
«Hace más de veinte años que vengo defendiendo la pertenencia al “segmento de plata” de los miembros de mi generación»
Actualmente la plata de nuestras condiciones vitales se ha ido deteriorando. Aquellas capacidades de las que presumía antaño se han convertido en pequeñas incapacidades que alteran el desarrollo de la vida cotidiana.
Lo último que me ha sucedido ha sido un derrame en la rodilla que me ha producido una fuerte inflamación y el subsiguiente dolor que me impide dar un paso. Tras un día de reposo, dada la persistencia del problema, opte por encaminarme a la urgencia del Hospital Clínico, centro al que pertenezco.
Ahí surge el calvario. Las urgencias estaban a tope como corresponde a un lunes veraniego por la mañana. No hay silla de inválidos y me colocan en una camilla junto a la pared de un pasillo. Me dan un número innecesario. Allí te llaman por nombre y apellidos a voz en grito. Tras media hora de espera paso la primera criba. Una amable celadora había conseguido proporcionarme una silla de ruedas que no se manejar. Intento acceder al control que te asigna a un especialista, mientras sufro dos golpes en la pierna enferma por parte de los familiares que deambulan por los pasillos.
Primera visita. Nombre y apellidos y ¿qué le pasa? Siga usted ese pasillo y espere junto a las consultas de trauma. Media hora más tarde me llaman a gritos y me dan paso a la consulta del especialista. Este, sin mirarme a la cara, me manda a rayos. Otra media hora y, por fin, una amable radióloga me toma las placas.
Diez minutos después, por fin, el traumatólogo me dice que no me preocupe. Algo se ha inflamado en la rodilla y solo se puede curar con reposo, frío local y un analgésico. Empujan mi carrito hasta la puerta de la consulta. Han pasado tres horas y media. Vuelvo a casa (tres pisos sin ascensor) y, como puedo, subo las escaleras y caigo derrengado en la cama.
Ustedes se preguntarán: ¿y a mí que me importa esto? Supongo que nada. Seguramente en algún momento han sufrido un proceso similar. Y no han tenido la oportunidad de compartirlo.
La moraleja de todo este rollo es que debemos estar preparados para que el oro se convierta en oropel y la plata en hojalata. Lo importante es adaptarnos a las circunstancias que nos viene avisando de la vejez nada prematura. La correspondiente a nuestra edad. Un momento difícil. Pero peor lo están pasando en Ceuta. Aunque aquello está solucionado. Como mi rodilla. Je, je.
