Fuente de los Cuatro Ríos y Santa Inés, belleza y esplendor. Por Susana del Pino

“A lo largo del tiempo, Roma ha sido una ciudad importante…ya no puedo vivir sin ella”.

Javier Reverte (1944-2020). Escritor español
Estadio de Domiciano. Grabado, 1613.

«La Plaza Navona es el legado de un imperio resucitado por el Barroco, en el que el gusto innato de los italianos por lo sublime transforma lo cotidiano en algo espectacular»

El emperador Tito Flavio Domiciano (51-96) mandó construir en Roma el Estadio o Circo Agonalis en el 85 d. C., concebido para competiciones atléticas como las carreras de cuadrigas y potros juegos. El nombre agonalis procede de la palabra griega agon que significa competición. Con 275 metros de largo y 107 de ancho y capacidad para treinta mil espectadores, estuvo en funcionamiento hasta que fue abandonado tras la caída del Imperio Romano en el siglo V.

Paulatinamente el estadio fue desmantelado para reutilizar sus materiales en edificaciones posteriores en la ciudad, como desafortunadamente ocurrió con otros muchos.

Restos del Estadio de Domiciano.

Con los cimientos del antiguo circo, algunos actualmente visibles, en el siglo XV comenzaron a construirse algunos edificios, estableciéndose el espacio como plaza pública al trasladar allí uno de los grandes mercados de la ciudad, lo que llevaría a pavimentar el terreno, adaptándose a la forma característica del antiguo estadio.

Será en el siglo XVI cuando se instalarían dos fuentes en cada extremo de la plaza, cuyo diseño fue de Giacomo della Porta (c. 1534-1602) y en el centro un gran abrevadero; así la plaza se fue configurando con los años, aunque será en el Barroco cuando se consolide como un gran espacio urbano de gran monumentalidad.

Retratos de Inocencio X y Olimpia Pamphili, ambos realizados por Velázquez.

Es en este periodo cuando hay que mencionar una de las figuras más poderosas durante el siglo XVII en Roma, Olimpia Maidalchini Pamphili (1591-1657), conocida como “La pimpaccia”, cuñada del papa Inocencio X (1574-1655). Mujer muy ambiciosa y sin escrúpulos, consiguió ejercer una gran influencia en la política y en las decisiones de la Iglesia. Su historia bien merece un capítulo aparte. 

A pesar de su mala reputación, hay algo que sí hay que reconocerle, la construcción de la Fuente de los Cuatro Ríos en esta plaza emblemática, ya que, gracias a ella que se inclinó por Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) y no por Francesco Borromini (1599-1667) para su realización e influyó en el papa para la decisión definitiva, se construiría la magnífica fontana que se alza como uno de los símbolos barrocos más emblemáticos de Roma, en una las plazas más visitadas en Europa, la extraordinaria Plaza Navona, cuyo nombre procede del italiano in navone que significa en la gran nave.

Plaza Navona, Roma.

La gran fuente de Bernini se alza en el centro de la plaza y se plantea en torno a una cubeta de forma elíptica realizada en mármol travertino sobre la que se sitúa un acantilado que sostiene un obelisco egipcio realizado en granito, recuperado del antiguo circo de Majencio en la célebre vía Appia antica.

En las esquinas de las rocas aparecen cuatro figuras, divinidades fluviales, que representan los cuatro ríos principales de los continentes entonces conocidos. 

El Danubio, que representa a Europa, mira al obelisco y toca con su cabeza el escudo pontificio simbolizando el poder papal que se extiende en el continente; el Río de la Plata en América, aparece representado con monedas como símbolo de la riqueza proveniente del Nuevo Mundo, por otra parte, el brazo alzado representa el refugio de la nueva doctrina cristiana, recién difundida en este continente desde dos siglos antes. 

Representación de los Cuatro Ríos: (de izquierda a derecha): Danubio, Ganges, Río de la Plata y Nilo.

