
«La fe cristiana fue creciendo en Hispania siguiendo un camino, que, a pesar de las persecuciones, vicisitudes, invasiones y amenazas, hoy en día la herencia cristiana continúa viva»
Aunque la tradición ha defendido la llegada del Apóstol Santiago a España y la difusión de la Palabra de Cristo, la determinación histórica de este hecho ha planteado ciertas dudas a lo largo de los años. El hallazgo de sus restos mortales en Santiago de Compostela (Galicia) en el siglo IX constituye el único vestigio de su presencia en Hispania.
La ausencia de textos y libros sagrados dificulta concretar los orígenes del cristianismo en la Hispania romana como consecuencia de la destrucción de estos por parte del Estado romano. Durante los tres primeros siglos de nuestra era, a partir del emperador Nerón (37-68), se decretaron diez terribles persecuciones con la intención de evitar que los fundamentos no solo religiosos, sino también políticos y sociales, pudieran verse afectados. En Hispania estas persecuciones fueron terriblemente violentas y se extendieron por toda la península. Además de las ordenadas por los emperadores Decio (201-251) en 259 o Valeriano (200-260) en 259, fue la del emperador Diocleciano (244-301) en el año 301 la más cruenta de todas.

Los martirios de algunos santos en diversas ciudades españolas como Santa Eulalia en Mérida, Santas Justa y Rufina en Sevilla, Santa Engracia en Zaragoza o Santa Leocadia en Toledo representan un claro exponente de cómo el cristianismo se había expandido en todo el territorio.
En este periodo de difusión de la doctrina cristiana surgieron algunos problemas que en Hispania tuvieron especial importancia. Por una parte, la creación del libelo, un documento ideado por el emperador Decio en el que se pedía a los obispos que con su firma reconocieran prestar culto a los dioses paganos, abjurando del cristianismo. Fueron muchos los que aceptaron esta propuesta, entre ellos Basílides, obispo de Astorga y Marcial, obispo de Mérida, a estos apóstatas se les conoció como libeláticos.
Por otra parte, hubo otro movimiento, difundido principalmente en Gallaecia y Lusitania, que fue alentado por Prisciliano (c. 340-385), obispo de la ciudad de Obila o Abila (actual Ávila); éste, imbuido por las herejías gnóstica y maniquea buscaba una reforma radical en la Iglesia, negando incluso la Santísima Trinidad. Prisciliano y sus seguidores lograron convencer a muchos fieles, sobre todo entre las clases populares hasta mitad del siglo VI, cuando en el Concilio de Braga en 561 el priscilianismo fue condenado de nuevo y extinguido en poco tiempo. En 385 Prisciliano fue juzgado en la ciudad de Tréveris, al oeste de la actual Alemania, y ejecutado por orden del usurpador Magno Clemente Máximo (c. 340-380), que ocupó el trono imperial gobernando la parte occidental del Imperio tras ser proclamado emperador por sus tropas.

A pesar de todo, ya desde el siglo II, la fe cristiana se extendió intensamente en la península ibérica. Existen textos que hacen referencia a ello. En 385 aparece la mención escrita por San Ireneo en su obra Contra los herejes, sobre la doctrina de las Iglesias en Iberia como en otras regiones del continente europeo, Tertuliano también en el siglo II habla de cómo el Cristo anunciado por los profetas es seguido en Hispania y otros textos acreditan la presencia de San Cipriano en un concilio convocado en Cartago (actual Túnez) en 254 en el que se trató con interés la apostasía, la herejía o la ratificación oficial de las Escrituras.
Pero el documento más relevante que evidencia la presencia y el arraigo del cristianismo en Hispania son las actas del Concilio de Iliberis o Concilio de Elvira, celebrado en Iliberis o Iliberri, actual Granada. Se celebró sobre el año 309 y en los documentos se menciona la presencia de diecinueve obispos y veinticuatro presbíteros que representaban a las distintas diócesis existentes en Hispania, dentro de la división provincial romana.
Los concilios pretendían establecer las bases, la disciplina y la jerarquización de la Iglesia. Las normas y la consolidación de la identidad de la Institución eran fundamentales para fortalecerla y hacer frente a las influencias de otras creencias.
Los fundamentos y asuntos más relevantes que se trataron en este concilio se basaron en la administración territorial, estableciendo la diócesis como célula principal que dependía de otra mayor llamada sede metropolitana como Mérida, Sevilla, Tarragona o Braga en la actual Portugal; en el siglo IV debido al desarrollo de los monasterios rurales y la fundación de iglesias se produciría un cambio en la organización de las diócesis.
Por otro lado, se establecería la jerarquía eclesiástica. En primer lugar, el obispo, colaborando con ellos los presbíteros; por debajo se encontraban los diáconos, que bautizaban y daban la Comunión y los subdiáconos, acólitos, exorcistas y lectores.

