
“Y cada vez peor, y cada vez más rotos. Y cada vez más tu y cada vez más yo, sin rastro de nosotros”. (“Amor se llama el juego”. Joaquín Sabina).
Una de las cosas que he aprendido con la madurez, porque algo tenía que aprender aunque fuera de forma espontánea, es que todo es relativo. Todo, absolutamente todo, es volátil y cambiante, al mismo ritmo que cambia la circunstancia que lo rodea. Todas y cada una de las afirmaciones, de los sentimientos, de las certezas, se encuentran afectadas de un contexto, y ese contexto varía constantemente, como la orografía de una playa cambia con cada ola que arriba a su orilla.
De este modo, cuando alguien, como a mí me ocurre, tiene una tendencia natural a la analítica, a cuestionarse cómo y por qué sucede todo, la posibilidad de llegar a conclusiones definitivas, a verdades universales, desaparece con cada amanecer, del mismo modo en que el contexto cambia constantemente, como cambiamos nosotros. Y esto, al menos en mi caso, aporta un plus de intranquilidad a la ya nada tranquila vida diaria, convirtiéndola en una búsqueda constante de la salida, como si viviéramos, como en la película de Jim Henson, dentro del laberinto.
No sé si ustedes sufrirán esta misma sensación, pero yo puedo abandonar una certeza absoluta en el momento más inopinado, cuando estoy sentado en el sofá de mi casa, por ejemplo, a esas horas nocturnas en las que se acaba el día y mi mente ya vuela hacia la nada que supone el sueño. Y muchas veces, por algo nimio, algo que te viene a la cabeza por una frase, una situación o incluso un pensamiento furtivo, de esos que aparecen solos, sin la necesidad de llamarlos, cuando menos te lo esperas.
Es cierto que esto no debería sorprenderme, pero a mí me desaparecen verdades universales del mismo modo en que David Copperfield hizo desaparecer la estatua de la libertad. Edificaciones sólidas de mi realidad se vienen abajo como un castillo de naipes, con la diferencia de que esta desaparición no es una ilusión, y no se revierte como los trucos de magia, sino que permanece en el tiempo, cambiando mi paisaje para siempre, como en un terremoto que hace caer edificios que daba por sólidos, delante de mis narices.
El problema no es que desaparezcan cosas que dabas por hechas, por más que puedan afectar gravemente a tu estado vital; conceptos tales como la seguridad, la estabilidad, la tranquilidad, la salud incluso, son actores secundarios de nuestra comedia particular. El verdadero problema surge cuando te das cuenta de que conceptos universales como el amor, el respeto o la lealtad también se vienen abajo, es cierto que casi nunca a la primera, pero sí de forma consecuencial a las distintas sacudidas que socaban sus cimientos.
Y es curioso que, muchas veces, estos conceptos forman un todo, una maraña, que en una dura contradicción posibilita su existencia y a su vez propicia su desaparición, del mismo modo que la pata de una silla sostiene la realidad y la imprescindibilidad de las otras tres, como en el caso de estas tres verdades universales que van de la mano o no van a ninguna parte, disolviéndose en la hoguera de la vida, como pavesas al viento.
El amor, y no necesariamente el amor romántico, que es siempre una ilusión, sino el amor entendido como principio, como lazo; el amor que amalgama a las familias, necesita, como el cemento necesita el agua, la concurrencia del respeto y de la lealtad. Es una mezcla que no puede prescindir de uno de sus componentes para ser sólida y no deshacerse como se deshace un terrón de azúcar en un café. Y siendo la lealtad un valor necesario, sin embargo es el respeto el que amalgama la mezcla, dotándola de la solidez que necesita, en el caso de las familias, entendidas como grupo social primigenio, como la cima de las relaciones humanas.
Si desaparece el respeto, desaparece todo. Si en una familia se mira al otro con ojos críticos, pero no pragmáticos, si no aplicamos los filtros y no nos miramos al espejo antes de hablar de los otros, no es posible que haya amor, o al menos que el amor florezca, que dé frutos. Si nos falta el riego que proporcionan la lealtad y el respeto, si miramos con admiración al exterior y con aversión al interior, el amor se seca como se seca una planta sin agua.
Triste consecuencia del tiempo, de la desidia y del individualismo.
“Ni inocentes ni culpables, corazones que desbroza el temporal, carnes de cañón. No soy yo, ni tú, ni nadie. Son los dedos miserables que le dan, cuerda a mi reloj”. (“Amor se llama el juego”. Joaquín Sabina).

