
«Siempre será preferible nuestra paradójica pareja real que la hipotética pareja presidencial republicana salida de las saunas de Sabiniano»
Ya sea en la forma que recojo en el título o en su variante «quien mal anda, mal acaba», nuestro sabio Refranero español recoge estos asertos como “una máxima popular que advierte de que las situaciones, proyectos o relaciones que se inician con errores, conflictos, desorden o engaños, suelen tener un desenlace negativo”.
Y dicho esto, me vienen a la cabeza unas cuantas preguntas sobre cuándo se empezaron a hacer las cosas mal, si es que, visto el resultado cincuenta y un años después, se puede decir que se hizo algo bien. ¿Fue un error la elección de sucesor a título de Rey de Juan Carlos? ¿Fue un error la elección por el citado sucesor de Adolfo Suárez entre las opciones que tenía? ¿Se acertó con esa Ley de Reforma Política, sin duda hecha con la mejor intención, pero no sé si con una visión clara de futuro? Y su derivada, ¿mereció la pena el sacrificio de las cortes franquistas en beneficio de un teórico futuro en paz, no sé si bien calculado? ¿Se valoró bien ceder ante la presión nacionalista para tener la fiesta en paz, sin tener en cuenta que los nacionalistas, como el crío caprichoso, son insaciables? ¿Debió durar un poco más el intento de golpe de Estado del 23-F para dar más tiempo a valorar los porqués y sus consecuencias y que se reaccionara mejor y con más visión de Estado de futuro?

Me salto el primer periodo de gobiernos socialistas, 1982-96, cuatro, con Felipe González al frente, que harían interminables las preguntas sobre qué empezó mal en la deriva política, judicial y educacional que iniciaron y consumaron y que acabó con una corrupción desbocada y una ruina económica –industrial y ciudadana–, es decir, lo que ya habíamos visto décadas antes en ese partido y lo que hemos vuelto a ver dos veces más, después, pero no me quiero adelantar a la conclusión evidente a la que nos lleva esta opción política.
Cuándo el PP ganó las elecciones de 1996, ¿no fue un error de José Mª Aznar ponerse en manos de Convergencia y Unión (CiU) –“hablo catalán en la intimidad”– y ceder en tantas cosas –Pactos del Majestic y cabeza de Vidal-Quadras–, en lugar de, tal vez, haber tratado de gobernar en solitario, con acuerdos concretos (ya sé que muy difíciles) o haber repetido la llamada a las urnas? Después, tras una buena primera legislatura en lo económico y en política exterior, que llevó al PP al resultado insólito de una mayoría absoluta en su segunda victoria electoral consecutiva, ¿no se debió haber empezado con la batalla cultural, con una buena Ley de Educación, un intento de reforma de la Ley Electoral de 1985 y una reconducción del papel en Europa, en la que España entró derrotada? Omito algunas preguntas relativas a este periodo y termino con esta última, ¿No fue otro craso error no suspender, como algunos nos preguntamos entonces, las elecciones del 14 de marzo de 2004, tan sólo setenta y dos horas después de los terribles atentados de las estaciones de Atocha y Cercanías, que dejaron 196 muertos y cerca de 2.000 heridos o con secuelas psicológicas irreversibles? Por cierto, que todavía no se ha podido demostrar quién fue el cerebro ni el verdadero ejecutor de ese atentado que olía desde el principio a un intento de cambiar el gobierno, cuando saboreaba una nueva mayoría absoluta que el socialismo, y puede que algunos países vecinos, digirieran muy mal. Y en esta secuencia de hechos, no pregunto, sino que afirmo, que había sido un grave error que el presidente saliente, que tal vez se precipitara en limitar su periodo a ocho años, hubiera elegido como sucesor al que eligió, sobre el que después dejaré otras preguntas.
Y vuelvo a saltarme el segundo periodo socialista, 2004-11, dos legislaturas con José Luis Rodríguez Zapatero al frente, más conocido hoy como “el joyero”, por la misma razón incrementada que el primero. Baste añadir que, según él, “Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”.

Y enlazo con el segundo periodo de gobiernos del Partido Popular, otros dos, liderados por el elegido de Aznar para 2004, Mariano Rajoy –¿otro error? ¿qué no podía acabar mal con ese comienzo?– para el que tampoco faltan preguntas después de su dilapidada mayoría absoluta del 20-N de 2011. ¿No debe considerarse un gravísimo error no haber reabierto el caso del 11-M, como principal perjudicado por el citado atentado? ¿No lo fue también no haber derogado, el primer día, la rupturista Ley de Memoria Histórica, que volvía a abrir las dos Españas de Machado? ¿O el no haber retomado, también al inicio de la legislatura, la LOCE de Pilar del Castillo, que Zapatero congeló, primero, nada más llegar, y derogó después, en 2006? ¿No pudo ser otro gran error no explicar, hasta donde se pudieran, los motivos de sus drásticas medidas económicas, debidas principalmente a la ruina heredada, una vez más, del gobierno socialista anterior, en lugar de aplicarlas sin más y más extremas que lo que pedía la izquierda? Sin duda, esas medidas y no demasiados aciertos que se pudieran, o se supieran, vender bien, fueron la causa del descalabro electoral del 20-D de 2015 –el PP perdió algo más de 3’6 millones de votos (de los que VOX consiguió entonces apenas 57.000, pero ese es otro tema) y 63 escaños–.
