“Nuestro balcón daba a la Alameda, con sus árboles verdes, su fuente y su multitud de personas paseando de acá para allá, disfrutábamos de la vista del puerto y del mar. Todo el mundo parecía alegre, como si la vida mostrase sólo su lado agradable”.
Hans Christian Andersen (1805-1875). Escritor danés. Viaje por España, 1863.

«La Alameda es la memoria de una Málaga elegante y llena de vida que nos dio mucho de lo que hoy somos los malagueños»
En el siglo XVIII, la ciudad de Málaga vivía dentro de sus antiguas murallas que acogían a una población hacinada entre callejuelas insalubres, soportando pésimas condiciones de higiene. Estas circunstancias no sólo asfixiaban a la población en su vida diaria, sino que eran el origen de graves epidemias que se dieron durante siglos en la ciudad. Sin embargo, fue precisamente la necesidad de acabar con la deplorable situación que se vivía, la que propició el inicio de una remodelación que haría posible la renovación del espacio urbano.
Las calles angostas, estrechas, con recovecos y sin orden alguno, ya que se conservaba el antiguo trazado musulmán, impedían cualquier intento de ampliar y modificar los espacios en los que transcurría la vida diaria de la ciudad. Por todo ello, la necesidad de sanearla se convirtió en una prioridad para el interés general de la población.
El rey Carlos III (1716-1788) impulsó en España una política de reformas urbanísticas inspirada en el modelo promovido por la Ilustración que se estaba llevando a cabo en las grandes capitales europeas, como en París con la Avenida de los Campos Elisios o las reformas que ya habían comenzado en Madrid. Este nuevo concepto de urbanismo se basaba en grandes espacios públicos abiertos, con vegetación, fuentes y elementos decorativos cuya finalidad era tener un buen nivel de salubridad, embellecer las ciudades y a la vez crear lugares de ocio para los ciudadanos. Por tanto, el embellecimiento de las ciudades, la higiene, el saneamiento y el crecimiento ordenado de las edificaciones eran prioritarios en los planes que dentro del modelo de gobierno del Despotismo Ilustrado, el monarca quería implantar.

En Málaga, era por tanto esencial acabar con el antiguo trazado medieval que había acarreado durante largo tiempo los problemas de salud antes expuestos, con el objeto de sanear la ciudad y convertirla en una localidad moderna, hermosa y práctica. En este sentido, la Alameda simbolizaba el ejemplo de reforma urbanística implantada en España por el monarca llegado del Reino de Nápoles.
El río Guadalmedina, al oeste de la ciudad, al desembocar en el mar, debido a las numerosas riadas, en Málaga llamadas riás, que se habían producido durante siglos, fue arrastrando gran cantidad de tierra y piedras que se fueron acumulando en el último tramo de su recorrido, lo que creó un terreno amplio que ya en el siglo XVIII se convirtió en una zona aprovechable para el uso ciudadano, con negocios ambulantes y cantinas.

Hay que añadir a este hecho de ganar terrenos al mar, los deseos expresados por el rey de derribar las murallas, que ya no tenían una función defensiva, para de esta manera, ampliar la zona.
La adjudicación de terrenos en los laterales del paseo proyectado a familias con alto nivel adquisitivo con el objeto de construir palacetes que debieran seguir la estética arquitectónica que se había proyectado, formaba parte de los deseos del monarca y de la planificación de la nueva reestructuración.
Málaga sería una de las tres ciudades en España en las que se proyectaría este nuevo modelo de urbanismo tras Aranjuez y Madrid. En la proyección de estos planes regios, un aspecto importante sería la elección de enclaves portuarios y Málaga reunía las condiciones idóneas para impulsar este nuevo diseño urbanístico por su situación estratégica con un puerto natural que constituía un lugar privilegiado para el comercio.
En 1783, Miguel de Gálvez (1725-1792), perteneciente a una noble familia de la provincia de Málaga, los Gálvez de Macharaviaya, que ayudaron con importantes sumas de dinero a la construcción del Paseo, propone, gracias a su enorme influencia en la Corte, al I Conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo (1728-1808) que ordenara, bajo instrucciones del rey, la construcción de la Alameda.

