Cuando el estadio sustituye al templo: La liturgia secular del Mundial. Por José Félix Merladet

La liturgia secular del Mundial. En imagen el mural de TVBOY vandalizado en Barcelona.

«Basta contemplar una gran final internacional o el recibimiento multitudinario a un equipo campeón para advertir que allí sucede algo mucho más profundo»

Hay fenómenos que, por cotidianos, terminan haciéndose invisibles. Nos acostumbramos tanto a ellos que dejamos de interrogarnos sobre su verdadero significado. Quizá eso ocurra hoy con el fútbol. Lo consideramos simplemente un deporte, un espectáculo o una industria del entretenimiento. Pero basta contemplar durante unas horas una gran final internacional o el recibimiento multitudinario a un equipo campeón para advertir que allí sucede algo mucho más profundo. 

Cuando España levantó el Trofeo Jules Rimet como equipo triunfador en el Mundial de 2026, algo se desbordó que ningún marcador podía explicar. Como en 2010, la calle entera pareció convertirse en un único cuerpo que canta, llora y se abraza. Ese exceso de emoción, desproporcionado ante lo que en el fondo es un balón entrando en una portería, es la verdadera pista: bajo el resultado deportivo late algo mucho más antiguo, la necesidad de un animal social de reconocerse, de vez en cuando, como comunidad.

No es la primera vez que lo vemos. La gabarra del Athletic remontando la ría de Bilbao paralizó trenes, autobuses y a un millón de personas dispuestas a esperar horas por ver pasar una embarcación convertida en procesión. Lo mismo sucede ante la Cibeles, en Barcelona o en cualquier rincón del mundo donde un equipo toca la gloria. Cambian la bandera y el himno; el impulso que mueve a la multitud es siempre el mismo.

Los nuevos cultos civiles

Émile Durkheim observó que la religión no consiste únicamente en creer dogmas, sino en una comunidad reunida en torno a símbolos, rituales y una memoria compartida. Gracias a ellos, el individuo deja de sentirse aislado y se reconoce parte de algo que lo trasciende. De ahí la efervescencia colectiva: ese estado de exaltación que surge cuando una multitud canta, aclama y comparte una misma emoción, saliendo momentáneamente de sí misma.

El gran fútbol contemporáneo reproduce ese mecanismo casi al pie de la letra. Tiene sus templos —Maracaná, la Bombonera, Wembley, San Mamés, el Bernabéu—, sus cánticos, sus colores casi sagrados y sus héroes que pasan de padres a hijos. El estadio separa el tiempo ordinario del tiempo litúrgico del partido, y la multitud experimenta esa intensificación de la vida colectiva que Durkheim consideraba propia de lo religioso. Mircea Eliade distinguía el tiempo profano, que se gasta y no regresa, del tiempo sagrado, cíclico, que la fiesta permite recuperar una y otra vez: el Mundial, que vuelve cada cuatro años como un calendario litúrgico, cumple esa misma función de regenerar periódicamente el tiempo de la comunidad.

Cada club tiene incluso su credo: el Athletic, la fidelidad a la cantera; el Real Madrid, la victoria como vocación; el Barça, el Més que un club como declaración de pertenencia. El equipo se hereda como antes se heredaban el caserío o la parroquia; cambiar de club se vive casi como una apostasía, y permanecer fiel en la derrota adquiere un prestigio moral.

Cabría decir, parafraseando a Marx, que el fútbol es el nuevo opio del pueblo, o una versión contemporánea del circo romano: ofrece evasión, genera ídolos, desplaza preocupaciones y sostiene una industria gigantesca que convierte la pasión en espectáculo y consumo. Pero reducirlo todo a manipulación o negocio sería simplista. La industria no ha creado esa pasión: se ha construido sobre ella. Ninguna campaña publicitaria movilizaría a cientos de millones de personas si no encontrara antes un terreno fértil en el corazón humano.

Nosotros frente a ellos

El hombre no vive solo de trabajar y consumir. Necesita celebrar, compartir símbolos, admirar la excelencia y sentirse miembro de una realidad mayor que él mismo; necesita poder decir «nosotros» en una época que empuja hacia el aislamiento del «yo». Ya Aristóteles definió al hombre como animal social: un ser que solo se realiza plenamente en la vida compartida con otros, y para quien vivir al margen de toda comunidad es, dijo, o una bestia, o un dios. Esa necesidad de pertenencia no ha desaparecido con la modernidad; simplemente ha ido buscando nuevos cauces.

Durante siglos, la función de cohesión la cumplieron la religión, las fiestas populares y la conciencia nacional. En sociedades secularizadas y crecientemente individualistas, el fútbol ha venido a ocupar buena parte de ese espacio vacío: es, ante todo, un fenómeno social que da forma visible a una necesidad que el animal social lleva inscrita en su naturaleza.

Pocas imágenes resultan tan elocuentes como la de millones de españoles celebrando juntos. Durante unas horas se diluyen las diferencias políticas, territoriales y generacionales: personas que discreparían en casi todo se abrazan tras un gol y descubren un mismo «nosotros». El triunfo no elimina los conflictos, pero los suspende, y devuelve a la nación la conciencia de una alegría compartida —al abuelo que recuerda a los jugadores de su infancia con el niño que acaba de aprender sus nombres, al emigrante lejos de su país con quien lo sigue desde su pueblo, al creyente y al agnóstico, al conservador y al progresista. Todos quedan igualados durante noventa minutos por una misma incertidumbre y una misma esperanza. Victor Turner llamó communitas a esos momentos liminales en que la estructura social ordinaria —jerarquías, clases, roles— queda en suspenso y aflora una igualdad fraternal espontánea; no es un hallazgo enteramente nuevo, pues ya las Saturnales romanas invertían por unos días el orden entre amos y esclavos, el carnaval popular ha hecho lo mismo durante siglos, y en Babilonia la fiesta de Año Nuevo ponía simbólicamente a los de abajo en el lugar de los de arriba. El fútbol reproduce, a su manera contemporánea, esa misma suspensión momentánea de las jerarquías.

