
«Oponerse a una inmigración masiva promovida por turbios intereses que busque borrar la identidad Católica no es un acto de falta de caridad, sino un deber moral»
Cuando nos formulamos esa pregunta o duda, hay quienes para manifestarse abiertamente en favor de la inmigración desordenada, ilegal masiva y así justificarla se ciñen repetidamente a la utilización argumental del versículo bíblico que dice: »Cuando un extranjero resida con vosotros, lo amarás como a ti mismo» (Levítico 19;33-34).
A pesar de ello debemos recordar las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en los Evangelios: »El que no entra en el redil de las ovejas por la puerta, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador» (Juan 10;1).
Además si consultamos la Summa Teológica, Santo Tomás de Aquino expuso uno de los argumentos más brillantes jamás escritos sobre la inmigración, el cual moldeó eficazmente a Occidente durante casi 1.000 años. Pensemos que ya hace 1.000 años esto era un asunto que causaba polémica y controversia.

Santo Tomás de Aquino aborda de forma sincera y valiente la inmigración en la Suma Teológica (I-II, q. 105, a. 3). Él enseña que el Estado tiene el deber de acoger a los extranjeros pacíficos y proteger el bien común… sin embargo, también reconoce el derecho legítimo de la nación a investigar las intenciones de los recién llegados y rechazar a quienes representen una amenaza.
Al hablar de las relaciones de paz y guerra, Santo Tomás explica que la relación con los extranjeros puede ser pacífica o de guerra. La intención del inmigrante es clave. El Estado debe promover la paz pero también defenderse del peligro.
Las naciones, lejos de cualquier buenísimo, tienen el derecho y la obligación, por propia supervivencia cultural, de examinar quiénes ingresan en su territorio, y con ello el Estado puede rechazar a criminales o enemigos en acción de legítima defensa. Esto asegura el orden y la seguridad de los ciudadanos ante cualquier indefensión provocada por un recién llegado con torcidas intenciones.
Así, la integración progresiva se basa en las leyes del Antiguo Testamento para explicar que la acogida tiene etapas. Los extranjeros primero son recibidos como viajeros, luego como residentes y, si se integran plenamente compartiendo la Fe y las leyes del pueblo, pueden obtener los mismos derechos que los ciudadanos originales.
Santo Tomás de Aquino expone en sus textos asuntos tan claros como la integración, el mantenimiento de los orígenes culturales y los derechos ciudadanos, entre otros:
– La inmigración siempre debe ser proporcionada para que los extranjeros puedan asimilarse adecuadamente a la cultura y al modo de culto del Estado.
– La ciudadanía y los derechos asociados a ella solo debe concederse después de la tercera generación, para preservar la cultura, el modo de culto y la constitución del Estado.
– El bien común de los ciudadanos debe seguir siendo la máxima prioridad del Estado; por tanto, la obligación de ayudar a los extranjeros nunca puede ejercerse a costa de sus propios ciudadanos.
Sin embargo, Santo Tomás concluye con un sobrio y cristalino recordatorio y es que algunos pueblos y estados son incompatibles entre sí, y estos deben ser considerados »enemigos perpetuos».
»Incompatibles» es una término que describe perfectamente un problema evidente y es que en muchos países, pensemos en Oriente Medio y ahora en Europa, la población históricamente católica está siendo reemplazada deliberadamente, con ayuda de gobiernos ignorantes, ateos e incultos que buscan con ansias la desaparición del Catolicismo.
Hermanos y hermanas, ser católico es oponerse a la inmigración de este tipo.
Cuando miles de hombres en edad militar llegan en barco de manera ilegal a consumir recursos del Estado y con la intención de borrar la identidad Católica de la nación que los recibe, no se trata de un problema humanitario, sino de una invasión planificada.
En resumidas cuentas, Santo Tomás de Aquino propone un equilibrio pues exige hospitalidad para el inocente, pero permite al gobierno controlar las fronteras y exigir el respeto a las leyes locales para proteger a la comunidad.
Oponerse a una inmigración masiva e interesada promovida por turbios intereses que busque borrar o sustituir la identidad Católica de un pueblo no es un acto de falta de caridad, sino un deber moral ejercido en defensa de la propia Iglesia, de los Valores cristianos nacidos de ella y de nuestros orígenes grecorromanos.

