que probablemente tuvo origen visigótico, datando aproximadamente de los siglos VIII o X, y más tarde entre los siglos X o XII. Ya en pleno románico, se le hizo una reforma, cambiando su ábside, posiblemente de madera por uno con acabado redondo en cuarto de esfera y de piedra.
Hay varias teorías sobre su origen. Podría ser un punto de reunión para los eremitas de antes de la invasión musulmana que vivían a lo largo del valle del Iregua en diversas cuevas o quizás un oratorio que podría haber formado parte de un conjunto con una fortaleza cercana.

La ermita cae en el olvido durante siglos y ya en los años cincuenta del siglo XX se redescubre, en pésimas condiciones y con parte del ábside derruido por el derrumbe de una roca. Se reacondiciona en 1953, pero aunque la estructura ya no corría peligro, durante los 80 y 90 sufrió lamentable vandalismo, pues en el interior se hicieron pintadas, se guardó ganado y hasta se encendieron hogueras.
Ya en 1999, ante el alarmante deterioro de las pinturas, fueron restauradas. La última restauración exterior data del 2014 y fue muy polémica ya que le cambió el aspecto exterior al templo.
Su estado y la ausencia de eremitas permanentes, en este templo y tantísimos otros, como San Saturio en Soria, San Frutos en Segovia… parten de aquella histórica y maldita desamortización de Mendizábal (1836-1837) que tuvo consecuencias devastadoras y transformadoras para el patrimonio eclesiástico, afectando profundamente a monasterios saqueados y abandonados, conventos y eremitorios con igual suerte. Esta medida nacionalizó y subastó las tierras de la Iglesia para financiar la guerra carlista y reducir la deuda pública. A ese abandono forzado se añade el consiguiente deterioro y la relajación de la Fe, además de la triste falta de vocaciones para la vida de oración, silencio y absoluta soledad.