Osio de Córdoba (256-357), fue una figura clave en este proceso y uno de los obispos que asistiría al Concilio de Iliberis. Sobrevivió a los acosos de Diocleciano y fue conocido como El Príncipe de los Concilios. Colaboró con el emperador Constantino (c. 285-337), convertido al cristianismo, con el que estuvo muy unido, contribuyendo a legalizar el cristianismo; su aportación fue clave para la elaboración del Edicto de Milán en 313 que ponía fin a las persecuciones contra los cristianos y jugó un papel decisivo en el primer concilio ecuménico, el cual presidió, el Concilio de Nicea en 325. Ya siendo anciano, parece ser que fue forzado a abjurar ante el emperador Constancio II (317-367), motivo por el que su labor no fue muy divulgada tras su muerte.
En 380 el emperador Teodosio decretó el Edicto de Tesalónica, estableciendo el cristianismo como religión oficial del Imperio.
Desde el siglo III al siglo V el Imperio romano tuvo que afrontar el asentamiento de pueblos germánicos en distintas partes del Imperio. En Hispania los suevos, vándalos y alanos se asentaron en la zona noroeste y los visigodos en el año 479 ya ocupaban el resto del territorio hispano.
Con la llegada de los visigodos a Hispania la doctrina del arrianismo, que negaba la divinidad completa de Cristo y por tanto era considerada como herejía, se impuso. Esto provocó una profunda fragmentación no solo religiosa, también social, ya que el cristianismo estaba asentado en la población hispanorromana. Esta situación finalizaría con la conversión del rey Recaredo I (559-661) en el año 589 en el III Concilio de Toledo, en el que se estableció el catolicismo como única religión y que marcaría el comienzo de una identidad común. El cristianismo seguiría creciendo y creando un camino, que, a pesar de las vicisitudes y los avatares, las amenazas y la implantación de otras creencias a lo largo de la historia, hoy en día continúa vivo.
En el campo de las Letras Hispania aportó obras de gran valor al pensamiento cristiano. Además de la contribución del obispo cordobés Osio, en el campo de la poesía cabe destacar a Cayo Vetio Aquilino Juvenco, presbítero y poeta hispanorromano que versificó la vida de Jesús en su obra Historia evangélica (Evangeliorum libri); utilizando el estilo de Virgilio (70 a. C.-19 a. C.), supo unir la cultura clásica romana con la cristiana.

Otra importante figura en la poética cristiana fue Aurelio Prudencio Clemente (c. 348-c.413) que consigue en su obra una brillante apología del cristianismo y de sus mártires. Su obra, con un estilo culto y elegante incluye Kathemerinon, Hamartigenia, Apotheosis y Peristhephanos, esta última le valió ser conocido como “el cantor de los mártires”, ya que es una colección de himnos dedicados a éstos.
En historia destaca Paulo Osorio (c. 383-c. 420), autor de siete libros de historia con los que intentó hacer una Historia universal.
En cuanto al arte, las manifestaciones artísticas paleocristianas son escasas, aunque no por ello dejan de ser interesantes. Se desarrolló durante los siglos IV, V y VI y sus principales manifestaciones las encontramos en arquitectura, escultura y en mosaicos.
Hasta el año 313, en el que se promulga el Edicto de Milán, el cristianismo, al ser aún clandestino, ha de manifestarse discretamente; a partir de esa fecha ya se hace público, representando símbolos y mensajes cristianos a los fieles, algo que con los siglos se hará cada vez más patente en el arte religioso.

La arquitectura continúa la estructura romana de la basílica como la de Ampurias, la basílica de Segóbriga en la actual Cuenca o la de San Pedro de Alcántara en la provincia de Málaga.
Con respecto a la arquitectura funeraria cabe destacarla necrópolis de La Alberca en Murcia o el monumento de Centelles en Tarragona.
La escultura de este periodo tiene una profunda simbología y sentido teológico. Los sarcófagos son la muestra más representativa de esta disciplina en este periodo en los que aparecen símbolos cristianos como el pez o el Crismón, símbolo este último en el que aparecen entrelazadas las dos primeras letras griegas de la palabra Jhristós o Christós, adoptado como símbolo de la victoria por Constantino tras vencer en la Batalla del puente Milvio en el año 312, momento en el que tuvo la visión que supuso para él la apertura a la fe cristiana. El significado teológico de este monograma es la divinidad de Cristo y la vida eterna; acompañado de las letras alfa y omega, representa el principio y el fin de todas las cosas. El sarcófago de la Asunción de la Virgen en Zaragoza y el de El Salvador en el Museo arqueológico Nacional son buenos ejemplos de ello.

El mosaico de Santa María en Tarrasa, en Cataluña, muestra el arte heredado de Roma que tuvo un importante foco de producción en Tarragona. Normalmente los mosaicos representaban episodios bíblicos y motivos florales y geométricos.
En la antigua ciudad romana de Cástulo, en Linares (Jaén), unas excavaciones en 2014 descubrieron una pieza extraordinaria. Se trata de una patena o platillo para la Comunión realizada en vidrio datada en el siglo IV que constituye la representación más antigua de la figura de Jesús junto a otros dos personajes, probablemente Pedro y Pablo. La imagen de Jesús aparece portando las Sagradas Escrituras y una cruz con gemas en sus manos, con cabello rizado y sin barba, apariencia que nada tiene que ver con la imagen que se popularizó de Él a partir del siglo VI y que ha llegado a nuestros días.

Existirán aún numerosos vestigios que aguardan su descubrimiento, el enorme enigma de la historia que se desvela paso a paso. Este hallazgo es, sin duda, un recordatorio elocuente de lo que aún queda por descubrir sobre nuestros orígenes.
En definitiva, la fe cristiana fue creciendo en Hispania siguiendo un camino, que, a pesar de las persecuciones, vicisitudes, invasiones y amenazas, hoy en día la herencia cristiana continúa viva. La cristianización de la Península Ibérica fue un proceso largo que se vio favorecido por la unificación lograda por los romanos, que introdujeron en Hispania un valor cultural decisivo para forjar nuestro futuro y nuestra identidad, parte importante de la cultura occidental. Conviene no olvidarlo.
Málaga, 2026