Se comenzó a preparar el terreno y en 1785 se construiría un paseo arbolado o boulevard, con álamos blancos, de ahí su nombre, con una plaza en el centro. Tan solo existían dos primeras edificaciones en la parte nororiental; será en 1786 cuando tras la demolición definitiva de las murallas comienza el proyecto de las que más adelante serían elegantes casas señoriales que darían identidad a la ciudad.
El ingeniero militar Segismundo Font y de Milans (1721-1796) será el encargado de realizar los planos de seis grandes manzanas de casas a ambos lados del Paseo, que junto a las ya existentes conformarán el inicio de este nuevo trazado urbanístico lo que animaría a ilustres familias a establecerse en hermosos palacetes proyectados a ambos lados.
Con estos primeros pasos en la remodelación de la ciudad, Málaga pasaría de tener un carácter defensivo y un trazado medieval a un modelo urbanístico que quería parecerse al propuesto por la Ilustración para el que la belleza monumental, el bienestar para los ciudadanos y la higiene eran elementos fundamentales.

Esta transformación urbanística catalizó el asentamiento en la Alameda de la denominada “oligarquía malagueña”, familias de la alta burguesía que fueron artífices del empuje comercial e industrial de la ciudad en el siglo XIX. Linajes como los Loring, los Heredia y los Larios eligieron el elegante boulevard como residencia consolidando así el carácter distinguido del paseo malagueño por excelencia.

Se creaba así un espacio para el paseo y las celebraciones locales expandiendo el espacio urbano con el sello de esa flamante burguesía malagueña que consolidaba su poderío económico y que daba identidad a una ciudad, hasta entonces estancada.
Estas familias controlaban la industria, el comercio exterior y la política y su asentamiento en esta nueva zona de Málaga lograría que el Paseo se convirtiera en una vía clave para la vida social malagueña. Las clases populares pronto advirtieron el carácter exclusivo que iba adquiriendo la Alameda y tras habilitar las zonas laterales para el tráfico de carruajes de las nobles familias, el pueblo decidió hacer suya la zona central, reservada al tránsito peatonal para reuniones, fiestas y celebraciones locales sobre todo en época estival convirtiéndose así en una de las zonas más atractivas de la ciudad.
El Paseo se completaría con un hermoso mobiliario urbano, bancos, bustos que recorrían el trazado, vegetación e iluminación, en un principio de aceite, después de gas, hasta 1932 cuando se instaló la luz eléctrica.

Uno de los mayores atractivos de la Alameda era la Fuente de Génova, encargada por el emperador Carlos V (1500-1558) a artistas genoveses y presente en la ciudad de Málaga desde mitad del siglo XVI, junto a una segunda fuente, fueron elementos decorativos importantes; se trasladaron en 1878 al comenzar la construcción de una de las vías más emblemáticas de Málaga, la calle Larios.
Fue el urbanismo malagueño de la zona más antigua de la ciudad, el aspecto más criticado por los viajeros de los siglos XVIII y XIX, que dejaron sus impresiones en los libros de viaje, una lectura muy interesante que nos muestra la realidad de nuestras ciudades siglos atrás.

Sin embargo, será la Alameda, uno de los lugares que más elogios recibiría en la ciudad por su arquitectura con edificios elegantes, la naturaleza y el ambiente agradable que invitaba al deleite y al ocio. Málaga fue una de las ciudades más visitadas de Andalucía por su entorno natural, su clima y su hospitalidad.
El escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875), fue uno de los viajeros extranjeros que más apreció Málaga y el lugar donde, según él mismo escribiría en su obra Viaje por España (1863): “En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga”. La ciudad le rinde homenaje con una escultura de bronce situada desde hace años en la Plaza de la Marina, con la que numerosos turistas se hacen fotos, en numerosos casos pensando que se trata de un personaje local.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX existieron en Málaga muchas bodegas que gozaron de gran éxito tanto nacional como internacional. Una de las que han sobrevivido es la Antigua Casa de Guardia, que además de importantes bodegas a las afueras de la ciudad, la taberna se sitúa en el corazón de la Alameda Principal y aunque hoy en día, el entorno ha cambiado, bien merece ser mencionado.
La típica taberna malagueña es un establecimiento que aún perdura inalterable en esa arteria principal de Málaga, que como testigo de nuestra identidad, se ha convertido en testimonio de autenticidad y sigue siendo uno de los lugares más queridos por los malagueños.