Y, después del “No es No” de Pedro Sánchez a un posible pacto de Estado, tras esas calamitosas elecciones de 2015, que dejaron al PSOE en 90 escaños –desde los 110 de Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011–, y de que el todavía aspirante a Frankenstein no llegara a pactar con el entonces creciente y hoy desaparecido Albert Rivera y su efímero Ciudadanos y, seis meses más tarde, 26-J de 2016, haber remontado casi 700.000 votos y 14 escaños, y de que el PSOE bajara a 85 diputados –que, entre otras cosas, acabó con la primera etapa del “perro sin amo”, como él mismo se define, al frente del partido socialista–, ¿no hubiera sido entendible, como algunos sugerimos, unas nuevas elecciones para aprovechar la tendencia ascendente y haber hundido un poco más al PSOE, descabezado en esas fechas? VOX seguía peregrinando por el desierto, con sus 46.000 votos en junio de 2016.
Rajoy prefirió conformar una legislatura débil, con UPN, 24 votos del dividido PSOE y los siempre poco fiables apoyos nacionalistas, y se encontró en octubre de 2017 con el golpe de Estado más corto de la historia por parte del ya JUNTS per Cataluña, herederos de CiU, que lo llevó a aplicar el Artículo 155 con el apoyo del PSOE y el ya retornado Sánchez al frente, aunque sin escaño. Y aquí puede que cometiera otro de sus últimos errores, tomar las riendas de la Generalidad catalana el 27 de octubre prometiendo que convocaría elecciones “cuando la situación se normalizara, en el plazo máximo de seis meses”, y convocarlas de inmediato para el 21 de diciembre siguiente, un mal comienzo, otra vez. Elecciones, por cierto, que ganó sin mayoría absoluta Ciudadanos, con Inés Arrimadas a la cabeza, que no pudo llegar a ningún acuerdo, emigró a Madrid y acabó siendo investido Joaquín Torra en mayo de 2018, el impulsor de los CDR, Comités para la Defensa de la República, con lo que se “levantó” el 155, que nunca supuso una intervención completa al mando de Soraya Sáenz de Santamaría, que pareció tener más sintonía con Oriol Junqueras, de Esquerra Republicana de Cataluña que con España. ¿Qué no podía salir mal?

Lo siguiente que empezó mal fue la moción de censura de Pedro I “el Limpio”, 31 de mayo y 1 de junio de 2018, que llegó para “acabar con la corrupción” –decía en su discurso el defensor de la moción José Luis Ábalos– desde el negocio de las saunas y con la banda del Peugeot que luego era un Mercedes, porque hasta en eso mentía. Y no sólo porque parece que se basó en una “morcilla” de un juez amigo en una sentencia contra la supuesta corrupción del PP que lo condenaba a una multa de 245.000€ como “partícipe a título lucrativo” de unos actos sufragados por la trama Gürtel en Pozuelo y Majadahonda. Tal vez Rajoy debió aceptar la oferta de Sánchez de retirar la moción si disolvía las Cortes y convocaba elecciones y, desde luego, nunca debió ausentarse de su asiento y transmutarse en bolso mientras se debatía esa moción que se dice que siguió desde una larga y bien regada sobremesa.
Y claro, con esos comienzos y un personaje que llegó a la Secretaría General del PSOE con un pucherazo; que dijo que no pactaría con Podemos y se abrazaba con PabLenin Iglesias unas semanas después de repetir las elecciones en 2019; que no pactaría con independentistas que “quieren acabar con el Estado” y han sido su soporte para llegar al poder y mantenerlo; que con Bildu no iba a pactar “Si quiere se lo repito cinco veces, o veinte” pero se repartió gobierno de Navarra y ayuntamiento de Pamplona –donde por cierto reaparece la kale borroka en los últimos días– con el apéndice político de ETA; que no habría indultos para los golpistas catalanes y no dudó en concederlos como parte del apoyo de JUNTS; que no habría amnistía y la acaba de bendecir su amigo Fray Cándido Conde Pumpido, que no se cansa de corregir, incomprensiblemente, al Tribunal Supremo, etc., etc., y mucho más que haría interminable el repaso, repito la pregunta, ¿qué no iba a salir mal?

