
«Bárbara de Braganza fue una soberana excepcional que logró gobernar con la lucidez de la mente y la calidez del corazón, equilibrio admirable en la realeza»
Desde los tiempos de Isabel la Católica (1451-1504), varias han sido las reinas de España que han aportado y enriquecido el Patrimonio Nacional, movidas por su propia iniciativa e inquietud intelectual.
En esta ocasión centro mi mirada en la reina consorte Bárbara de Braganza (1711-1758), una figura que siempre despertó mi interés por su exquisito talante y sensibilidad artística que, aunque no fueron plenamente reconocidas en su tiempo, hoy se ha logrado rescatar su verdadero valor, otorgándole el papel relevante que merece dentro de la dinastía borbónica.
Esposa de Fernando VI (1713-1759) el tercer monarca borbón en España tras la instauración de la monarquía en nuestro país con Felipe V (1683-1746) en 1700, supo desempeñar el papel que le correspondía en cada etapa de su vida, gracias a su inteligencia, cultura e integridad.

Luis I (1707-1724), primogénito de Felipe V nacido de su primer matrimonio con María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714) ocupó el trono tras la abdicación de su padre, pero su reinado duró tan solo ocho meses; tras su fallecimiento, el rey Felipe volvió a ceñir nuevamente la Corona y determinó en proclamar como Príncipe de Asturias al infante don Fernando, segundo hijo con María luisa Gabriela, cuyo fallecimiento sumió al rey en un profundo abatimiento.
El cardenal Giulio Alberoni (1564-1752), futuro ministro de Felipe V, convenció al entorno del rey para que contrajera de nuevo matrimonio y así recuperar el ánimo. La elegida fue Isabel de Farnesio (1692-1766); la sorpresa del rey al conocerla fue mayúscula, pues nada tenía que ver con el retrato que le habían mostrado de ella, en la que aparecía esbelta y hermosa y con los informes sobre su personalidad, en la que la mostraban como una mujer sencilla, de carácter dulce, hogareño y dócil, una mujer ideal para ayudar al rey a recobrar la alegría por vivir.

Sin embargo, la nueva reina nada tenía que ver con lo que el rey esperaba, además de no ser agraciada físicamente, Isabel era muy ambiciosa, amante de la política y las intrigas cortesanas y de fuerte temperamento. No obstante, cambiaría el destino de España.
La joven Bárbara, hija del rey Juan V de Portugal y la archiduquesa María Ana de Austria (1683-1754), recibió una educación muy esmerada y una completísima formación en lenguas, teología, historia o ciencias entre otras materias; amaba la música, disciplina para la que demostró ser virtuosa, recibiendo clases del maestro Doménico Scarlatti (1685-1757) que sería un buen amigo durante toda su vida. Se convertiría en su mecenas, lo que permitió al compositor realizar más de quinientas piezas musicales y de ser reconocido en toda Europa.

El matrimonio con Fernando VI se debió a una política llevada a cabo por España y Portugal en la que casarían, por una parte, a Bárbara con el Príncipe de Asturias y a la infanta española Ana Victoria, tras haber sido rechazada por la Corte de Versalles, con José, Príncipe de Brasil, principado similar al que correspondía al príncipe de Asturias en España; así, se pretendía establecer la paz entre ambos países tras años de hostilidades.
Al conocerse, el joven príncipe no estaba muy convencido ante la idea del matrimonio con la infanta, ya que no le gustó al conocerla; Bárbara, según las propias fuentes de la época, era, al igual que la madre del príncipe, una joven poco agraciada físicamente, sin embargo, la joven pronto, despertó gran interés en Fernando por su carácter tierno y entrañable, su inteligencia y su gran cultura. Estas cualidades hicieron que la madrastra del príncipe, Isabel de Farnesio (1692-1766), temiera la influencia de la joven en su hijo, algo que no le gustaba en absoluto, precisamente a ella, que manejó los hilos de su reinado con Felipe V.
Sin embargo, la joven pareja, tomando una decisión inteligente, se apartó de la reina para vivir su vida independiente y lejos de su influencia, con el objeto de vivir una vida feliz, formándose y estableciendo relaciones fructíferas para el día en el que llegaran a ser reyes de España.