Realmente no se trata sólo de una taberna, es la memoria viva de una ciudad próspera en su época dorada y parada obligada para abrir el apetito con un delicioso vino dulce tan característico de nuestra tierra.

El primer establecimiento de estas bodegas malagueñas se abriría en calle Ollerías por José de la Guardia. En 1862 con motivo de la visita a Málaga de la reina Isabel II (1830-1904), dentro de una ruta por diversos puntos de Andalucía, la ciudad malacitana, además de engalanarse como mejor pudo ante tan especial, organizaría un certamen en el que se exhibieron productos y artesanía locales y por supuesto, entre ellos, los deliciosos vinos y licores de las bodegas de la ciudad.
Según se puede constatar con las crónicas locales, la monarca “se detuvo un tiempo prolongado” saboreando los exquisitos caldos y entabló una entrañable amistad en el pabellón del empresario bodeguero, que en 1865 fue nombrado gobernador Civil de Segovia por la propia reina. A raíz de la visita real, el negocio De la Guardia se convirtió en proveedor de a Casa Real de la reina Isabel II, título que aún se puede leer en la etiqueta del vino “Moscatel trasañejo Isabel II”.

Ante la nueva situación personal, De la Guardia vendió el negocio a un destacado empresario y cofrade malagueño por excelencia, Enrique Navarro Torres (1897-1981) que trasladaría el negocio a su actual ubicación en plena Alameda principal. A su muerte pasaría a los trabajadores que añadirían el adjetivo de “Antigua” al nombre del establecimiento; la familia Garijo adquirió el negocio en 1932 y aún siguen siendo los propietarios y gerentes de las bodegas, que con ejemplaridad mantienen el firme compromiso de preservar la identidad y la esencia que caracterizan a la empresa.
Los vinos Málaga no sólo cautivaron a la corte española, cruzaron el Atlántico y atravesaron fronteras hasta llegar a conquistar a Catalina II la Grande (1729-1796) en Rusia, cuyo entusiasmo fue tal que llegó a cancelar los aranceles para ser importados durante un año. Los muy apreciados vinos malagueños no faltaron en sus recepciones y comidas con los que sorprendería a sus invitados.
En el resto de las cortes europeas, estos sabrosos caldos se elevaron a la categoría de verdadera ambrosía; en Francia, la emperatriz Eugenia de Montijo (1826-1920), esposa de Napoleón III (1808-1873), como orgullosa andaluza, era también muy aficionada a presentarlos en sus frecuentes reuniones en Palacio.

La Casa de Guardia se creó para ofrecer un lugar de ocio donde la alta burguesía, empresarios y comerciantes trataban sus negocios y disfrutaban de un rato de ocio en un entorno agradable convertido en el centro de la vida social de la ciudad de Málaga.
Hoy en día el establecimiento es uno de los lugares más visitados por los turistas, a quienes sorprende las cuentas que el camarero realiza sobre el mostrador de madera, los barriles o los platos de “marisquito” expuestos al otro lado de la barra, todo impregnado con ese sabor único y nuestro. Un lugar que todos los malagueños llevamos en nuestro corazón, porque para los que amamos la autenticidad, el espíritu de nuestra ciudad seguirá vivo, a pesar de todo.
La Alameda principal en Málaga une el espíritu de la Ilustración, la memoria del esplendor de la burguesía malagueña y el nacimiento de un espacio público que marcaría en adelante la identidad malacitana.

Como malagueña de raíces profundas, veo en la Alameda principal un testimonio vivo del esplendor de una ciudad que se convirtió en un foco de atención en toda España. Conocer su historia me proporciona una visión trascendente, muy distinta a la que hoy, lamentablemente se vislumbra entre las sombras de los grandes árboles centenarios, con logotipos que compiten con nuestra propia esencia que nos iguala a cualquier otro lugar, en cualquier otro país. La memoria de una Málaga elegante y llena de vida que nos dio mucho de lo que hoy somos los malagueños.
Un lugar que forma parte de nuestras vidas. Sí a la modernidad, es inevitable, pero sin borrar las huellas que nos definen, porque la memoria nos hace únicos.
Málaga, 2026