Y eso sin entrar en la ausencia por cuarto año consecutivo de Presupuestos Generales del Estado, incumpliendo reiteradamente un mandato constitucional (Artículo 134.3); su pésima gestión de siniestros, como el montaje de la “plandemia”, aquel 8-M desastroso antes del confinamiento ilegal de la sociedad y la mentira sobre el IVA de las mascarillas; la erupción del volcán de La Palma; la DANA de Valencia; el apagón de España; el accidente ferroviario de Adamuz… y el remate de la invasión de Ceuta y los barcos de guerra marroquíes en aguas españolas durante la “violación de la integridad territorial” y después –“hechos puntuales” para Pedro Sánchez y parte del Loro Park sincronizado, “rutinarios” para otros o “coincidencia temporal” para Félix “Gracita” Bolaños–. Lo peor es que en muchas de estas situaciones, llamémoslas, adversas, el desgobierno ha demostrado su nula capacidad preventiva para aminorar daños o evitarlos, además de una pasmosa lentitud en la atención de sus víctimas.
Y para qué hablar de las condenas de su fiscal general del Estado – “La fiscalía ¿de quién depende? pues eso”–, de su hermano y de su ministro de Transportes y hombre fuerte del PSOE, José Luis Ábalos, de su ayudante Koldo García y la más que previsible del que lo sustituyó al primero al frente del partido, el “milagroso” Santos Cerdán (de Milagros, Navarra), así como la muy posible de su queridísima “esposa”, y de su casi centenar y medio de imputados por los casos de las mascarillas, las cloacas, rescate de Plus Ultra, hidrocarburos, persecución y amenazas a una juez, el antes citado “joyero” Zapatero y sus hijas y lo que estamos viendo estos días con los chanchullos en la vivienda y los supuestos fondos buitre que parece tenerlos en casa, después de más de ocho años de desgobierno sin hacer nada ni construir ninguna de las que prometió reiteradas veces, pese a haber superado hasta límites abusivos la recaudación fiscal y a recibir innumerables ayudas europeas que han ido parejas al crecimiento desorbitado de una deuda inasumible. Sé que me dejo mucho, y todo confirmativo de que “…mal acaba” la cosa, cincuenta y un años después de un más que posible mal inicio y mucho peor desarrollo.
No quiero terminar sin un breve comentario sobre la tan ansiada como, a mi juicio, tardía visita del Rey –y la reina, claro– a Ceuta, que demostró al menos que Felipe VI no es supersticioso, viajó un 13 y martes. Una visita que se realizó setenta y cinco días después de la violación de nuestra frontera y de las aguas españolas, que hemos conocido justo un día antes de esa visita formal que deja muchas preguntas e incertidumbres en el aire y que pormenoriza muy bien Carlos Aurelio Caldito en este artículo cuya lectura recomiendo. Sólo añadiré una pregunta más ¿por qué su Majestad no pidió visitar las zonas de conflicto en las que se han desplazado a los invasores que continúan en Ceuta? No digo que entrara en ellas, cosa nada recomendable por motivos evidentes de seguridad e higiene, pero al menos pasar en coche lo más cerca posible para darse cuenta de lo que los ceutíes llevaban padeciendo dos meses y medio. No me pareció muy acertado que se conformara con recorrer el centro de la ciudad, desalojado, rehabilitado y limpiado al efecto para aparentar un camino a la normalidad que nuestros abnegados compatriotas caballas están lejos de recuperar. Y me queda otra duda, si hubo alguna pancarta que reflejara la expresión que he escuchado durante este tiempo a muchos pacientes ceutíes en numerosos medios y ocasiones: ¡¡¡YA ERA HORA MAJESTAD!!!
Ya sé que el Rey hizo un buen discurso en Ceuta, con frases como “Es necesario mantener la buena vecindad con el reino de Marruecos. Hacerlo posible exige buena fe por ambas partes” –quizás pudo añadir aquí “la que no ha demostrado nuestro vecino”, aunque no fuera muy políticamente correcto–. Al tiempo que decía muy oportunamente que “Ceuta es España, insisto, una parte irrenunciable de la realidad política y nacional” y que le dejaba un par de recaditos al gobierno: “Ceuta y Melilla no son negociables. Y, ante cualquier riesgo, nuestra obligación es su defensa y preservación” y “Quienes entraron irregularmente, deben regresar. No estáis solos y no estaréis solos”. Algunos periodistas “monarquizados” han comparado este discurso con el que pronunció el 3 de octubre de 2017, sólo cuarenta y ocho horas después del intento de golpe de Estado perpetrado por el nacionalismo separatista catalán el día 1 anterior. Pero, en mi opinión, aparte de la solemnidad y el escenario, tan distintos a los de Ceuta, existe una diferencia principal, el momento de pronunciarlo, dos y setenta y cinco días, respectivamente, demostrando que no era necesario ir a Ceuta, de inmediato, como no fue a Cataluña entonces, para transmitir ese mensaje de tranquilidad y españolidad al asaltado, invadido y preocupado pueblo ceutí, que, después de la regia vista, continúa en la misma situación que el día anterior, porque hace falta algo más que palabras, HECHOS.
Sí, ya sé que, si no hay otra opción, siempre será preferible nuestra paradójica pareja real que la hipotética pareja presidencial republicana salida de las saunas de Sabiniano.
