El mito de Orfeo, exhortación a la confianza. Por Susana del Pino

“La raíz de todas las pasiones es el amor, de él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación”

Lope de Vega (1562-1635). Escritor español
El mito de Orfeo, exhortación a la confianza. En la imagen «El lamento de Orfeo», Franc Kačvič. (1755-1828).

«El mito de Orfeo nos recuerda el poder de la belleza, la grandeza de la sensibilidad y la aceptación del duelo ante la pérdida de un ser amado»

En la antigua Grecia, el mito, narración de hazañas protagonizada por personajes de carácter divino o heroico, no constituía un conjunto de historias contadas para entretener; se trataba de un modo en el que el hombre pretendía comprender aquello que, en un mundo en el que lo sagrado y lo racional componían una misma realidad, le resultaba inexplicable, proporcionándole respuestas a los misterios extraordinarios y a sus manifestaciones, tales como el amor, la muerte o la naturaleza.

Reproducción de los frescos del Panteón de dioses griegos en la Glypotheke de Múnich, Museo de arte griego y romano. Los frescos originales fueron destruidos en los bombardeos de la II Guerra Mundial.

El hombre griego encontraba en estas historias el reflejo de sus virtudes y defectos, lo que le ayudaba a entender su propio destino y a creer que existía una relación directa con lo divino. El mito estaba presente en cada uno de los aspectos de la vida diaria, adquiriendo una fuerza intensa y convirtiéndose en una verdad para el individuo.

Roma, gran admiradora de la cultura griega, al convertirse en la gran potencia del Mediterráneo, absorbió el panteón heleno al encontrar en su mitología la necesidad espiritual que su cultura, más basada en la organización política, el ejército y la conquista, anhelaba. Así, los dioses griegos cambiaron de nombre; Zeus se convertiría en Júpiter, Afrodita en Venus, Dionisio en Baco o Eros en Cupido, entre otros.

Derecha, Afrodita (Grecia) e izquierda, Venus (Roma).

En este contexto, las narraciones griegas, en las que se contaban historias de amor, de triunfos o tragedias y castigos eternos, fueron muy admiradas por los romanos, alabadas por poetas y representadas en numerosos frescos y mosaicos para pavimentos o murales. 

Uno de los mitos más admirados fue el que recoge la historia de Orfeo, poeta y músico que tenía la habilidad de “hipnotizar” a los seres a través de su arte con el canto y la lira. La historia fue inmortalizada por destacados poetas romanos como Horacio (65 a. C.-8 a.C.) que la menciona en su obra Ars Poética, conocida también como Epístola a los pisones; Ovidio (43 a. C.-17 d.C.) que narra la historia en su obra Las Metamorfosis y Virgilio, cuya narración en el libro IV, (453-527) de las Geórgicas constituye la más completa y una de las mejores interpretaciones del Mito, aunque el poeta la menciona también en la Eneida y las Bucólicas.

Orfeo

“Aquí, temiendo que ella desfalleciera y ávido de verla, el enamorado giró sus ojos, y al instante ella resbaló hacia atrás. Extendiendo sus brazos, intentando ser atrapada y atrapando ella también, la desdichada no atrapó más que aire que se escapaba… 

Dijo un último adiós, que él apenas pudo oír, y fue arrastrada de nuevo al mismo lugar”.

 Libro X de Las Metamorfosis

Ovidio, poeta romano

«Orfeo y Eurídice» (1820), Michel Martin Dralling.

Orfeo era hijo del dios Apolo (aunque hay versiones que afirman que Eagro, rey de Tracia, era su padre) y de la musa Calíope. Tenía el don de tocar la lira con maestría y el poder de imponer orden en la naturaleza, incluso cambiando el curso de los ríos, amansar a las fieras o poner paz en los conflictos, en definitiva, lograba a través del arte que prevaleciera el orden y la belleza.

Orfeo se enamoró de Eurídice, una hermosa y casta ninfa a la que se unió con un profundo amor; sin embargo, pronto su felicidad se vio amenazada por la persecución que sufrieron por parte de Aristeo, que, enamorado de la hermosa ninfa y con deseos de seducirla, la perseguiría por el bosque. En esa huida Eurídice fue mordida por una serpiente, cuyo veneno le ocasionó la muerte, descendiendo al inframundo o Hades, lo que provocó en Orfeo un profundo dolor, sumiéndolo en una gran tristeza.

Orfeo, ante la desesperación al no aceptar la muerte de su amada Eurídice, tomó la decisión de bajar al inframundo con su lira para conmover a los seres que allí moraban. Lo consiguió. Las almas que penaban sus culpas pararon su llanto, los guardianes mostraron una actitud servil y los jueces paralizaron su labor, cautivados por el arte, el sentimiento profundo de amor y el dolor que transmitió.

«Orfeo y Eurídice ante Hades y Perséfone», Tiziano Vecelli.