Tras la muerte de Felipe V, Fernando y Bárbara ocuparon el trono. Su matrimonio se basó en un profundo amor, respeto y comprensión, así como en una gran colaboración en los asuntos políticos. Construyeron un matrimonio estrechamente unido, muy conscientes de las intenciones de Isabel de Farnesio de alejar a su marido Felipe de su hijo Fernando. La pareja viviría en el Palacio del Buen Retiro, alejados de la influencia de la reina que era quien realmente gobernaba y maquinaba los planes futuros para los hijos que tuvo con el rey Felipe.
Bárbara, trabajó promoviendo las ideas novedosas de la Ilustración, fundamentalmente en el ámbito cultural y académico, impulsando con visión de futuro, reformas que el sucesor en el trono, hermanastro de su marido, Carlos III (1716-1788), realizaría.
Asesoró al rey en cuestiones diplomáticas con gran inteligencia. Uno de sus mayores logros fue la sabiduría con la que supo filtrar la información que le llegaba al rey, protegiendo con firmeza y ternura a su esposo, psicológicamente frágil de carácter como su padre, lo que evitó mayores fracasos en el reino. Fue sin duda una mujer excepcional que supo vivir feliz, a pesar de los obstáculos con los que lidió en una época compleja.

No fue tan solo una reina consorte, su visión sobre el poder y el cargo que ocupaba hicieron de ella una reina que sabía como conseguir prestigio para España, la estabilidad de la Corona y a la vez, entender la cultura como una herramienta poderosa para el progreso.
El matrimonio no tuvo hijos, sin embargo, esto no supuso un motivo de alejamiento, todo lo contrario, Bárbara supo enfocar su interés en la cultura, la música y el arte, impulsando el espíritu de la Ilustración en España y consiguiendo un legado que sería fundamental para el futuro; realizó una labor encomiable, sentando las bases de la que sería la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, que influiría en otras creadas en el resto de España.
Apasionada del arte y las letras aportó un interesante patrimonio que hoy enriquecen los bienes del Museo del Prado y la Biblioteca Nacional. Admiradora del periodo barroco tardío y el incipiente neoclasicismo, su colección constituye una aportación fundamental al patrimonio español, de igual manera que su admiración por la ópera consolidaría el interés por esta disciplina a partir de su reinado.

Carlo Broschi (1705-1782), conocido como Farinelli, mantuvo un estrecho vínculo con la reina, que le otorgó el cargo de director artístico de los teatros reales. Sus temporadas de ópera italiana, tanto en Aranjuez como en Madrid tuvieron una gran aceptación, al igual que las fiestas acuáticas en el río Tajo. El cantante sintió mucho la muerte de la reina, de la que fue su consejero, la monarca le dejó en herencia la extensa biblioteca musical que poseía, dada su enorme afición a la música.
Bárbara fue una mujer sensible, caritativa y piadosa; el matrimonio solía acudir a numerosos actos religiosos en los muchos conventos e iglesias de la Villa y Corte. Además de obras de beneficencia, los reyes fundaron el Convento de las Salesas Reales en Madrid, orden entonces inexistente en España.

En 1757, tras haber inaugurado el convento, los reyes se retiraron al Palacio de Aranjuez, ya que la reina necesitaba reposo tras caer enferma, según palabras de su biógrafo el padre Flórez: “La fue Dios purificando con una enfermedad tan molesta, tan prolija, y tan poco limpia, que solía y decir, ser punto de Oración, para el desengaño práctico de las glorias mundanas, ver a una Soberana reducida en la misma cumbre del Solio al desgraciado y casi asqueroso punto de ser miseria de gusanos en vida….”
Meses más tarde de su traslado a Aranjuez la reina murió; un año después, preso de una inmensa melancolía el rey Fernando fallecía. Los restos de ambos descansan en el Convento fundado por ellos poco antes de morir.

La figura de Bárbara de Braganza no fue justamente considerada por los cronistas de la época, quienes hicieron más hincapié en su apariencia física que en sus excelentes aptitudes; sin embargo, su figura ha sido posteriormente reivindicada, y con razón, como una de las reinas más preparadas de la monarquía borbónica
Bárbara de Braganza fue una soberana excepcional que logró gobernar con la lucidez de la mente y la calidez del corazón, equilibrio admirable en la realeza. Su inteligencia, su pasión por la música y su claridad en la visión de Estado reclama el reconocimiento que merece.
Es justo honrar la memoria de una reina que supo hacer florecer la Corte española con entusiasmo y vitalidad y que, de haber disfrutado de una vida más longeva, hubiera iluminado con más fuerza aún el destino de un país al que sirvió con entrega y sabiduría.
Una reina por derecho propio que dejó una huella indeleble en la cultura española, legando un patrimonio intelectual y musical que sembraría las semillas de la Ilustración en España, representada más adelante en instituciones como el Museo del Prado o la Biblioteca Nacional. En el siglo XIX sería otra reina, perteneciente también a la Casa de Braganza, quien tendría un papel fundamental en la fundación del citado museo madrileño, asunto interesante para otra ocasión.
Málaga, 2026