El dios fluvial que representa al río Ganges, que corresponde al continente asiático, lo presenta con un remo, haciendo alusión a la actividad marítima del río, y finalmente la figura que representa al Nilo, en África, aparece con los ojos vendados, lo que significa la ignorancia aún de los europeos por el río y el propio continente. 

En torno a la gran roca aparecen animales y plantas, especies que representan a cada uno de los continentes, aportando al conjunto viveza y exotismo, enriqueciendo la escena.

El agua, gran protagonista en la obra, recorre el monumento desde la base del obelisco, corriendo por los recovecos de la roca, lo que proporciona dinamismo, que junto a los contrastes de luces y sombras dotan a la obra, en la que se unen escultura y arquitectura, creando una extraordinaria escenografía.

El escudo de la familia Pamphili como símbolo de potestad de la familia de origen umbro, que en el siglo XV se afincó en Roma siguiendo a Carlomagno, y la paloma con una rama de olivo que corona el obelisco representa, no solo el Espíritu Santo, como triunfo de la Iglesia sobre el mundo, sino también el emblema de la influyente familia. 

Fuente del Moro (arriba) y Fuente de Neptuno, Plaza Navona.

Son también destacables las dos fuentes ya construidas por Giacomo della Porta en los extremos; la Fuente de Neptuno en el lado norte y la Fuente del Moro, al Sur, en las que Bernini y artistas posteriores añadieron nuevos elementos.

El papa Inocencio X utilizó la plaza para dar a conocer la grandeza de la familia Pamphili y el poder papal; además de edificios como el palacio y la iglesia que construyeron para uso familiar, símbolo de grandeza y suntuosidad. Una de las manifestaciones en las que demostrar esa ostentación y boato fueron las llamadas naumaquias, la recreación de famosas batallas navales que se organizaban en la plaza bloqueando las alcantarillas e inundando el espacio con agua de las fuentes. Estos espectáculos, realizados en época estival se realizarían desde su instauración en el siglo XVII hasta el XIX. Además de estos espectáculos navales tenían lugar torneos, desfiles, celebraciones con fuegos artificiales y otras exhibiciones que hacían de la plaza uno de los lugares de ocio más populares en Roma.

Naumaquia en la Plaza Navona, Roma. Antonio Juli (1700-1777).

Sería muy interesante escribir sobre los palacios en ella situados y contar algunas historias de este lugar tan significativo en la Roma barroca y del Ottocento. buen argumento para otra ocasión, sin embargo, quiero hacer un breve apunte sobre la preciosa iglesia de Santa Inés, Sant’ Agnese in Agone, para mí, uno de los lugares preferidos en esta ciudad que me fascina. 

Iglesia de Santa Inés en agote, Roma.

La leyenda popular cuenta como anécdota el hecho de que una de las figuras de la Fuente, concretamente la que representa al Nilo, está de espaldas a la iglesia. La explicación que muchos a lo largo de los años han dado no tiene ningún fundamento, pero sí alimenta la curiosidad sobre ese tipo de detalles que tanto gusta a los turistas.

Es cierto que Bernini y Borromini eran rivales, como dos grandes figuras de la historia del arte que, por supuesto pensando ambos en su propio beneficio, deseaban los favores del papa para impulsar su carrera; sin embargo, la Fontana de Bernini se inauguró en 1651 y los trabajos en Santa Inés comenzaron un año después, siendo nuevamente  Inocencio X el impulsor de esta iglesia, en principio concebida como capilla privada para su familia sobre la antigua iglesia allí existente dedicada a la mártir romana.

Cráneo de Santa Inés.

La joven Inés pertenecía a una noble familia romana que había acogido la fe cristiana. Cuando contaba con doce años de edad, un joven sobrino del emperador Diocleciano llamado Fulvio, hijo del Prefecto de Roma, Sempronio, se enamoró profundamente de ella e insistió para conseguir su amor; sin embargo, Inés, convencida de su fe cristiana y no contraer matrimonio, lo rechazaría una y otra vez hasta que el joven, muy contrariado al no poder alcanzar su propósito, la denunció por ser cristiana, siendo capturada en una de las terribles persecuciones en tiempos de Diocleciano y obligada a ser vestal y cuidar del fuego sagrado, algo que la joven no estaba dispuesta a hacer.