Ante Hades y Perséfone, reyes del inframundo, Orfeo mostraría toda la fuerza emotiva de su arte. Cantó lamentándose por su pérdida y según cuenta la leyenda, de una forma tan dolorosa y profunda que haría llorar a los dioses e incluso las Furias, deidades muy vengativas y castigadoras, derramaron lágrimas de sangre. Ante tal situación, Hades y Perséfone decidieron que Eurídice retornara al mundo de los vivos, aunque con la condición de ser guiada por Orfeo, caminando delante de ella, pero sin mirar atrás hasta contemplar la luz del sol, de lo contrario, perdería a su amor para siempre.

En el tortuoso camino hacia la luz, Orfeo dudaba sobre la oportunidad que los dioses le habían otorgado y si realmente Eurídice iría tras sus pasos. Después de un duro recorrido y cuando una tenue luz aparecía ante sus ojos, su impaciencia, sus dudas y su enorme deseo por saber si su amada seguía su camino, hicieron que volviera su vista atrás. Fue entonces cuando la joven con mirada angustiada intentó abrazarlo, pero no fue posible, una fuerza inexplicable la arrastraría de nuevo al inframundo; esa imagen acompañaría a Orfeo el resto de su vida.

«Orfeo con Eurídice antes de morir» (1814), Ary Scheffer).

Desesperado, el joven intentó de nuevo descender al Hades, sin embargo, a pesar de su insistencia ya no se lo permitieron. Vivió con su amarga pena dedicándose a cantar con su lira, rechazando el amor que podía compartir con cualquier otra mujer.

Precisamente fue ese rechazo y la fidelidad eterna que prometió a su amada Eurídice lo que provocó su muerte. Las Ménades, divinidades femeninas, originariamente ninfas y protagonistas en los cultos dionisíacos, no aceptaron la decisión de Orfeo y en uno de sus cultos, en los que literalmente enloquecían tras los efectos del vino y en los que se decía que eran poseídas por el espíritu de Dionisio, dios del vino, la fiesta, la fertilidad y el éxtasis, decidieron dar muerte a Orfeo despedazándolo en un acto de extrema violencia conocido como sparagmos y arrojando sus restos al río Hebro, en el que su lira y su voz se podían aún oír a pesar de haber muerto.

«Las musas encuentran la cabeza de Orfeo». John William Waterhouse (1849-1917).

Las musas recogieron sus restos para sepultarlos y su lira se transformó en la constelación que lleva su nombre, lo que nos sugiere que el arte transciende más allá de la muerte física. El pintor prerrafaelita John William Waterhouse (1849-1917) inmortalizó el momento en que las ninfas encuentran su cabeza en el río; representación fiel a los principios de esta corriente pictórica que buscaba plasmar la belleza de la naturaleza, que el tema planteado fuera veraz y una técnica sublime.

Al igual que otras muchas historias de la mitología occidental, el mito de Orfeo ha sido una fuente de inspiración para los artistas durante siglos, algunas de ellas ya expuestas.

Los episodios fundamentales del relato, el don para la música, el amor y la muerte, han sido representados desde época griega, como se aprecia en la cerámica helena datadas en el siglo IV a. C.

Orfeo. Mosaico romano.

Los restos aparecidos en época romana sobre él, hacen referencia a su capacidad de domar a las fieras a través de la música, como se comprueba en los magníficos mosaicos mencionados. 

Durante la Edad Media, bajo la hegemonía de la Iglesia, el mito de Orfeo no fue excluido, sino transformado. El cristianismo lo adoptó como un símbolo de la redención, siendo la lira la representación de la Palabra y el descenso al inframundo, la recuperación del alma humana. 

En este punto, quiero hacer alusión a un pasaje bíblico también impactante. Se narra en Génesis 19, 17. El texto relata el episodio dramático en el que, tras la advertencia de los ángeles enviados por Yavé, se determina aniquilar las ciudades de Sodoma y Gomorra por la maldad, inmoralidad e injusticia social que imperaba en ellas. En esta situación, se pide a Lot, hombre bueno y justo, que abandone la ciudad con su familia, pero con la firme advertencia de no mirar atrás durante su huida. La mujer de Lot no obedeció y volvió su mirada ante la gravedad de lo que ocurría, al hacerlo quedó convertida en sal.

 

“Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte alguna de esta llanura, sino que huye a la montaña para que no perezcas”

Génesis 19, 17

El divino Orfeo

En los Evangelios de Mateo y Marcos, la historia de Lot se menciona cuando Jesús hace referencia a ella como advertencia de no mirar al pasado y avanzar hacia la salvación del alma.

Mientras la mujer de Lot vuelve su mirada atrás llevada por el apego a lo material, en la narración de Orfeo, es él quien en su camino se deja llevar por la duda y la impaciencia; sin embargo, ambas historias comparten un mismo mensaje, y se refiere a la falta de confianza y fe en el futuro, así como el miedo al cambio, lo que inevitablemente nos puede llevar a perderlo todo y a la infelicidad.

El dramaturgo y poeta Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) realizó dos versiones del auto sacramental El divino Orfeo, fusionando las enseñanzas cristianas con el Mito. En el siguiente extracto, Aristeo comprueba como ante el canto de Orfeo, la naturaleza se ordena.

