
«No es pecado sentir tristeza: Jesús sintió tristeza: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!»
Estimados lectores, la verdad que no sabía cómo titular esta reflexión para “La Paseata”, ni tampoco cómo describir algo tan profundamente personal y espiritual; dudando de mí mismo en cuanto a la idoneidad de escribir sobre algo tan delicado y para muchos desconocido, como el laicado, lo que no debe confundirse con el laicismo.
Tampoco pretendo efectuar un análisis del laicado, ya que daría para escribir volúmenes y tampoco me corresponde. El título parte de sentimiento que me ha generado preocupación en mi calidad de laico -absténganse de poner etiquetas políticas a lo que escribo, ya que no sigue ningún guión o ideario porque quedarán defraudados- el hecho de haber leído en diversos medios de comunicación la eventual existencia de una “crisis de salud mental en la Iglesia” (sic).
En primer lugar, voy a centrarme en el predicado “Iglesia”: ¿Qué es la Iglesia?
La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo -el pilar fundamental que la sostiene-, así de claro y de sencillo: no hay más.
Existen muchas fuentes a las que se puede recurrir para profundizar para quien lo desee, entre otras, la carta encíclica Mystici Corporis Christi de San Pío XII, papa.
Fundamental las palabras del apóstol de los gentiles, San Pablo, en su primera carta a los Corintios 12, 12-30:
“12 Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aun siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13 Porque todos nosotros, tanto judíos como griegos, tanto siervos como libres, fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
14 Pues tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. 15 Si el pie dijera: «Como no soy mano, no soy del cuerpo», no por eso dejaría de ser del cuerpo. 16 Y si dijera el oído: «Como no soy ojo, no soy del cuerpo», no por eso dejaría de ser del cuerpo. 17 Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? 18 Ahora bien, Dios dispuso cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. 19 Si todos fueran un solo miembro, ¿donde estaría el cuerpo? 20 Ciertamente muchos son los miembros, pero uno solo el cuerpo. 21 No puede el ojo decir a la mano: «No te necesito»; ni tampoco la cabeza a los pies: «No os necesito».
22 Más aún, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son más necesarios; 23 y a los miembros del cuerpo que parecen más viles, los rodeamos de mayor honor, y a los indecorosos los tratamos con mayor decoro; 24 los miembros decorosos, en cambio, no necesitan más. Dios ha dispuesto el cuerpo dando mayor honor a lo que carecía de él, 25 para que no haya división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. 26 Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. 27 Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él.
28 Y Dios los dispuso así en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero doctores, luego el poder de obrar milagros, después el don de curaciones, de asistencia a los necesitados, de gobierno, de diversidad de lenguas. 29 ¿Son todos apóstoles? ¿O todos profetas? ¿O todos doctores? ¿O todos tienen poder de obrar milagros? 30 ¿Tienen todos don de curación? ¿O hablan todos lenguas? ¿O todos tienen don de interpretación?”
Entonces, si el apóstol Pablo afirma en su primera Carta a los Corintios “26 Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. 27 Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él”, ¿deberíamos preocuparnos los laicos -que conformamos el Cuerpo Místico de Cristo- por aquellos hermanos y hermanas que sufren o nos cruzamos de brazos? ¿No deberíamos rezar y cooperar en la medida de nuestras posibilidades y competencias con los sacerdotes y presbíteros, hermanas consagradas, así como con los seminaristas?

Pues, no olviden que todo bautizado forma parte de la Iglesia, siendo el sacramento principal que el propio Jesús de Nazaret recibió de su precursor, Juan el Bautista. Por lo tanto, laico es todo aquel que por el sacramento del Bautismo forma parte de la Iglesia fundada sobre la roca y que ningún poder podrá destruir:
“Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.”
Es el mismo Cristo quien instituye a Pedro (Petrus=roca) como pilar indestructible de su Iglesia, sobre la que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
Entonces, ¿debemos preocuparnos por la salud psíquica y física de nuestros sacerdotes, ministros de Cristo? Sí y rezar por ellos. A ellos acudimos cuando sufrimos tribulaciones y confiamos en sus buenos consejos como directores espirituales, pero debemos entender que los sacerdotes son también de carne, como nosotros los laicos, de carne y hueso, aunque investidos con la fuerza del Espíritu Santo al ministerio presbiteral. El Sacerdote es nuestro Pastor, que cuida de sus ovejas, y nos da el alimento eucarístico, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual participamos. No es algo simbólico, las especies del pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo: el sacerdote es alter Christus, el otro Cristo que hace posible la transubstanciación.
En orden a todo ello, no olvidemos que el propio Cristo en su doble condición, humana y divina, sufrió las tentaciones del demonio y aceptó la voluntad del Padre, aunque con dolor; dolor comprensible en su condición humana, llegando a sentir “Tristeza de Muerte” cuando se encontraba en el monte de los Olivos, en Getsemaní, antes de ser apresado:
“Llegó Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: <<Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.>>
Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.”
Y a continuación dijo: “Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: ¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.
De nuevo se apartó por segunda vez a orar: Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.”
¿Si fue el propio Jesús, cómo nos vamos a escandalizar que en la propia Iglesia se den casos de crisis de tristeza mental en aquellos ordenados en el ministerio presbiteral? No es pecado sentir tristeza: Jesús sintió tristeza: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!
Y, para terminar, quisiera que esta reflexión sirva para que reflexionemos como laicos que no sólo el clero forma la Iglesia, sino que, además, todos los bautizados en Cristo, los laicos, también estamos llamados a ser Iglesia viva al formar parte como miembros del Cuerpo Místico de Cristo y, por tanto, templos vivos del Espíritu Santo, debiendo cuidar que nuestras acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico y debiendo prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia nuestro propio criterio, en materias opinables en el ejercicio de la ciudadanía civil, conforme al dispuesto en el canon 227 del Código de Derecho Canónico.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate contra las maldades e insidias del demonio.
Sé nuestra ayuda, te rogamos suplicantes.
¡Que el Señor nos lo conceda!
Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios arroja en el infierno a Satanás y a los otros espíritus malignos que ambulan por el mundo para la perdición de las almas.
Fuentes informativas:
Crisis de salud mental en la Iglesia – Entrevista al Padre Luis Zazano
“La mayoría de los sacerdotes hoy está con la cabeza quemada”: el padre Luis Zazano advirtió sobre la crisis de salud mental en la Iglesia
El papa León XIV advierte sobre la crisis de salud mental
El Papa León XIV advirtió sobre la crisis de salud mental, especialmente en jóvenes, al recibir a participantes de un congreso internacional, donde pidió priorizar su atención para evitar desigualdades.