Ante su negativa, la enviaron a un lupanar o prostíbulo, en este caso el que estaba situado bajo las gradas del Estadio de Domiciano. Los lupanares eran muy populares en Roma y se situaban en los bajos de muchos de los edificios públicos de la ciudad. Allí fue obligada a prostituirse y mostrarse desnuda ante todos, sin embargo, al despojarse de su ropa, milagrosamente su cabello comenzó a crecer hasta tapar todo su cuerpo, no dejando ver sus partes íntimas, ante el estupor nadie excepto Fulvio quiso acercarse a ella; el joven, con idea de fornicar con la joven fue sacudido por un rayo de luz que lo dejó ciego; Inés imploró por su salvación y el joven tras recuperarse abandonó su idea.

Santa Inés, José de Ribera » El españoleto» (1591-1652).

El Prefecto decidió dejarla libre, pero ante el miedo a ser perjudicado en su carrera política abandonó el proceso, siendo su compañero Aspasio quien la sentenció a morir quemada; finalmente fue degollada como un cordero pues el verdugo encargado de decapitarla no pudo hacerlo. Es por esto por lo que cada año el 21 de enero, día de Santa Inés se celebra la bendición de los corderos.

Sobre una pequeña capilla medieval datada en el siglo VIII y dedicada a la joven mártir, las obras de la actual iglesia  las comenzó el arquitecto Girolamo Rainaldi (1570-1655) siendo Francesco Borromini quien las continuará hasta 1657, dos años después del fallecimiento del papa Pamphili. Su sucesor, Alejandro VII, no estando conforme con todos los trabajos de Borromini, creo una comisión para observar los errores que el arquitecto pudiera haber cometido, lo que acabó con el enfado y abandono de los trabajos por parte de éste.

Cripta de Santa Inés en agone, lugar del martirio, altorrelieve con la escena de la joven mártir apresada.

Sería Carlo Rainaldi (1611-1691), hijo de Girrolamo, el que continuaría con las obras, suprimiendo muchos elementos proyectados por Borromini. Olimpia Pamphili, siempre a favor de Bernini, le encargará a éste terminar parte del interior de la iglesia, colaborando en la última fase de las obras otros arquitectos como Giovanni María Baratta (1670-1747) y su hermano Francesco Baratta (c. 1590-1666) quienes finalizaron el proyecto con el campanario y la escalinata respectivamente.

La iglesia, con planta de cruz griega, propone un octágono en el centro unido por los ejes principales con cuatro capillas laterales dedicadas a Santa Inés, San Felipe Neri, Santa Francesca Romana y San Sebastián. En los cuatro lados diagonales con respecto a los ejes, se abren cuatro nichos, entre columnas pareadas donde se sitúan altares profusamente decorados. La iglesia muestra un interior con la máxima expresión del Barroco. 

En las pechinas, triángulos de forma curva y semiesférica entre los arcos sobre los que descansa la cúpula, están representadas las cuatro virtudes cardinales, Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza

Inicialmente se pensó en dedicar el altar mayor a Santa Inés, sin embargo, se sustituyó más adelante dedicándole una de las capillas. La figura de la santa es diseño de Bernini, aunque ejecutada por Ercole Ferrata (1610-1686); en su lugar presidiendo el altar se optó por un gran relieve de mármol blanco dedicado a la Sagrada Familia; coronando el tímpano que descansa sobre cuatro columnas verdes, los ángeles portan una paloma con una palma, símbolo del martirio. 