Pero existe también una dimensión más oscura: todo «nosotros» necesita un «ellos». La pertenencia genera rivalidad, y esta puede derivar en hostilidad; la historia del fútbol conoce episodios de violencia y nacionalismo excluyente, como recordó lo sucedido entre algunos jugadores españoles y argentinos tras la final. René Girard sostuvo que el deseo humano es imitativo —deseamos lo que otros desean, y esa coincidencia nos convierte en rivales—, y que cuando la rivalidad no encuentra límites desemboca en violencia. El deporte cumple aquí una función de contención: las naciones se enfrentan mediante selecciones, las ciudades rivalizan en un estadio, y el adversario es combatido simbólicamente, no destruido. No abole la violencia ni resuelve los conflictos sociales, pero ritualiza la rivalidad bajo reglas aceptadas por todos. Durante el partido todo parece decisivo; terminado el encuentro, la vida continúa y recupera su serenidad, salvo para unos pocos incapaces de aceptar la derrota.

No es extraño, por ello, que despierte emociones tan poderosas: en él se representan simbólicamente el combate, la fortuna, la arbitrariedad, la disciplina, la caída, la resistencia, la culpa, la redención y la esperanza. Un jugador pasa en segundos de culpable a héroe; un equipo vencido se levanta en minutos; el débil derrota al poderoso. Es un drama sin guion: sabemos que nada es definitivo, pero lo vivimos como si lo fuera. En esa paradoja reside buena parte de su fascinación.

El silencio que precede a un penalti, el estadio entero conteniendo el aliento, reproduce sin saberlo la actitud de la plegaria: una entrega expectante a algo que ya no está en nuestras manos. Y el gol mismo, ese instante imprevisible que decide un destino, tiene algo de lo que Rudolf Otto llamó lo numinoso: un mysterium tremendum et fascinans que sobrecoge y fascina a un tiempo, la misma doble emoción que atribuía a la experiencia de lo sagrado.

La sed que el fútbol no sacia

Y sin embargo, todo esto no basta para explicar el fenómeno. El ser humano no solo busca entretenimiento ni siquiera pertenencia: busca, consciente o inconscientemente, trascendencia. Anhela participar en algo que permanezca y otorgue sentido a su existencia. El fútbol logra tocar esa fibra porque convierte lo cotidiano en extraordinario: el tiempo parece detenerse, la espera adquiere solemnidad, y se experimenta una comunión emocional difícil de encontrar en una sociedad marcada por la fragmentación y la prisa.

Por eso algunos futbolistas se convierten en figuras casi míticas, cuyas gestas pasan a formar parte de la memoria colectiva: no se admira solo su talento, sino su capacidad de encarnar los sueños de un pueblo. Incluso algunos entrenadores parecen intuir esa dimensión que trasciende la táctica: Luis de la Fuente ha subrayado en varias ocasiones la humildad, la unidad y la confianza en Dios como fundamentos de la vida antes que del éxito deportivo. Resulta significativo que quien dirige a un grupo vencedor recuerde que ninguna victoria basta para definir el valor de una persona.

Conviene, con todo, no confundir el símbolo con la realidad. El fútbol expresa algunos de los anhelos más nobles del corazón humano, pero no puede satisfacerlos plenamente: ningún campeonato vence a la enfermedad, ninguna copa devuelve a quien hemos perdido, ningún gol responde a las preguntas últimas sobre el sentido de la vida o la muerte. Por eso el entusiasmo necesita renovarse continuamente: cada temporada trae una nueva esperanza, cada derrota exige una nueva oportunidad. El deseo nunca queda colmado porque apunta, en el fondo, hacia un horizonte más amplio que cualquier éxito deportivo.

Josef Pieper advirtió que toda cultura reposa, en última instancia, sobre el ocio festivo: solo cuando el hombre deja de ser útil y se abre a la contemplación es capaz de trascenderse a sí mismo. En una sociedad dominada por la productividad, el Mundial es una de las pocas fiestas seculares capaces de detener ese tiempo utilitario, aunque —como toda fiesta humana— no baste por sí sola para colmar aquello que anuncia.

Quizá la gabarra de Bilbao o las multitudes de Madrid y Barcelona no estén contando, en el fondo, una historia sobre el deporte, sino sobre nosotros: sobre esa necesidad tan humana, y tan social, de comunión, pertenencia y esperanza. El fútbol es uno de los grandes rituales civiles que nos quedan, heredero de las fiestas populares y las romerías, capaz de reunir bajo unos mismos símbolos a gente muy distinta y de hacerles sentir, aunque sea por una tarde, que pertenecen a algo más grande que ellos mismos. Pero justamente porque roza lo sagrado, conviene no pedirle lo que no puede dar: convertido en sustituto, decepciona ya que ningún marcador, por brillante que sea, logrará jamás saldar nuestra nostalgia de respuestas absolutas. Pero vivido como fiesta de lo humano, nos recuerda quiénes somos: animales sociales hechos, en el fondo, para la comunión y la alegría compartida.

Jose Felix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.

Artículos recomendados

Deja un comentario