
«España tiene cultura, mucha cultura, a veces demasiada cultura decorativa y poca cultura práctica. Tenemos memoria histórica y memoria de pez según convenga al momento!»
La cultura de un país no se mide solo por sus museos, sus premios literarios o sus catedráticos, sino por la forma en que la gente espera el autobús, discute en un bar, se queja ante una ventanilla o acepta que ha perdido una votación. Ahí, en esas pequeñas ceremonias de la vida diaria, España y el Reino Unido se parecen poco.
El británico ha convertido la cola en una institución. El español, en cambio, ha convertido la institución en una cola. Allí se guarda turno con una solemnidad casi constitucional. Aquí se pregunta quién es el último con la misma fe con la que se invoca a un santo dudoso. No es una diferencia menor. En el fondo de una cola hay una idea de sociedad. Si todos aceptan que alguien va antes que uno, quizá también acepten que la ley va antes que el capricho.
España tiene cultura, mucha cultura, a veces demasiada cultura decorativa y poca cultura práctica. Tenemos discursos sobre la convivencia, pero nos cuesta convivir con el vecino. Tenemos leyes para todo, pero no siempre respeto por la norma. Tenemos memoria histórica, memoria democrática, memoria selectiva y memoria de pez según convenga al momento. Nos sobra solemnidad para proclamar principios y nos falta una cierta educación cívica para cumplirlos cuando no nos miran.
En el Reino Unido, la cultura política ha tenido tradicionalmente algo de club antiguo, de paraguas mojado y de ironía seca. No siempre ha sido justa, ni limpia, ni ejemplar. También allí hay intereses, hipocresías, clasismo y maniobras. Pero durante mucho tiempo ha existido una idea poderosa, la de que las instituciones no pertenecen al que gana, sino al país. El Gobierno pasa. La Cámara queda. El primer ministro cae. El procedimiento continúa. El adversario no es necesariamente un enemigo de la patria, aunque a veces sea un pesado formidable.
En España, por el contrario, cada mayoría cree haber descubierto la pólvora moral. Cada partido llega al poder como si entrara en una finca ocupada por ladrones y saliera de ella con la obligación histórica de cambiar las cerraduras, los cuadros, los libros de texto y hasta el timbre. La alternancia no se vive como normalidad, sino como reconquista. El que pierde no espera su turno, denuncia el sistema. El que gana no administra, coloniza.
La cultura general acaba filtrándose en la cultura política. Donde se lee poco, se grita mucho. Donde se estudia de memoria, se opina de reflejo. Donde se confunde educación con titulitis, el debate público se llena de licenciados en consignas. España ha producido grandes escritores, científicos, juristas y artistas, pero no ha conseguido todavía producir de manera estable una conversación pública adulta. Tenemos inteligencia individual de sobra y madurez colectiva intermitente.
El Reino Unido, con todos sus defectos, ha sabido cultivar una virtud que aquí parece sospechosa, la contención. Allí un político puede hundirse por mentir mal, por incumplir una regla aparentemente menor o por hacer el ridículo más allá de lo tolerable. En España, en cambio, el ridículo no destruye carreras. A veces las inaugura. La exageración es combustible electoral. La grosería da audiencia. La consigna sustituye al argumento y el argumento, si aparece, debe hacerlo deprisa, porque enseguida llega alguien con un eslogan.
Nuestra cultura política no nace solo en los partidos. Nace también en la sobremesa, en la tertulia, en el grupo de WhatsApp, en la costumbre de opinar antes de saber y de sospechar antes de comprobar. Hemos convertido la política en una extensión del fútbol y el fútbol en una rama menor de la guerra civil. El resultado es un país donde casi todo se interpreta como adhesión o traición. Si uno matiza, molesta. Si duda, parece débil. Si reconoce una razón, al contrario, algunos creen que ha cambiado de bando.
La cultura británica ha vivido del pacto, la costumbre y la excentricidad ordenada. La española, de la genialidad, la improvisación y la bronca con talento. Ellos inventaron el “fair play” y luego hicieron un imperio. Nosotros inventamos la picaresca y luego nos quejamos de que nos engañen. No conviene exagerar, porque todos los países tienen su escaparate y su trastienda, pero las trastiendas también educan.
Quizá el problema español no sea la falta de cultura, sino la falta de consecuencias culturales. Se puede decir cualquier barbaridad y seguir dando lecciones. Se puede incumplir lo prometido y culpar al contexto. Se puede degradar una institución y presentarse como su salvador. Se puede vivir del Estado mientras se habla del pueblo, del pueblo mientras se desprecia al ciudadano y del ciudadano mientras se le trata como menor de edad.
La verdadera cultura política empieza cuando uno acepta límites. El límite del dato frente a la ocurrencia. El límite de la ley frente al deseo. El límite del adversario frente al fanatismo. El límite de la realidad frente al relato. España no necesita menos pasión, porque sin pasión sería otro país y quizá uno más aburrido. Necesita más sentido institucional, más respeto por los hechos y menos afición a convertir cada desacuerdo en una batalla moral definitiva.
Al Reino Unido le podemos reprochar muchas cosas, desde su arrogancia histórica hasta su melancolía imperial. Pero incluso en sus crisis conserva algo que España debería mirar con menos complejo y más atención, la convicción de que una nación no se sostiene solo con banderas, sino con hábitos. Y los hábitos, como las colas, parecen poca cosa hasta que un país entero se acostumbra a saltárselos. ¿No será que la verdadera cultura de un país se revela menos en lo que proclama que en los pequeños hábitos que sus ciudadanos aceptan cada día?