En la capilla dedicada a Santa Francesca Romana, que es junto a San Pedro, una de las protectoras de la ciudad de Roma, la figura de Francesca, acompañada de un ángel, se representa portando el libro con las Reglas de la congregación que ésta fundaría, la de las Oblatas de Santa María o de Tor´de Specchi; la escultura realizada en mármol es obra de Doménico Guidi (1625-1701). En la cúpula aparece Francesca ante la Santísima Trinidad y bajo el altar la pila bautismal en la que fue bautizada, recuperada de la iglesia que existía en ese mismo lugar dedicada a Santa Inés.

Escultura de Santa Inés, Ercole Ferrata (1610-1686). Diseño de Gian Lorenzo Bernini(1598-1680)

En la capilla de San Sebastián, simétrica a la de Santa Inés, la figura del santo realizada en el siglo XVIII por Pietro Paolo Campi (1688-1764) presenta una iconografía más clásica.  

San Sebastián, nacido en la Galia, aunque formado en Mediolanun (Milán), se educó en la fe cristiana desde joven; tras alistarse en el ejército romano, con las persecuciones de Diocleciano ayudó a muchos cristianos por lo que fue capturado y condenado a muerte por el emperador pasando por un terrible martirio, atarlo a un árbol para ser atravesado por numerosas flechas hasta acabar con su vida; sin embargo, logró sobrevivir y fue curado por una matrona llamada Irene, pero tras estos hechos fue a recriminar al emperador y éste de nuevo ordenó martirizarlo, asesinarlo y arrojarlo a la Cloaca massima, en esta ocasión sí murió y otra joven llamada Lucina lo rescató para darle sepultura cristiana en las catacumbas que más adelante llevarían su nombre en la vía Appia antica en Roma.

El papa Inocencio X sentía una profunda admiración por San Felipe Neri y estableció estrechos lazos con la Congregación del Oratorio de San Felipe, u Oratorianos, por lo que al tratarse de una iglesia para la familia decidió dedicar una capilla en honor al santo. Francesco Allegrini (1587-1663) realizó los frescos en los que se representa la escena de San Felipe acogido por María tras su muerte.

Relicario con escultura y cráneo de Santa Inés.

En esta capilla hay un tabernáculo donde se encuentra el cráneo de la santa, que, tras ser separado de su cuerpo, enterrado al morir en las catacumbas que llevaron su nombre en vía Nomentana donde se construyó la iglesia de Santa Inés extramuros, sería llevado al Sancta Santorum de San Juan de Letrán hasta 1903, año en el que fue trasladado por decisión de Pío X (1835-1914) a esta capilla. En el pasillo que da acceso a ésta se encuentra la entrada a la cripta donde se encuentran las tumbas de los Pamphili.

Tras bajar las escaleras que dan acceso a la cripta, un fresco de Santa Inés sostenida por un ángel y una inscripción que recuerda los hechos: 

«INGRESSA AGNES HUNC TURPITUDINIS LOCUM ANGELUM DOMINI PRAEPARATUM INVENIT» 

“ENTRADA AL LUGAR DE MARTIRIO DE SANTA INÉS DONDE EL ÁNGEL ENVIADO DE DIOS INTERVINO PARA SALVARLA”

Al entrar en ella, contemplamos veinte siglos de historia, donde entre los arcos y galerías bajo el antiguo Estadio de Domiciano, perdura el recuerdo de la joven Inés martirizada.

Vista de Plaza Navona.

La Plaza Navona es el legado de un imperio resucitado por el Barroco, en el que el gusto innato de los italianos por lo sublime transforma lo cotidiano en algo espectacular. Es una plaza que nos asombra; su majestuosa belleza perdura, ya que lo bello, cuando es verdadero, irradia una fuerza imparable.  Recordando las palabras del magnífico film Esplendor en la hierba… «siempre la belleza subsiste en el recuerdo».

Este lugar no solo se contempla, se siente, y es que cuando algo toca el alma, ¿qué más se puede pedir?… es ahí donde pertenecemos.

 

                                        

Málaga, 2026

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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