Del salón en el ángulo oscuro: Cayetanos en la PAU. Por Teresita Ávila

¡Uno, dos, tres, cuatro!

Todos mis amigos se llaman Cayetano
Zapatillas Pompeii, algunos tienen barco
Siempre tres botones desabrochados
Menudo pelazo, CEU San Pablo

Carolina Durante – Cayetano 

Cayetanos en la PAU.

«Si hay algo que me indigna es la memoria selectiva —más bien memoria retorcida a conveniencia— que practican con notable descaro tantos autoproclamados demócratas»

El día 2 de junio, cuando comenzaba la PAU en numerosas comunidades autónomas, me topé en la plataforma que nunca dejaremos de llamar Twitter con la publicación de un «compañero» que criticaba la pinta de cayetaners terrible de una notable cantidad de asistentes a la prueba. El docente amartillaba el disparo definitivo al soltar —entiendo lo que fue una alusión nostálgica e hiperbólica— que, de haber sido otra época, les hubieran robado (sic).

Por supuesto que las redes sociales se prestan a exabruptos con afán polémico, a tonterías mayúsculas o demostraciones varias de idiocia sideral a gusto del contribuyente de pago o «de gratis». Y que depende exclusivamente de nuestra voluntad atender a las simplezas aderezadas de osadía que conjuran los necios, faltaría más, antes de pasar con agilidad a otra cosa con más sustancia. Pero no fue así esta vez. Dispuse algunos minutos de mi tiempo en favor del profe, añorante de sus buenos tiempos de bandolero de bolsillos ajenos que consideraba dignos de apropiación indebida. Y le largué lo mío. Poca cosa, la verdad.

A veces sí merece la pena detenerse y espetar la réplica, o propinar la bofetada —en este caso metafórica—, a ciertos graciosillos engreídos cuyo mérito se basa en la pertenencia ideológica a un sector que, curiosamente, se envuelve en la bandera de la tolerancia allá por donde resuenan sus proclamas. Según acostumbran a declarar, este tipo de sujetos pisa un terreno inmaculado donde caben todos, sin marginación. Pero, la mala suerte quiere que —por una nimiedad cualquiera— se les desmonte el idílico retrato con que se dibujan. Por ejemplo, al cruzarse con ejemplares humanos que visten y calzan según normas estéticas ajenas a sus gustos. Entonces, se descontrola su temperamento con ansias subversivas. La gran contradicción de su vida aparece en el momento en el que tienen que compartir espacio vital con jóvenes que usan mocasines, polos o camisas. Pijos cayetanos, culpables de todos los males. Lo peor.

Así que me vino a la cabeza la historia de otro «guaje»: el estudiante de Medicina Ángel Abella, natural de Oviedo, que tenía diecinueve años cuando murió el 6 de marzo de 1934. El joven fue atacado en Valladolid el mismo día en que se había celebrado en el Teatro Calderón el mitin de Falange. «Al parecer, Ángel Abella no pertenecía a ningún grupo político y ni siquiera había asistido al mitin falangista, pero tuvo la mala suerte de ir vestido de forma poco adecuada en el sitio y el momento equivocados, pues su costumbre de llevar corbata para darse un toque distinguido ante las mocitas castellanas le trajo la muerte [1]».

Si hay algo que me indigna es la memoria selectiva —más bien memoria retorcida a conveniencia— que practican con notable descaro tantos autoproclamados demócratas. En Las batallitas del abuelo de Óscar Puente, publicado este mismo mes en Okdiario, se menciona que estuvo presente Antonio Santiago Álvarez en aquellos hechos dramáticos, «si bien el abuelo de Puente resultó absuelto tras declarar en el juicio que él se había quedado en una esquina. Años después, el abuelo del ministro de Transportes fue representante del sindicato vertical franquista. Así aparece en publicaciones de los años cincuenta, en concreto, en el diario nacionalsindicalista Libertad, fundado por Onésimo Redondo en 1931, según ha podido constatar OKDIARIO».

Convendría traer a colación a quienes ignoran tal vez la obra de Lauro Olmo titulada La camisa —como seguramente el desmemoriado profesor— que hubo un tiempo en el que vestirse con decencia consistía en poder ir arreglado con modestia y aseo, con una camisa limpia, planchada. Y que algo tan banal, entonces adquiría un significado distinto: el de la esperanza, el de la fe en una prosperidad futura. En el texto teatral, el personaje de la Abuela proyecta, con sus palabras, la confianza en la posible repercusión positiva que esa prenda quizá suponga para la familia. No se trata tan solo de que su portador tenga una apariencia digna, sino de algo mucho más profundo, la puerta de salida de la pobreza: Yo creo una cosa: que en este país, cuando todos llevamos cuello duro…

Sinceramente, en lugar de alarmarse por el aspecto de nuestros jóvenes —cosa que no deja de ser una reedición, en definitiva, del famoso galgos o podencos— más valdría clamar al cielo contra la injusticia de la emigración, única alternativa que se les ofrece a no pocos graduados en la actualidad [2]. Evitarles que la opción más realista sea la de buscarse la vida en otros lugares no como capricho de clase, sino en la idea o la ilusión de obtener mejores salarios a costa del desarraigo; o el eventual inicio de una carrera prometedora, de mayor calado, que presuma consolidar su formación en tiempos de empleos precarios y volátiles. Vistan o calcen como les dé la real gana.

VOZ DE RICARDO; {Borracho.)

Que del fraile me voy a la fraulien,

que a Alemania, muchachos, me voy,

y en el barrio me dejo to el hambre,

la gazuza que pasando estoy.

(Lauro Olmo, La camisa)

NOTAS_____

 

 

[1] 1934 «Trágico» final de un joven asturiano en Valladolid

Por una corbata 

 

[2] España exporta talento, pero le cuesta atraerlo

 

España exporta talento: más de la mitad de los que se van a vivir al extranjero tienen estudios superiores

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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