 

Orfeo: Pues mi voz en el principio el cielo y la tierra cría, después del cielo y la Tierra hágase la luz del día.

Aristeo: ¿Pero qué voz es esta que grandes maravillas manifiesta?

Orfeo: (Canta) El firmamento de estrellas entre las aguas asista resplandeciente y las aguas de las aguas se dividan. 

 Auto sacramental, El divino Orfeo (1634)

Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)

Jan Brueghel, «Orfeo y Eurídice en el inframundo»

Tras este inciso y continuando con las representaciones artísticas del Mito de Orfeo, en el Renacimiento pintores como Jan Brueghel (1568-1625), hijo del también pintor Pieter Brueghel (c. 1530-1569) presenta en su obra Orfeo en el inframundo la escena del joven descendiendo al Hades en una atmósfera oscura con  personajes monstruosos que contrasta con los focos de luz sobre el personaje de Orfeo y los reyes Perséfone y Hades y otro punto lumínico al fondo que indica el camino hacia el mundo de los vivos; el cuadro muestra una atmósfera dramática y resulta inquietante.

El mismo episodio del descenso al inframundo es representado por el pintor francés Nicolás Poisson (1637-1710) en la que el foco se centra en la pareja que aparece iluminada, siendo el paisaje protagonista indiscutible. Tiziano Vecellio (c.1490-1576) representa en el mismo lienzo, por una parte, a la izquierda en primer plano, Eurídice atacada por la víbora y detrás construcciones hermosas de una ciudad; en el lado derecho de la composición, la huida de la pareja y al fondo unos hornos que representan el inframundo.

Pedro Pablo Rubens(1577-1640). Orfeo y Eurídice.

Pedro Pablo Rubens (1577-1640) en Orfeo y Eurídice muestra el momento en el enamorado consigue rescatar a su amada tras el beneplácito de Hades y Perséfone.

En las representaciones realizadas en los siglos XIX y XX, el romanticismo, periodo en el que se exaltan los sentimientos y emociones, así como el simbolismo y otras corrientes, se enfatiza en el dolor de Orfeo ante su pérdida; esto se aprecia en la obra Orfeo de uno de los pintores precursores del simbolismo, Gustave Moreau (1826-1898). 

«Mujer con la cabeza de Orfeo». (1965), Gustave Moreau.

En ella el artista presenta una visión onírica en la que una joven tracia sostiene la cabeza y la lira del enamorado en una actitud de calma y sosiego, a pesar de la terrible atrocidad que se ha cometido. En la obra de Moreau se revela una profunda carga emocional.

Con respecto a la escultura, en una de las versiones que el escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) realiza sobre el mito, las figuras surgen de un enorme bloque de piedra, ambas desnudas; Orfeo con gesto atormentado tapándose el rostro y Eurídice desalentada. El escultor nos muestra así, aquello que verdaderamente le interesaba transmitir, conmover al observador. 

El fatídico momento en el que Orfeo gira su cabeza para asegurarse de la presencia de Eurídice es el elegido por el magnífico escultor italiano Antonio Canova (1757-1822) para su obra, en este caso con dos esculturas independientes en las que muestra la desesperación de Orfeo y la consternación de Eurídice.

Auguste Rodin (derecha) y Antonio Canova, Orfeo y Eurídice.

En las artes escénicas Orfeo ha tenido igualmente una importante repercusión. La ópera L´Orfeo de Claudio Monteverdi (1567-1643), claro exponente de la transición de la música renacentista a la barroca es una obra vivaz y elegante a su vezEn el siglo XVIII el compositor Christoph Willibald Gluck (1714-1787) compuso Orfeo y Eurídice, una ópera hermosa, sencilla, sin florituras y con un dramatismo y dolor contenido que emocionan.

 En el cine se han realizado adaptaciones por los directores franceses Jean Cocteau (1889-1963) o Marcel Camus (1912-1982) que logra un sincretismo entre el Mito y la fe católica. 

«Orfeo», película de Jean Cocteau.

En definitiva, el mito de Orfeo pone de manifiesto, además del profundo dolor ante la muerte de una persona amada, la debilidad humana ante la confianza. Esa mirada hacia atrás es la muestra de que Orfeo no confió en la palabra de Hades y Perséfone, ni en el amor de Eurídice, aunque no la viera tras de él.

El mito de Orfeo ha estado presente de forma continuada en nuestra cultura occidental. Nos recuerda el poder de la belleza, la grandeza de la sensibilidad y la aceptación del duelo ante la pérdida de un ser amado.

Orfeo encarna el amor verdadero, el don de la música y la muerte inevitable. Su legado nos exhorta a confiar en aquello que no vemos, atendiendo a ese susurro interior que nos guía, a esa voz sutil que, a menudo nos negamos a oír, que la duda intenta acallar y que el miedo se empeña en bloquear nuestra razón. 

 

                                                              

Málaga, 2026

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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