
Cuando se llega a cierta edad se valoran mucho más los momentos felices
La vida se desliza de una forma distinta cuando se acumulan los años. Se pasa del ansia de bebérsela de un solo trago, a paladearla poco a poco recreándose en los momentos felices.
Los que no dependemos de un jefe o e un horario tenemos todo el tiempo del mundo para pensar. Además gozamos de la posibilidad de desechar la mayor parte de los problemas del mundo. Simplemente los ignoramos.
Soy un ferviente admirador de aquellos que te transmiten ideas positivas. Desgraciadamente son los menos. Pero cuando los encuentro me recreo en considerarlas y, si es posible aprovecharlas.
Cada fin de semana acostumbro a participar de la Eucaristía dominical. En el verano me acerco a la cercana parroquia de mi paraíso axárquico. El sacerdote celebrante comienza la misma diciendo: “Bienvenidos al mejor momento de la semana”. Lleva toda la razón. Esos tres cuartos de hora en los que intentas ponerte en paz contigo mismo y con cuantos te rodean, se convierten en un memorable momento.
A diario vivo otros dos momentos que me colman de felicidad. El primero se encuentra a primera hora de la mañana. Salgo a caminar y a pensar por la playa durante un tiempo prudencial. Cuando acabo cansado, me tiendo boca abajo en la arena y empiezo a recibir los rayos de sol en mi maltrecha columna. Noto como penetran hasta las raíces. En ese momento me siento feliz y agradecido.
El tercer momento me hace recordar mi etapa en las Milicias Universitarias. Allí cada atardecer, después del toque de retreta, lanzábamos las gorras al viento mientras gritábamos: ¡¡Un día menos!! Ahora cuando por la noche apago la radio y la luz, doy muchas gracias a Dios por haber vivido ¡¡un día más!!
Los momentos son básicos para encontrar la paz. En los momentos claves el alma se serena.

